Conflictos mundiales * Blog La cordura emprende la batalla


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domingo, 25 de octubre de 2020

Santiago Abascal, un exaltado de opereta y poco más

 

 El discurso del líder de Vox es un pastiche de topicazos, exabruptos, delirios, manidas consignas y eslóganes patrioteros, pero pocas ideas para resolver los problemas del país

 

¿Qué se creían ustedes, que esto del fascismo era una broma, una anécdota, un juego de niños? Pues ahí tienen al monstruito “trumpista”, ahí va el huevo de la serpiente bien crecidito y alimentado, ahí está Santi Abascal en todo su esplendor neofascista. El líder de Vox ha mostrado su rostro más feroz, valentón y guerracivilista, hasta tal punto que por momentos no se veía a un señor de Bilbao sino a un enardecido y fuera de sí Führer con la vena del cuello hinchada y echando espumarajos por la boca.

 

 Lo que se ha visto en el Congreso de los Diputados espanta, aterroriza y produce congoja y tristeza. El máximo dirigente de la extrema derecha española sabía que había llegado su momento, su minuto de gloria, su todo o nada, y que los focos mediáticos estarían apuntándole. Por una vez iba a abrir los telediarios de la tarde. Todo el altavoz para él y sin limitación de tiempo para largar su programa fascista a placer. No ha defraudado a la parroquia falangista.

 

 Tras sacar al escenario a su telonero Ignacio Garriga para que le fuera abonando el terreno, Abascal se empleó a fondo en lo que mejor sabe hacer: ofender, soltar barbaridades, propagar el racismo, el machismo, el antieuropeísmo y el odio entre españoles. Su discurso de moción de censura no solo es un completo recital de su ideario retrofranquista, sino que sería una prueba de cargo concluyente ante cualquier tribunal democrático que juzgara delitos de odio.

 

Decía Francisco Umbral que el falangismo consistía, como todo fascismo, en coger a un hortera y disfrazarlo de boina, mono, puñal, aristocracia de uñas (mierda y sangre), y corbata para los domingos, que es cuando ninguna marquesa se la pone. Subido a la tribuna de oradores de las Cortes, bien repeinado, trajeado y debidamente aseado, eso mismo parecía el nuevo representante del fascio hispano joseantoniano.

 

 Un guiñol muy bien presentado y maqueado movido por los hilos de las élites económicas, por la aristocracia decadente y el nuevo “trumpismo” yanqui supremacista, negrero y tonto. Sin embargo, escuchando su rabieta enloquecida e impotente (saldrá inevitablemente perdedor de su mascarada de moción de censura) da la sensación de que el jovencito Frankenstein del nuevo nazismo patrio va perdiendo fuelle, va quedándose previsible, monótono, aburrido, sin munición retórica.

 

 Cuando uno ha soltado todo el arsenal de bilis e insultos del diccionario sin cosechar más que unas décimas raquíticas en los sondeos del CIS ya solo le queda el recurso al tejerazo y al pronunciamiento africanista. Su arrogante apelación a las demás fuerzas políticas del arco parlamentario para que voten su moción de censura y lo hagan presidente del Gobierno ha sido sencillamente patética, digna de un hombre acabado que vive en un delirio constante. 

 

 Al pedir elecciones “legítimas” (como si todas las que se han celebrado hasta ahora en este país no lo hubiesen sido) Abascal demuestra una gran debilidad. Un auténtico caudillo españolazo, un jefe de la extrema derecha militarista, no apela a otros partidos para que le ayuden en su misión de salvar a la patria. Se sube a un caballo, entra en el Parlamento espadón en mano y punto. Esa es la gran contradicción de Vox, que es una formación marginal fuera del tiempo y del espacio, desubicada, anacrónica. 

 

Pero si ridícula y kafkiana ha sido la apelación a sus señorías para que vuelvan al regazo de Franco, para que le hagan a él presidente de un Gobierno de emergencia nacional (“reducidísimo, no como esta malversación”, otra vez el tic antidemocrático) más grotesca aún ha sido su reincidencia a la hora de maquillar la dictadura del régimen anterior.

 

 “El Gobierno de Pedro Sánchez es el peor en ochenta años de historia”, ha vuelto a afearle al presidente como hiciese en anteriores intervenciones.

 

 Por si no había quedado claro su respeto reverencial al viejo general y su compromiso con los principios fundacionales del Movimiento Nacional.

