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jueves, 15 de noviembre de 2012

La transición, ¿De cuándo y hacia dónde?


Cuarenta años antes, el General Franco había liderado un golpe militar que llevaría a una guerra civil (la Guerra Antifascista Española) que duraría tres años y que al final acabaría con la Segunda República Española después de dejar muchos miles de muertos en las cunetas.
 
 
Aquel golpe militar, que con el pretexto de salvar la patria llevaron a cabo unos generales poscolonialistas con Franco a la cabeza, tenía una meta bien distinta a la que se pregonaba, al menos en la mente de su principal caudillo y el transcurso de sucesos acaecidos durante toda la posguerra y en lo que erróneamente se ha denominado “transición a la democracia” de los años setenta del siglo pasado así lo demuestran. No era tanto instaurar una democracia el objetivo, sino restaurar los poderes fácticos reales, justo en el lugar predominante que ocupaban antes de la proclamación de la Segunda República.


Para llegar a entender todo esto nos tenemos que remontar a la época del reinado de Alfonso XIII, y a la guerra del 98 contra los Estados Unidos y, mucho antes aún, a la materialización del despotismo ilustrado en España con el primer rey Borbón de cierta relevancia que ocupó el trono de las Españas, Carlos III, cuando los poderes aristocráticos y eclesiásticos empezaron a ceder influencia y posición a favor de una burguesía de comerciantes adinerados, principalmente, que con la ayuda de  las ya consolidadas burguesías europeas reclamaban cada vez más poder y participación en la toma de decisiones políticas del continente.
 
La Revolución Francesa y la industrial consolidan durante todo el Siglo XIX la hegemonía económica y el poder político de dicha burguesía mientras la aristocracia va desapareciendo paulatinamente hasta su práctica extinción con la excepción de los ducados, marquesados y grandes ducados que todavía perduran en nuestros tiempo y que de vez en cuando aparecen en los medios para sorprendernos con sus excentricidades y escándalos.
 
La burguesía emergente en el Siglo XIX se identifica con el liberalismo y los partidos liberales que a medida que van ganando el poder en los diferentes países van proclamando repúblicas y monarquías parlamentarias en las que florece la economía y la prosperidad basada en la producción industrial y el comercio. Inglaterra y Francia se convierten en principales potencias e imperios coloniales.
 
Aquella prosperidad nunca llegó a España, básicamente por dos motivos: uno fue que al estar en la periferia quedaba junto con Portugal un poco al margen del centro de poder europeo liderado por Londres y París y porque durante todo el Siglo XIX, el fuerte poder aristocrático ancestral español, muy apoyado por una Iglesia rancia y católica integrista, se niega a renunciar a la posición privilegiada que ha tenido durante la formación, desarrollo y decadencia del Imperio Español  y a aceptar las nuevas tendencias y formas de vida, que la evolución de los tiempos va imponiendo y, por el contrario, se dedica a intentar aplastarlos por la fuerza de la represión y las armas provocando  un sinfín de rebeliones, guerras  civiles y enfrentamientos armados que  sirven para que los poderes fácticos (Iglesia, ejército y nobleza) conserven gran parte de su influencia en la sociedad mediante la plutocracia impuesta, y para que España vaya perdiendo una tras otra todas sus colonias y el estatus de potencia colonial y para condenar a la pobreza y la miseria a gran parte de la sociedad española que, ante el panorama, se ve forzada a optar por la emigración hacia los nuevos territorios emancipados, antes expoliados por la tiranía que gobernaba el “imperio de las Españas”.
 
Así llegamos a la fugaz guerra del 98 que significa la puntilla al Imperio Español y la pérdida de peso específico de nuestro país a nivel internacional y consolida a los Estados Unidos como nueva potencia mundial a tener en cuenta.
 
En aquellos tiempos, a caballo entre los dos siglos, la situación no difiere mucho de la de ahora y el sistema imperante es un caciquismo local, disfrazado de monarquía parlamentaria, en el que esos nefastos sectores privilegiados de los que hablábamos habían conseguido plenamente sus objetivos de llevar a la nación a la ruina total y de mantener activa la pirámide de poder que había servido para materializar la catástrofe. Pero ellos seguían allí, en la cresta de la ola; una ola de miserias y nimiedades pero, su ola, al fin y al cabo.
 
