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Thursday, April 14, 2016

El (inaccesible) escondite de la Zarzuela



La entrada principal de la Zarzuela



¿Dónde viven los reyes? Puesto que en una monarquía todo, absolutamente todo, es símbolo y representación, aceptemos que también su lugar de residencia es parte de su narrativa, de qué construcción imaginaria se hace cada sociedad de sus monarcas.


Si echamos un vistazo a la decena de monarquías que siguen reinantes en Europa aparte de la española, todas mantienen como residencia oficial el histórico palacio situado en el centro de la capital del reino. En algunos casos es residencia en sentido pleno, donde viven el rey o reina y su familia, como sucede en el Buckingham londinense, el Palacio Real de Oslo, o el Amalienborg en Copenhague.


En otros, es residencia oficial pero no privada. Los monarcas viven en otros lugares, pero emplean el palacio como centro de la vida real: allí donde el jefe de Estado realiza sus funciones, despacha asuntos oficiales, recibe visitas y trabajan sus funcionarios. Sucede así en los palacios reales de Bruselas o Estocolmo.


En todos los casos, en las 10 monarquías europeas, el palacio está a la vista. Cualquiera puede pasar por su puerta, acercarse a su fachada. Más aún: en muchos de ellos, buena parte del recinto está abierto a turistas y a ciudadanos en general, por ser sede de actos civiles y culturales. Así, la familia real forma parte del paisaje, del vecindario, y sus movimientos, sus entradas y salidas, se producen ante los ojos ciudadanos. En la calle.


Sucede así en todas las casas reales europeas, salvo en una: la nuestra. Mientras los reyes del continente ejemplifican ante sus ciudadanos un relato de proximidad, de visibilidad, de transparencia, la familia real española habita las sombras. Ahí está el Palacio Real de Madrid, que sólo se utiliza para acoger cenas ceremoniosas u ocasiones muy especiales, pues el rey y su familia habitan y trabajan en uno de los lugares más inaccesibles, e invisibles, de España: el palacio de la Zarzuela.


Allí viven y allí trabajan. Nadie puede ir a palacio si no ha sido llamado por el rey. Ni a palacio, ni a sus inmediaciones. No es un lugar de paso, sino aislado por una carretera privada sometida a rigurosa vigilancia policial. Un lugar público que no ha conocido una “jornada de puertas abiertas” en medio siglo.


Por si fuera poco, los distintos edificios de la Zarzuela están dentro de un segundo anillo de seguridad: en pleno monte de El Pardo, una enorme finca totalmente cerrada por motivos medioambientales, uno de los espacios naturales más valiosos de España pero totalmente blindado, convertido en la práctica en jardín privado del rey, y también coto de caza para la familia real y sus invitados.


Siempre lejos de curiosos, inaccesibles, invisibles. Ese es el relato que ha construido la monarquía española: nada de vecinos, nada de transparencia. Al contrario, una familia lejana, escondida, intocable, a la que nunca veremos asomarse a una ventana como a la reina Isabel II en Buckingham, ni entrando o saliendo del palacio en su coche oficial. Aunque quisiéramos, no podríamos acudir a su puerta a manifestarles nuestro apoyo, nuestro cariño, ni obviamente nuestro descontento.


 La inviolabilidad residencial como representación y continuidad de la inviolabilidad constitucional. El blindaje territorial como garantía añadida al blindaje político y mediático de que ha disfrutado la familia real española.


Dicho en un ejemplo claro: en un palacio de Buckingham, rodeado a diario por miles de paseantes, turistas y fans de la monarquía, no habrían podido entrar con tanta alegría Francisco Camps y Rita Barberá para reunirse con Urdangarin y montar la estafa del Valencian Summit; ni entraría como Pedro por su casa el enigmático testaferro Arturo Fasana, protector de los grandes patrimonios españoles en Suiza y al que en cierta ocasión recogió el chófer de Francisco Correa a la puerta de Zarzuela.


Por el céntrico y mil veces fotografiado Palacio Real de Oslo no se habrían paseado las amistades peligrosas del rey con la tranquilidad que lo han hecho en Zarzuela. Los reyes europeos no habrían podido montarle un chalet a sus Corinnas en los mismos recintos que habitan, como sí lo hizo Juan Carlos con la conocida comisionista y ‘amiga’.


El nuevo rey prometió terminar con las zonas de sombra acumuladas por el anterior, y convertir la Casa Real en un lugar transparente, abierto, bajo control. Ejemplar. Donde no serían posibles los excesos anteriores. Se lanzó a una política de gestos cuyo relato de fondo era muy explícito: los tiempos han cambiado, la monarquía se adapta a la nueva realidad social, el rey será ejemplar y no habrá zonas de sombra.


Sin embargo, la primera medida que tendría que haber tomado no era renovar la web o publicar parte del presupuesto asignado, sino abandonar la Zarzuela. No vale con dejarse ver de vez en cuando en conciertos y cines: el primer gesto del nuevo tiempo, el único creíble, habría sido coger las maletas y junto a su familia salir de allí, instalar su vivienda y sobre todo su lugar de trabajo en un lugar a la vista de los ciudadanos. No es que así ya estuviéramos seguros, harían falta más y mejores controles democráticos. Pero sería un importante primer paso.


A los republicanos nos encantaría ver al rey saliendo de Zarzuela, sí; pero para tomar la carretera camino de Cartagena, como su bisabuelo Alfonso XIII. Mientras ese día no llegue, por ahora deberíamos exigir que al menos salga de la Zarzuela y se venga a vivir a la ciudad, donde podamos verlo. Romper el blindaje territorial sería un primer paso, no menor, para quebrar el blindaje político y mediático.


Isaac Rosa




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