 

Después de ese juramento que quedará para la historia de la infamia, más de lo mismo, lo de siempre, la misma verborrea barata y la oscura neolengua con las que Abascal trata de machacar y confundir a las masas: que si el Gobierno es un nuevo Frente Popular en alianza con filoetarras y separatistas; que si Sánchez es un okupa y el jefe de una mafia; que si la paciencia de los españoles se ha agotado. 

 

Más improperios, más disparates, más retórica vacía de brocha gorda. Mediocridad moral e intelectual. Entre toda la morralla de “política tóxica” habitual, tan solo ha introducido un nuevo elemento en su discurso manido y trillado: la idea de que China es la gran culpable de la pandemia y que el Gobierno debería pedirle responsabilidades penales y económicas. 

 

Otro gran desvarío patriotero y solo le ha faltado decir que si Pekín no se aviene a razones España debería declararle la guerra al gigante asiático y enviarle a la División Azul. De nuevo la conjura contra el enemigo rojo, de nuevo la invocación al fantasma bolchevique. Agitar la cruzada franquista contra el comunismo y los enemigos de la patria es el único as que le queda en la manga al populista Abascal para llegar al poder algún día. 

 

Espeluznante ese momento en que ha llamado “renegados” a los miembros del Gobierno, resucitando las dos Españas y advirtiendo de que en este país no cabemos todos, ya que sobra la mitad de los españoles, aquellos que no llevan el pedigrí fascista en los genes.

 

A falta de un proyecto de país, a Abascal solo le queda esperar a que el barlovento del populismo europeo insufle fuerzas renovadas a su decrépito proyecto.

 

 “A diferencia de ustedes nosotros sí somos demócratas y sí defendemos las libertades públicas”, asegura con doblez cínica y ladina. Esta última sentencia está en el primer capítulo del manual del buen facha, la revolución desde dentro, la conquista del poder fagocitando el sistema y usurpando las instituciones. Apoderarse de la democracia para terminar destruyéndola.

 

Y por supuesto, no podía faltar el furibundo discurso antieuropeo. A todo franquista le molesta que España esté plenamente integrada en la comunidad internacional porque lo que busca es la autarquía, el aislamiento, la vuelta al mundo feudal donde el señorito manda y el esclavo obedece. 

 

Incluso se ha permitido rebatir al maestro Ortega y Gasset al decir que ni España es el problema ni Europa es la solución y se ha declarado abiertamente unamuniano, ya que “España es la gran esperanza de Europa”. Revuelve escuchar a este hombre citar a dos grandes filósofos españoles a los que probablemente nunca ha leído ni entendido. 

 

 Abascal es un hombre de acción (o sea de guerra) más que de reflexión (o sea de libros y razón). Al igual que a Franco no lo votó nadie (ganó por la fuerza de las armas por mucho que se empeñe Ortega Smith) nunca llegará al poder de forma pacífica

 

. Y así, entre bulos y odios, el político expopular ha seguido desbrozando su programa indigesto, su particular Mein Kampf del siglo XXI: “Bruselas es una máquina que deshumaniza; ese dinero que usted ha mendigado en la UE, señor Sánchez, no llegará a tiempo para sacar a los españoles de la catástrofe económica”.

 

 Con eso está dicho todo. Bien haría la nueva izquierda naif, la novísima izquierda de salón malamente transgresora, retórica y rompedora con todo en tomar buena nota del discurso antieuropeo de la ultraderecha.

 

 Métanse esto en la cabeza, señoras y señores del rojerío caviar: sin la luminosa Europa, España es oscuridad; sin la luz racional de Europa, España vuelve a la corrala, al establo y a la noche de los tiempos que pretende instaurar el Caudillo de Bilbao.

 

 Europa nos ha curado, siquiera temporalmente, de la maldición española, de los mismos errores contumaces de siempre, que es adonde pretende llegar Abascal, ya que el fascismo se inventó para ejercer la violencia contra el otro, contra el diferente, no para firmar tratados de paz ni para fundar Estados de bienestar en Maastricht. 

 

 El eco del discurso abascaliano hiela el corazón. 

 

Afortunadamente, la moción de censura está abocada al fracaso, Abascal saldrá del hemiciclo como un decimonónico exaltado de opereta y la jornada de hoy no pasará a la historia de nada.

 

 ¿Qué se creían ustedes, que esto del fascismo era una broma, una anécdota, un juego de niños? 

