El calor se hizo tan insoportable y
pegajoso al detenerse el autobús, que Damián González volvió a
experimentar aquella sensación sofocante que de pequeño le hacía temer
el infierno y que ya creía borrada de su memoria, tan desterrada del
presente como el lugar que pisaba, perteneciente a un mundo
transformado por la nostalgia en un paraíso utópico y lejano, en una
especie de quimera inalcanzable donde sólo los sueños tenían el
privilegio de ordenar las cosas.
Descendió del autobús y el implacable
sol de julio le susurró en la piel y en el corazón que aquel lugar de la
sierra del que nunca debió salir había cambiado bien poco, y en una
mortal fracción de segundo intuyó la rapidez del envejecimiento, la
debilidad del hombre ante el tiempo y su insuperable indefensión frente
a los recuerdos. Agarró con fuerza la maleta, como queriendo a toda
costa retener al presente y echó a andar por el pueblo, seguro de no
perderse por aquellas calles que lo vieron nacer y correr, reír y
llorar, enamorarse para toda la vida y despedirse para siempre.
Soportando la tortura del sol se acercó
con timidez al mirador, dejó la maleta en el suelo y comprobó con
injustificada sorpresa que los riscos y los cerros, las peñas, los tajos
y el mismísimo horizonte guardaban exactamente el mismo orden que hacía
cincuenta y seis años. Les volvió la espalda asustado y tembloroso, con
vértigo hacia la lejanía y hacia el tiempo y justo en la puerta de la
biblioteca municipal se dejó caer abatido en un banco de piedra, junto a
un árbol del amor cuyas flores rosa púrpura dejaron en el paladar de su
memoria un cierto regusto a impotencia y a miedo.
Sin pretenderlo recordó el día del
levantamiento, tan caluroso como aquel, el nerviosismo incontrolado del
corazón y la mañana que llegó al pueblo la gente de Ronda y Montejaque,
una tropa colecticia de paisanos y carabineros que en la calle Nueva y
en la iglesia de la Aurora lanzaron proclamas en favor de una república
que sin él saberlo tenía ya los días contados. Los vio reunirse en la
plaza con el ánimo exaltado, incitar a la población y dirigirse
presurosos al cuartel de la Guardia Civil.
Se refugió en su casa como un
niño acobardado, intimidado por los gritos de la gente, presintiendo la
sangre como ahora presentía la fugacidad de la vida, sabiendo que
habría de tomar partido por aquella república que nunca le dio otra cosa
que trabajo pero que siempre intuyó benefactora y justa,
contradictoriamente próxima a las ácratas teorías que aprendió de don
José Sánchez Rosa en La Voz del Campesino y El Abogado del Obrero.
El recuerdo de la guerra le acercó la
mirada de Carmen Escobar, a quien descubrió recostada en los caños de la
Pontezuela, amparada en la penumbra tenue de una luna veraniega,
oliendo a jazmines y a damas de noche, acompasando el murmullo de sus
palabras con el sonido del agua y el canto de los grillos. Y como si
Carmen Escobar lo hubiera tomado de la mano, se incorporó, cogió de
nuevo la maleta y caminó por las calles como los perros vagabundos,
pegado a unas paredes que parecían haber desterrado a su sombra, como
los fantasmas. Entonces evocó lejanas palabras de amor al pie de una
ventana cuajada de gitanillas, disfrutó el perfume de unos jazmines
fantasmales que transmigraron hasta su alma de viejo y volvió a
experimentar el incontrolable romanticismo de una juventud al pie de la
guerra, el desafuero de unas palabras que el frente estancado en la
sierra hacía parecer eternas aunque fueran tan huidizas como el vuelo de
aquel avión que los moros mandaban al pueblo para ablandar la
resistencia.
