Armstrong sonríe tras su histórico paseo lunar. |
Neil Armstrong y Franz Reichelt quisieron surcar el cielo desde niños; uno era piloto y otro sastre. Armstrong pretendía volar desde abajo y Reichelt desde arriba. El primero conquistó la luna y el segundo abrió un boquete gigante junto a la Torre Eiffel: los dos arriesgaron su vida insignificante por asuntos históricos. A simple vista no era más sofisticado el Eagle que el absurdo chubasquero ideado por Reichelt, pero en la victoria de Armstrong había una moderna concepción de la ciencia y en la derrota de Reichelt una asimilación rústica de las teorías de un hombre del Renacimiento.
El americano llegó a la luna y al regresar se encerró en sí mismo como una estatua cubierta por una sábana de otro tiempo. Le pasó el foco a Buzz Aldrin y se refugió en la magnífica desolación de su silencio. Llegó a abroncar a su peluquero por vender un mechón de su pelo no se sabe si por alergia a la celebridad o porque la alopecia no estaba para lujos. A los que insistían en llamarlo héroe se limitaba a responderles que había hecho su trabajo. Siete años antes de estar en la luna había perdido a su hija de dos años.
Tres décadas atrás cortaba el césped del cementerio de Old Mission, en Upper Sanduski, un pueblo de Ohio; allí y en Wapakoneta, antigua reserva india, repartió pan, vendió latas de conservas y se quedó dormido conduciendo un coche que se precipitó por una cuneta. Aprendió a volar antes que a caminar. Antes de haber cumplido 14 años se mudó con su familia 16 veces; no había cumplido los 39 y ya se había cambiado de planeta.
Pudo haber sido tan grande como Jesucristo, Alejandro Magno y Elvis Presley, porque llegó el primero a un lugar soñado y contempló desde allí la Tierra hasta taparla con el pulgar, pero en lugar de eso se limitó a reconocer el trabajo de un inmenso equipo y marchó a un jardín a cortejar a una viuda que cortaba un cerezo. De algún modo Armstrong sabía que lo difícil no era ir a la luna sino volver, por eso su grandeza no fue pisar el satélite sino la Tierra, y a eso se dedicó con fascinante discreción, como si temiese despertar a alguien.
Acaso Neil recordaba a pobres hombres como Franz Reichelt que sólo pretendían sobrevolar los Campos Elíseos y acabaron desplomándose en picado como salvajes, y entre los cráteres de la luna, solo como un muerto, aprendió que a veces los pájaros piensan que vuelan, pero es el cielo, que cae.
por Manuel Jabois
La primera pisada

Armstrong, fotografiado en 1969 y en 2005. | NASA; B. Pajares
Aunque sumaba apenas 10 horas de vuelo espacial antes de embarcarse en el Apolo 11, el comandante Neil Armstrong era un veterano piloto militar curtido en mil batallas y la NASA sabía que podía confiar en él para dirigir la misión más importante de su Historia.
Armstrong, de ascendencia irlandesa, escocesa y alemana, nació en 1930 en Ohio (EEUU). Tuvo en común con la mayoría de los primeros astronautas el haber pertenecido de joven a los Boy Scouts, y con 17 años comenzó a estudiar ingeniería aeroespacial en la Universidad de Purdue. También había sido admitido también en el más prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), pero le convencieron de que en Purdue recibiría una buena formación.
Otra circunstancia que compartió con muchos de sus compañeros astronautas es que, durante los años de universidad, perteneció a dos hermandades. En 1955, obtuvo el Grado, pero el Máster tendría que esperar a 1970, cuando ya había pisado la Luna y era una de las personas más célebres de todo el planeta.
Lo que pasó entre tanto es que el Ejército le reclamó. Se entrenó como piloto de la Marina, una de las actividades más complicadas y arriesgadas del momento. Era sabido que la maniobra de aterrizar un avión de combate sobre un portaaviones se encontraba entre las más difíciles a las que podía enfrentarse un recluta, y estaba considerada como una suerte de rito de paso entre los pocos que podían realizarla. Armstrong superó esta prueba a mediados de 1951 y enseguida se le asignarían diversas misiones en la Guerra de Corea, donde protagonizó varias acciones heroicas.
También como piloto de pruebas realizó arriesgadas maniobras, incluida la de alcanzar los 63 kilómetros de altura con un caza X-15. En septiembre de 1962, la NASA le reclutó como parte de su segundo grupo de astronautas, los llamados Nuevos Nueve (New Nine). Su primera misión espacial, la Gemini 8, involucraba una maniobra de atracaje con un vehículo automático y un paseo espacial, una de las más complejas e importantes en el largo camino que tuvo que recorrer la NASA antes de enviar misiones tripuladas a la Luna con ciertas garantías. También participó en el Gemini 11 antes de ser asignado como comandante del que sería el vuelo de su vida, el Apolo 11.
Tras esta aventura, Armstrong decidió dar clases en la universidad y dedicarse a distintos negocios. Jamás volvería al espacio. Sus apariciones públicas han sido muy escasas. A principios de agosto de 2012 fue operado del corazón. En su última comparecencia pública en noviembre de 2011, Armstrong recibió junto a sus compañeros de la misión a la luna en julio de 1969, Buzz Aldrin y Michael Collins, la medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos.
Paradójicamente, ha sido un gran desconocido, poco se sabe de su retraída personalidad e incluso su frase más famosa, «Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad», fue mal interpretada debido a la baja calidad de la transmisión. En realidad quiso decir: «Es un gran paso para UN hombre», lo cual tiene mucho más sentido porque 'el hombre' y 'la Humanidad' vienen a ser lo mismo.