 



jueves, 22 de octubre de 2020

Moción de censura 21 Octubre

 

 

Gabriel Rufian interviene en el debate de la moción de censura 21 Octubre de 2020

 

 El Congreso de los Diputados debate la moción de censura presentada por VOX quien propone como presidente a D. Santiago Abascal Conde

 

 

Pablo Iglesias interviene en el debate de la moción de censura 22 Octubre de 2020

 

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 El Congreso de los Diputados debate la moción de censura presentada por VOX quien propone como presidente a D. Santiago Abascal Conde
 
 

 
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VOX REIVINDICA EL FRANQUISMO SIN VERGÜENZA

 

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Subió Santiago Abascal a la tribuna de oradores del Congreso con desfachatez, volviendo a bramar que el Gobierno de coalición surgido de las elecciones generales del pasado 10N es “el peor Gobierno en ochenta años de historia”, y esta vez añadió “y quizás me quede corto”.
 
 
 No fue ningún lapsus, como más de un biempensante se apresuró a sostener cuando, hace unas semanas, lo soltó por primera vez. Dijo lo que quiso decir. 
 
 
Y es que ochenta y cuatro años han pasado desde aquel 1936 en el que los poderes económicos de la época –con la inestimable ayuda de la jerarquía católica, los nazis de Hitler y los fascistas de Mussolini– asestaron un golpe mortal al Gobierno legítimo del Frente Popular, a la II República y a la Constitución de 1931 –una de las más avanzadas y progresistas de la Europa de la época–, consumado tres años después tras aplastar a un pueblo en alpargatas, muchos de cuyos mejores hombres y mujeres siguen amontonados anónimamente en cunetas ocho décadas más tarde.
 
 

El abuelo de Abascal fue alcalde y diputado provincial franquista; y su padre, concejal y juntero del PP, al que se afilió cuando aún se llamaba Alianza Popular, aquella formación fundada por seis exministros franquistas y un procurador en Cortes en 1976, el año que vio nacer al presidente de Vox; Franco había muerto un año antes –dejando a Juan Carlos I y sus herederos como sucesores en la Jefatura del Estado español– y la Constitución vigente sería aprobada dos años después. 

 

No subió este miércoles Abascal a la tribuna de oradores del Congreso con el objetivo de defender una moción de censura para la que sabe que no le dan los números –cuando se vote, le faltarán más del triple de los escaños necesarios para que salga adelante–, sino con el de reivindicar la España de su abuelo y de su padre –la de los ochenta años de gobiernos, según él, mejores que el Gobierno de coalición de PSOE y Unidas Podemos surgido de las urnas del 10N–, la de las cunetas sin abrir y las heridas sin cerrar; por eso ha vuelto a cargar contra las leyes de memoria histórica.

 

El presidente de Vox, que se ha pasado media vida intentando ejercer de demócrata de toda la vida –primero bajo el ala de Aznar y después bajo el de Esperanza Aguirre– y que en febrero de 2019 se plantó en la madrileña plaza de Colón con Pablo Casado y Albert Rivera para pedir elecciones generales que todos ellos acabaron perdiendo dos veces –la primera en abril de 2019 y la segunda en noviembre del mismo año–, ha pedido este miércoles los votos del Congreso para convocar otras elecciones generales –quizás convencido de que las dos primeras ni valen ni tienen por qué valer y de que a la tercera tiene que ir la vencida–; eso sí, después de presidir un Gobierno de concentración con ministros –y esto ha sido quizás lo único gracioso de la mañana en el hemiciclo– de “distintas sensibilidades ideológicas”.

 

 ¿Qué entenderá él por “distintas sensibilidades ideológicas”?

 

Subió Abascal a la tribuna de oradores del Congreso a cargar contra las bestias negras del fascismo: la izquierda, las naciones sin Estado –ha llegado a negar el derecho a la autonomía de las nacionalidades, reconocido en el artículo 2 de la Constitución, e incluso el derecho de las formaciones soberanistas a presentarse a las generales–, el feminismo o el antirracismo.

 

 Y a negar el golpe de Estado de 1936; ha acusado a la izquierda de provocar la Guerra Civil y se ha jactado de que la perdiera. Y a reivindicar, otra vez, los gobiernos de Franco y la monarquía restaurada por este. Y a loar a Trump y a despotricar contra China.

 

 Y, mientras la mayoría de los diputados del partido ultraderechista iban turnándose y repartiéndose entre el hemiciclo y la tribuna de invitados para aplaudirlo –como la “borbónica quijada” de Helios Gómez– “con risa amarilla y colorada”, a revolver las aguas del río –y del trío– de Colón, soñando con pescar él como Franco –del que ha vuelto a criticar que se haya “profanado” su tumba en el Valle de los Caídos– pescaba salmones en el Sella.