En la calle Nueva, el sol, como el
aeroplano del enemigo que bombardeaba su recuerdo, logró hacer blanco y
lo obligó a cobijarse bajo la sombra de los rosales. Allí contempló de
nuevo los ojos negros de Carmen Escobar, que lo observaban escapados
del pasado, con la inquietud vivaracha de una novia dispuesta a dar la
vida, pero no el amor, por detener la guerra; y en voz alta se
sorprendió, con la misma delicadeza que cincuenta y seis años atrás,
recitándole versos de Sánchez Rosa: “Busca siempre la verdad aunque la
sombra la oculte”; y de una forma instintiva y animal volvió a jurarle
que sobreviviría a la guerra, que siempre la llevaría en el corazón y
que los moros no entrarían jamás en Grazalema, pero el compás de
aquellas palabras que circularon por medio mundo guardadas en su corazón
lo asustaron tanto y le parecieron tan extrañas en aquel lugar, que
abandonó el refugio insuficiente de los rosales y siguió recorriendo
los callejones serpentinso del pueblo.
Casi sin darse cuenta desembocó en la
calle Agua, entró en un bar de techos bajos y paredes gruesas y sin
decir buenas tardes pidió café. Una vez dentro cayó en la cuenta de que
aquella familiaridad suya rayaba con la imprudencia y la descortesía,
pues aunque el lugar pareciera haber ignorado al tiempo, era evidente
que éste había pasado, y cuando estaba removiendo el azúcar en el fondo
de la taza, una fotocopia del Diario de Cádiz sujeta a la pared tomó las
riendas de su corazón y lo hizo galopar desbocado por la pradera de sus
recuerdos: “Homenaje popular a un líder anarquista”. Nervioso,
abandonó la taza y se acercó. Era él, seguro. Buscó la fecha del
artículo: “Domingo 5 de julio”. Respiró aliviado; había llegado a
tiempo. Era verdad entonces lo que había leído en la prensa ácrata de
París. Recogió el café de la barra y se entregó a la lectura de aquel
recorte que le recordó a los pasquines de la guerra. A su espalda, una
voz de viejo lo sobresaltó.
-Qué poco hemos cambiado en medio siglo, ¿eh, Damián?
Damián Sánchez giró bruscamente sobre su
eje en un acto que sus reflejos cansados no pudieron identificar como
un gesto puramente defensivo. Frente a él, el rostro arrugado de un
hombre lo miraba sonriente, y como si ambos hubieran planeado burlarse
del tiempo, como si hubiera sido ayer cuando se despidieron en la ribera
de Gaidovar divididos por la guerra, los dos se acercaron a la barra y
se reclinaron en ella. Damián Sánchez sacó un pañuelo y enjugó el
sudor de su frente.
-Sí que hemos cambiado poco -respondió-, o mejor, no hemos cambiado nada.
Y como solían hacer medio siglo atrás
frente a una taza de café, se entregaron desenfrenados a la tertulia; el
hombre del rostro arrugado contó que salvo las personas, todo se había
transformado un poco: las casas, los barrios, las fiestas… dijo también
que ahora sólo había un “toro de cuerda”, que los jóvenes seguían
corriendo delante de él pero que habían cambiado los merengues por la
cerveza y los cubatas.
– Las cosas de la juventud -agregó.
Damián Sánchez, como temiendo a las
preguntas, se anticipó a ellas. Quiso saber de su juventud, de los
paisanos dejados atrás, de los que aún vivían y de los que se llevó la
muerte. Preguntó por Ramijo, El General, Milhombres, El Galápago,
Cagarratas, Pichalantes…
-Pichalantes está en Castellón -dijo el hombre-, en un pueblo que se llama Nures…
Y luego, verdaderamente engañado por el tiempo, como si tuviera medio siglo menos, agregó: “Pero está ya muy viejo”.