A cambio de algunas concesiones comerciales, Francia e Inglaterra permiten a España que mantenga ocupada su costosa fuerza colonial sin colonias en el protectorado de Marruecos, (famoso por el Desastre de Annual y por ser el lugar donde se ideó la conspiración para el golpe que ahogó las ilusiones de libertad del pueblo español) y le conceden la limosna de ocupar colonialmente la isla de Malabo y Guinea Ecuatorial. Muchos coronelillos alcohólicos con delirios de grandeza se sintieron muy agradecidos al pasear a sus esposas como virreyes por territorio africano.
 
Estamos ya en la España de Alfonso XIII, que seguramente será junto con Fernando VII el rey más nefasto de nuestra Historia y ello a pesar de que para el puesto los candidatos no escaseaban precisamente, sino todo lo contrarió. Este rey, pese a lo que digan por ahí los tergiversadores de la Historia, a buen seguro favorecidos por su pésima gestión, estuvo rodeado del escándalo desde su nacimiento y hay que decir que hasta se cuestionó su legítima heredad al trono y que fuese hijo de Alfonso XII, ya que nadie se explicaba como un enfermo terminal de sífilis (oficialmente tuberculosis)  puso engendrar un hijo tres meses antes de   su muerte, hay varias versiones al respecto pues, al parecer, el periodo de gestación de Doña María Cristina se alargó mucho más de los 9 meses normales, y hay quienes dicen que porque nació una niña que fue cambiada por el hijo de una amante valenciana del fallecido rey y otros simplemente dicen que fue engendrado directamente tras la muerte de este y se provocó un parto prematuro.
 
 Pero, en fin, este detalle tal vez no sea tan importante como su nefasta labor de gobierno desatendiendo y abandonando en la enfermedad y la miseria a enormes capas sociales que se veían obligadas a la emigración, la mendicidad o a ver como los sectores privilegiados hacían todo alarde de opulencia y despilfarro mientras ellos morían de hambre y enfermedades para las que no había ni cura ni hospitales; poniendo la guinda a su desastroso reinado con la aceptación de la dictadura de Primo de Rivera que, tras fracasar, dio lugar a la proclamación de la república y a su exilio a Italia del que, por suerte no volvió hasta muchos años después de morir.
 
A pesar de las guerras fratricidas y de los pésimos gobernantes, durante el siglo XIX y principios del XX se había desarrollado en algunas ciudades españolas como Cádiz, Bilbao o Valencia y principalmente en Barcelona una burguesía que floreció en unos casos gracias al comercio con América y Europa y en otros gracias a la escasa industria que se implantó de forma tímida en algunas partes del país.
 
Muy conectada a los movimientos liberales europeos y a la masonería, esta burguesía de tendencia liberal es la que acepta de buen grado la proclamación de la república y en principio prefiere alinearse al lado de las fuerzas obreras ya que se diferenciaba claramente de la clásica conservadora española que, aunque ha adoptado las formas y estilo de vida propios de la burguesía europea, en lo moral sigue vinculada a sectores reaccionarios de origen hacendado y aristocrático con Madrid como centro de operaciones y poseedora de   influencias claras y contundentes en  los gobiernos y la corte.
 
 Está burguesía conservadora, se encuentra estrechamente ligada a la Iglesia reaccionaria y los restos del ejército colonial, por aquel entonces confinado en la “gloriosa” misión de África. Podríamos establecer como factor de diferenciación entre una y otra en los poderes nacionales económicos que perduran en nuestros días, con escasa fuerza eso sí, y que bien se pueden denominar, poder central, de tendencia conservadora y nacionalista española  y poder periférico, más liberal y tendente a un nacionalismo no centralista pero burgués que hoy vemos representado en partidos como PNV, CiU o ERC.
 
Lo que lleva a la ruptura de la monarquía de Alfonso XIII es en realidad el enfrentamiento entre estos dos poderes o burguesías antagónicas, pues el proletariado o clases trabajadoras de la época, sin organizar políticamente u organizados en movimientos socialistas revolucionarios, comunistas y anarquistas, si bien en algunos casos como en los anarquistas, son muy  numerosos, no tienen suficiente influencia en la sociedad ni mecanismos de intervención en la vida política de aquel tiempo. El PSOE, ya en aquel tiempo es un partido con algunos preceptos marxistas pero que pertenece claramente a un sector de la burguesía, a veces liberal y a veces conservadora, como demuestra su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. En ningún caso representa al proletariado ni a la clase trabajadora.
 