 

 

Javier Lezaola, en La Última Hora

 

 

 


 

miércoles, 21 de octubre de 2020

Aitor Esteban: "El PNV no contribuirá a dar protagonismo a esta patochada de moción de censura"

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Aitor Esteban: "El PNV no contribuirá a dar protagonismo a esta patochada de moción de censura"

 Aitor Esteban: "Abascal no es un candidato, es un no-candidato.

 

 El PNV no contribuirá a dar protagonismo a esta patochada de moción de censura.

 

 Puede pasar al siguiente turno".

 

 


 

 

 

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Santiago Abascal, un exaltado de opereta y poco más

 

 

Santiago Abascal, un exaltado de opereta y poco más

El discurso del líder de Vox es un pastiche de topicazos, exabruptos, delirios, manidas consignas y eslóganes patrioteros, pero pocas ideas para resolver los problemas del país

 

¿Qué se creían ustedes, que esto del fascismo era una broma, una anécdota, un juego de niños? Pues ahí tienen al monstruito “trumpista”, ahí va el huevo de la serpiente bien crecidito y alimentado, ahí está Santi Abascal en todo su esplendor neofascista.

 

 El líder de Vox ha mostrado su rostro más feroz, valentón y guerracivilista, hasta tal punto que por momentos no se veía a un señor de Bilbao sino a un enardecido y fuera de sí Führer con la vena del cuello hinchada y echando espumarajos por la boca.

 

 Lo que se ha visto en el Congreso de los Diputados espanta, aterroriza y produce congoja y tristeza. El máximo dirigente de la extrema derecha española sabía que había llegado su momento, su minuto de gloria, su todo o nada, y que todos los focos mediáticos estarían apuntándole.

 

 Por una vez iba a abrir los telediarios de la tarde. Todo el altavoz para él y sin limitación de tiempo para largar su programa fascista a placer. No ha defraudado a la parroquia falangista. 

 

 Tras sacar al escenario a su telonero Ignacio Garriga para que le fuera abonando el terreno, Abascal se empleó a fondo en lo que mejor sabe hacer: insultar, soltar barbaridades, propagar el racismo, el machismo, el antieuropeísmo y el odio entre españoles.

 

 Su discurso de moción de censura no solo es un recital de su ideario franquista, sino que sería una prueba de cargo concluyente ante cualquier tribunal democrático que juzgara delitos de odio.

 

Decía Francisco Umbral que el falangismo consistía, como todo fascismo, en coger a un hortera y disfrazarle de boina, mono, puñal, aristocracia de uñas (mierda y sangre), y corbata para los domingos, que es cuando ninguna marquesa se la pone.

 

 Subido a la tribuna de oradores de las Cortes, repeinado, trajeado y debidamente aseado, eso mismo parecía el nuevo representante del fascio hispano joseantoniano. Un guiñol muy bien presentado y maqueado movido por los hilos de las élites económicas, la aristocracia decadente y el nuevo “trumpismo” yanqui supremacista, negrero y tonto.

 

 Sin embargo, escuchando su rabieta enloquecida e impotente (saldrá inevitablemente perdedor de su mascarada de moción de censura) da la sensación de que el jovencito Frankenstein del nuevo nazismo patrio va perdiendo fuelle, va quedándose previsible, monótono, aburrido, sin munición retórica. 

 

Cuando uno ha soltado todo el arsenal de bilis e insultos del diccionario sin cosechar más que unas décimas raquíticas en los sondeos del CIS ya solo le queda el recurso al tejerazo y al pronunciamiento africanista.

 

 Su arrogante apelación a las demás fuerzas políticas del arco parlamentario para que voten su moción de censura y lo hagan presidente del Gobierno ha sido sencillamente patética, digna de un hombre acabado que vive en un delirio constante. 

 

Al pedir elecciones “legítimas” (como si todas las que se han celebrado hasta ahora en este país no lo hubiesen sido) Abascal demuestra una gran debilidad. Un auténtico caudillo españolazo, un jefe de la extrema derecha militarista, no apela a otros partidos para que le ayuden en su misión de salvar a la patria. 

 

Se sube a un caballo, entra en el Parlamento espadón en mano y punto.

 

 Esa es la gran contradicción de Vox, que es una formación marginal fuera del tiempo y del espacio, desubicada, anacrónica. Pero si ridícula ha sido la apelación a sus señorías para que le hagan presidente de un Gobierno de emergencia nacional (“reducidísimo, no como esta malversación”, otra vez el tic antidemocrático) más grotesca aún ha sido su reincidencia a la hora de maquillar el franquismo.