Rieron y siguieron charlando, y así supo
Damián Sánchez que Juan Dianez Pozo estuvo mucho tiempo encarcelado,
que a pesar de sus ochenta y cuatro años tenía la memoria de un elefante
y que había grabado una cinta con todos los motes del pueblo. Volvieron
a reír como si fueran adolescentes, a recordar a los zagales haciendo
canillas en los telares, a disfrutar con el sabor de los merengues, las
fiestas del Carmen y las carreras delante del toro. Y justo cuando
Damián iba a contar que ni en Francia ni en Inglaterra había conocido a
nadie capaz de ponerse delante de un toro, el hombre del rostro arrugado
disparó a bocajarro sobre su corazón, sin querer, pero con la precisión
y la crueldad de un Mauser: “Carmen Escobar todavía vive” dijo, “ha
enviudado y tiene tres hijos y ocho nietos”.
Damián Sánchez, desconcertado por la
sorpresa del comentario, se refugió en la figura de Sánchez Rosa como
años atrás lo hizo en sus teorías anarquistas, como recientemente lo
había hecho en París y ante sí mismo, llevado por el impulso
irrefrenable del regreso, amparado por fin en una excusa poderosa que
pudiera justificar su presencia.
-He venido por el homenaje de don José
-dijo aparentando una indiferencia tan mal disimulada que hizo caer al
hombre del rostro arrugado en la cuenta de su imprudencia-, y no sé si
irme o quedarme, porque no tengo a nadie ni aquí ni en Francia.
Luego miró las lajas de la calle con
aire distraído mientras el hombre imprimía un giro brusco a la
conversación y empezaba a contar cosas de la democracia y de los
políticos, del paro, de la exposición universal de Sevilla y de las
pagas de los pensionistas. Cuando el otro terminó de hablar, él seguía
mirando aún el destello del sol en las paredes enjalbegadas.
-¿Qué piensas, Damián? -le preguntó.
Damián Sánchez, llevado por ese reflejo incontrolable y a veces delator de la inconsciencia, respondió: “En la maldita guerra”.
Y en ella seguía pensando cinco horas
después, cuando el sol amenazó con abrazarse a la sierra, cuando salió a
la calle tras haber dejado la maleta en la fonda de Jacinto. Entonces
tuvo el valor de reconocer que aquella obsesión por la guerra estaba
cimentada en la presencia incorpórea de Carmen Escobar, en la magia de
aquella mirada que lo acompañó a Francia, a los campos de concentración
nazis, a Italia y a Inglaterra, en el hechizo de una novia a quien ahora
no podía imaginar con el rostro cuarteado por los años, sin aquella
vivaracha expresión en los ojos y vencida por el reuma.
Injustificadamente supuso que Carmen
viviría aún en casa de su padre, y allí se dirigió casi con la misma
ilusión de su juventud, confiando en poderla ver tras el encaracolado de
la ventana, conchabado otra vez con la oscuridad de una noche
veraniega que no se decidía a caer sobre el pueblo. Sin saber cómo
desembocó en la calle Postiguillo y apenas se atrevió a levantar la
cabeza para ver el rótulo temiendo que algún vecino lo reconociera, pues
el intenso bombardeo del sol había cesado y la gente comenzaba a salir
de los refugios. A pocos pasos se tropezó con la enorme palmera de una
plazuela flanqueada de gitanillas y de rosales y allí se sentó confiado
en la reconditez del lugar. Entonces sí alzó la mirada: “Plaza de
Andalucía”.
Se arrellanó en el banco de piedra y se dejó llevar por la
sugestión de aquel nombre. Volvió a recordar a don José Sánchez Rosa,
primer dirigente de la CNT en Andalucía y comprobó con asombro que aún
recordaba frases e incluso párrafos enteros de “La Gramática del
Obrero” y “La Aritmética del Obrero”; pensó, no sin un dejo de orgullo,
que muy pocos anarquistas quedarían ya de aquella época, que la guerra,
las calamidades y el tiempo los habrían eliminado y que probablemente se
viera solo frente al busto de don José, como un fantasma del pasado,
como el testimonio mudo de un pensamiento que seguía vivo a pesar de
los años y de los cambios.