>> Armstrong huye del debate sobre la vuelta a la Luna
por ÁNGEL DÍAZ
Neil Armstrong y Franz Reichelt quisieron surcar el cielo desde niños; uno era piloto y otro sastre. Armstrong pretendía volar desde abajo y Reichelt desde arriba. El primero conquistó la luna y el segundo abrió un boquete gigante junto a la Torre Eiffel: los dos arriesgaron su vida insignificante por asuntos históricos. A simple vista no era más sofisticado el Eagle que el absurdo chubasquero ideado por Reichelt, pero en la victoria de Armstrong había una moderna concepción de la ciencia y en la derrota de Reichelt una asimilación rústica de las teorías de un hombre del Renacimiento.
El americano llegó a la luna y al regresar se encerró en sí mismo como una estatua cubierta por una sábana de otro tiempo. Le pasó el foco a Buzz Aldrin y se refugió en la magnífica desolación de su silencio. Llegó a abroncar a su peluquero por vender un mechón de su pelo no se sabe si por alergia a la celebridad o porque la alopecia no estaba para lujos. A los que insistían en llamarlo héroe se limitaba a responderles que había hecho su trabajo. Siete años antes de estar en la luna había perdido a su hija de dos años.
Tres décadas atrás cortaba el césped del cementerio de Old Mission, en Upper Sanduski, un pueblo de Ohio; allí y en Wapakoneta, antigua reserva india, repartió pan, vendió latas de conservas y se quedó dormido conduciendo un coche que se precipitó por una cuneta. Aprendió a volar antes que a caminar. Antes de haber cumplido 14 años se mudó con su familia 16 veces; no había cumplido los 39 y ya se había cambiado de planeta.
Pudo haber sido tan grande como Jesucristo, Alejandro Magno y Elvis Presley, porque llegó el primero a un lugar soñado y contempló desde allí la Tierra hasta taparla con el pulgar, pero en lugar de eso se limitó a reconocer el trabajo de un inmenso equipo y marchó a un jardín a cortejar a una viuda que cortaba un cerezo. De algún modo Armstrong sabía que lo difícil no era ir a la luna sino volver, por eso su grandeza no fue pisar el satélite sino la Tierra, y a eso se dedicó con fascinante discreción, como si temiese despertar a alguien.
Acaso Neil recordaba a pobres hombres como Franz Reichelt que sólo pretendían sobrevolar los Campos Elíseos y acabaron desplomándose en picado como salvajes, y entre los cráteres de la luna, solo como un muerto, aprendió que a veces los pájaros piensan que vuelan, pero es el cielo, que cae.
por Manuel Jabois
La primera pisada
Armstrong, de ascendencia irlandesa, escocesa y alemana, nació en 1930 en Ohio (EEUU). Tuvo en común con la mayoría de los primeros astronautas el haber pertenecido de joven a los Boy Scouts, y con 17 años comenzó a estudiar ingeniería aeroespacial en la Universidad de Purdue. También había sido admitido también en el más prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), pero le convencieron de que en Purdue recibiría una buena formación.
Otra circunstancia que compartió con muchos de sus compañeros astronautas es que, durante los años de universidad, perteneció a dos hermandades. En 1955, obtuvo el Grado, pero el Máster tendría que esperar a 1970, cuando ya había pisado la Luna y era una de las personas más célebres de todo el planeta.
Lo que pasó entre tanto es que el Ejército le reclamó. Se entrenó como piloto de la Marina, una de las actividades más complicadas y arriesgadas del momento. Era sabido que la maniobra de aterrizar un avión de combate sobre un portaaviones se encontraba entre las más difíciles a las que podía enfrentarse un recluta, y estaba considerada como una suerte de rito de paso entre los pocos que podían realizarla. Armstrong superó esta prueba a mediados de 1951 y enseguida se le asignarían diversas misiones en la Guerra de Corea, donde protagonizó varias acciones heroicas.
También como piloto de pruebas realizó arriesgadas maniobras, incluida la de alcanzar los 63 kilómetros de altura con un caza X-15. En septiembre de 1962, la NASA le reclutó como parte de su segundo grupo de astronautas, los llamados Nuevos Nueve (New Nine). Su primera misión espacial, la Gemini 8, involucraba una maniobra de atracaje con un vehículo automático y un paseo espacial, una de las más complejas e importantes en el largo camino que tuvo que recorrer la NASA antes de enviar misiones tripuladas a la Luna con ciertas garantías. También participó en el Gemini 11 antes de ser asignado como comandante del que sería el vuelo de su vida, el Apolo 11.
Tras esta aventura, Armstrong decidió dar clases en la universidad y dedicarse a distintos negocios. Jamás volvería al espacio. Sus apariciones públicas han sido muy escasas. A principios de agosto de 2012 fue operado del corazón. En su última comparecencia pública en noviembre de 2011, Armstrong recibió junto a sus compañeros de la misión a la luna en julio de 1969, Buzz Aldrin y Michael Collins, la medalla de Oro del Congreso de Estados Unidos.
Paradójicamente, ha sido un gran desconocido, poco se sabe de su retraída personalidad e incluso su frase más famosa, «Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la Humanidad», fue mal interpretada debido a la baja calidad de la transmisión. En realidad quiso decir: «Es un gran paso para UN hombre», lo cual tiene mucho más sentido porque 'el hombre' y 'la Humanidad' vienen a ser lo mismo.
>> Armstrong huye del debate sobre la vuelta a la Luna
por ÁNGEL DÍAZ

No hay comentarios:
Publicar un comentario
GRACIAS POR TU OPINION-THANKS FOR YOUR OPINION