 

 “El Gobierno de Pedro Sánchez es el peor en ochenta años de historia”, ha vuelta a afearle al presidente como hiciese en anteriores intervenciones. Por si no había quedado claro su respeto reverencial al general Franco y su compromiso con los principios fundacionales del Movimiento Nacional.

 

Después de ese juramento que quedará para la historia de la infamia, más de lo mismo, lo de siempre, la misma verborrea barata y la oscura neolengua con las que Abascal trata de machacar y confundir a las masas: que si el Gobierno es un nuevo Frente Popular en alianza con filoetarras y separatistas; que si Sánchez es un okupa y el jefe de una mafia; que si la paciencia de los españoles se ha agotado. 

 

Más improperios, más disparates, más retórica vacía de brocha gorda. Mediocridad política, moral e intelectual. Entre toda la morralla de “política tóxica” habitual, tan solo ha deslizado un nuevo elemento en su discurso manido y trillado, la idea de que China es la gran culpable de la pandemia y que el Gobierno debería pedirle responsabilidades políticas y económicas.

 

 Otro gran desvarío patriótico y solo le ha faltado decir que si Pekín no se aviene a razones España debería declararle la guerra al gigante asiático y enviarle a la División Azul. De nuevo la conjura contra el enemigo rojo, de nuevo la invocación al fantasma bolchevique.

 

 Agitar la cruzada franquista contra el comunismo y los enemigos de la patria es el único as que le queda en la manga al populista Abascal para llegar al poder algún día.

 

 Espeluznante ese momento en que ha llamado “renegados” a los miembros del Gobierno, resucitando las dos Españas y advirtiendo de que en este país no cabemos todos, ya que sobra la mitad de los españoles, aquellos que no llevan el pedigrí fascista en los genes.

 

A falta de un proyecto de país, a Abascal solo le queda esperar a que el barlovento del fascismo europeo insufle fuerzas renovadas a su decrépito proyecto. “A diferencia de ustedes nosotros sí somos demócratas y sí defendemos las libertades públicas”, asegura. 

 

Esta última sentencia está en el primer capítulo del manual del buen fascista, la revolución desde dentro, la conquista del poder fagocitando el sistema y usurpando las instituciones. Apoderarse de la democracia para terminar destruyéndola.

 

Y por supuesto, no podía faltar el furibundo discurso antieuropeo.

 

 A todo franquista le molesta que España esté plenamente integrada en la comunidad internacional porque lo que busca es la autarquía, el aislamiento, la vuelta al mundo feudal donde el señorito manda y el esclavo obedece.

 

 Incluso se ha permitido rebatir al maestro Ortega y Gasset al decir que ni España es el problema ni Europa es la solución y se ha declarado abiertamente unamuniano, ya que “España es la gran esperanza de Europa”. Revuelve escuchar a este hombre citar a dos grandes filósofos españoles a los que probablemente nunca ha leído ni entendido. 

 

 Abascal es un hombre de acción (o sea de guerra) más que de reflexión (o sea de libros y razón). Y así ha seguido desbrozando su programa, su Mein Kampf del siglo XXI: “Bruselas es una máquina que deshumaniza; ese dinero que usted ha mendigado en la UE, señor Sánchez, no llegará a tiempo para sacar a los españoles de la catástrofe económica”. 

 

Con eso está dicho todo. Bien haría la nueva izquierda naif, la novísima izquierda de salón malamente transgresora, retórica y rompedora con todo en tomar buena nota del discurso antieuropeo de la extrema derecha. 

 

Métanse esto en la cabeza, señoras y señores del rojerío caviar: sin la luminosa Europa España es oscuridad; sin la luz racional de Europa España vuelve a la corrala, al establo y a la noche de los tiempos que pretende instaurar el Caudillo de Bilbao.

 

 Europa nos ha curado, siquiera temporalmente, de la maldición española, de los mismos errores contumaces de siempre, que es adonde pretende llegar Abascal, ya que el fascismo se inventó para ejercer la violencia contra el otro, contra el diferente, no para firmar tratados de paz ni para fundar Estados de bienestar en Maastricht.

 

 El eco del discurso abascaliano hiela el corazón. 

 

Afortunadamente la moción de censura está abocada al fracaso, Abascal saldrá del hemiciclo como un exaltado de opereta y la jornada de hoy no pasará a la historia de nada.

 

 

 

 

 


 

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