Entonces recordó el talante humanitario
de Rosa y la consideración y el respeto que toda una época le había
consagrado, y lo comparó con quien la gente lo comparaba entonces, con
aquel alcalde de Cádiz que rechazó un indulto real para luego fugarse
del Peñón de la Gomera, el fundador de El Socialista y el traductor de
Kropotkin: Fermín Salvochea. Y queriendo recordar algunos párrafos de
“Cada mochuelo a su olivo”, lo sorprendió la risa nerviosa de un niño
que caminaba de la mano de una anciana… Era ella, Carmen Escobar, la
única mujer a quien hubiera reconocido entre un millón de ancianas.
La sorpresa del encuentro lo privó del
arma del disimulo, pero los arriates de la plazoleta y las sombras de la
tarde tuvieron la misericordia de ocultar el temblor de sus manos y el
rostro contraído de un hombre que había perdido en una tarde el norte de
la vejez, que había comprendido en un segundo la parodia de viajar al
pasado para homenajear a un maestro. La realidad, disfrazada de fiscal
en su corazón, lo señaló con el dedo y lo acusó de mentiroso, de
cobarde y de ampararse en un muerto para encontrarse con un vivo. No
pudo ni quiso evitarlo: la siguió, y justo al salir de la plaza, el
mismo impulso incontrolable que lo obligó a disparar en la guerra lo
tomó de la mano y sin la menor consideración la depositó en el hombro de
la anciana.
-Carmen Escobar -dijo-, ¿ya no me conoces?
La mujer se volvió con una lentitud que a
Damián Sánchez le resultó sospechosa. En un segundo intuyó que estaba
al tanto de su llegada.
-Ha pasado mucho tiempo desde el 13 de septiembre del 36 -respondió-; tanto, que ya no me acuerdo de usted. Lo siento.
Damián Sánchez vio de cerca su rostro y
no pudo por menos que darle la razón: había cambiado tanto que también a
ella costaba trabajo reconocerla. No obstante siguió hablando con el
convencimiento del que ha recorrido medio mundo para hablar.
– Si me permite acompañarla -dijo-, podré explicarle el motivo de mi regreso.
Carmen Escobar asintió con la cabeza y
echó a andar, y antes de que él pudiera reponerse de sus primeras
palabras, se detuvo y lo miró a los ojos: “Usted ha venido al pueblo
para el homenaje que piensan hacerle a don José Sánchez Rosa. Nada más.”
Damián Sánchez pensó decirle que había
regresado para ver otra vez a la única mujer que amó en su vida, para
comprobar si eran verdad los sueños y las pesadillas que tuvo en el
extranjero; pero mirando su rostro comprendió que hay cosas que el
tiempo no perdona, que aunque el corazón siga siendo el mismo, la vida
puede transformar las circunstancias hasta el punto de crear muros
insalvables. Supo también que la guerra había terminado hacía cincuenta y
seis años y que el 13 de septiembre del 36 había logrado burlar a los
moros, pero que estos habían levantado una muralla entre la esperanza y
la realidad, una muralla que ahora se erguía frente a él demostrando que
la verdad, como el paso del tiempo, solo tiene un camino.
Quiso decirle
que los años no habían pasado por él, pero la magnitud de su mentira lo
asustó; quiso hablarle de la crueldad de la guerra, que a quien no mata
lo hiere de muerte, pero supuso que ya lo sabía; y por fin quiso
decirle que nunca es tarde para empezar de nuevo, pero la osadía del
pensamiento y el rostro anciano de Carmen Escobar lo obligaron a agachar
la cabeza y a seguir caminando junto a ella. El niño había dejado de
reír y el canto de los grillos se dejaba oír como cincuenta y seis años
atrás. Al pasar por la Pontezuela no pudo evitar tomarla del brazo y
como antaño recitarle versos de Sánchez Rosa:
“No quisiera oír más música
que la del ave y la alberca.
¡Vivir !… y morir después
en los brazos de mi tierra.”
que la del ave y la alberca.
¡Vivir !… y morir después
en los brazos de mi tierra.”


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