 
Dicho enfrentamiento perdura y se agrava durante los años que sobrevivió la república, más que nada por la intransigencia de las derechas a la hora de aceptar los cambios que la izquierda republicana va introduciendo y que, aunque en muchos casos consisten en conquistas de derechos y libertades para el pueblo y la ciudadanía en general, para los sectores privilegiados y conservadores clásicos como la Iglesia, el ejército o el sector social monárquico, que no es otro que el que tuvo  todos los privilegios durante el reinado del nefasto Alfonso XIII, supone un retroceso en el dominio absoluto del que habían gozado en épocas anteriores.
 
 
Para este sector reaccionario, la república no es ni mucho menos un fin, sino algo que debe durar lo menos posible y, por tanto, algo que hay que derribar y por consiguiente se dedica a conspirar contra ella desde su mismo nacimiento con el fin de volver a tener el estatus de privilegio que ostentaba en el régimen anterior.
 
No es el objetivo de esta entrada hacer un juicio sobre la Guerra Antifascista Española (tal vez en otro momento), sino analizar los sectores sociales y poderes que se alían en uno y otro bando y ver como estos están claramente diferenciados de las fuerzas revolucionarias y de cómo en lo que se llama transición a la democracia se le devuelven protagonismos a los sectores burgueses liberales y periféricos, siempre que acepten la monarquía impuesta, (que es en realidad la consolidación del objetivo principal de la "cruzada franquista") y se emprende una guerra no declarada con la colaboración de algunos militantes de los partidos revolucionarios destinada a desmantelar todo movimiento republicano y obrero.
 
Por tanto, es conveniente aclarar que la Segunda República se implanta por la disociación de los poderes centrales y periféricos y por sus enfrentamientos y se destruye por los mismos enfrentamientos y por el miedo al avance de las fuerzas revolucionarias, que hace que una parte importante de la burguesía periférica se desvincule de la República a medida que ésta va quedando en manos de los revolucionarios (por otro lado los únicos que saben defenderla) y se adhiera al bando fascista o reaccionario. Pero que la alineación o separación de uno u otro bando, en ningún caso afecta a la composición y estructura de lo que hemos denominado poderes fácticos de la época: Poder central conservador y reaccionario y poder burgués periférico liberal.



El levantamiento militar del General Franco no tiene como objetivo derribar estos poderes, sino rescatarlos  y protegerlos frente al avance imparable de la clase trabajadora y del movimiento obrero en aquel tiempo representados por los socialistas marxistas que por aquel entonces habían impuestos sus tesis en el  PSOE y en el PCE y la gran organización anarquista CNT-FAI que ganan adeptos y popularidad a medida que pasan los días y el pueblo se va percatando del hecho de que otro tipo de sociedad es posible. El golpe de estado que se intentó ejecutar tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones, aunque en algunos sectores fascistas se hablaba de metas como el estado obrero nacionalsindicalista, en la cúpula militar dirigente, no tiene el mismo objetivo, sino el de evitar la construcción inminente de un estado obrero por la fuerza triunfante en las elecciones y  restaurar el orden anterior a la proclamación de la república.
 
 Con rey o dictador y siempre supervisado por el ejército y la Iglesia, el objetivo primordial es rescatar el estado burgués  y ponerlo al servicio de los poderes reinantes en las dos primeras décadas del siglo, es decir, la burguesía tradicionalista y la liberal, puliéndolo de aquello que en su opinión lo había llevado al desastre, los elementos nacionalistas disgregadores y las ideas progresistas, anárquicas  y socialistas y, a la vez dotándolo de un espíritu unificador siempre pretendido por un sector de la sociedad española y cuestionado por otros.
 
Para ello, después de acabar la guerra la fuerza ganadora  realizó un exterminio en toda regla, matando  a todo ser humano que fuese sospechoso de no aceptar los preceptos de unidad nacional y modelo de estado concebido por las elites de poder que se pretendían consolidar. Porque si se hubiera tratado de una simple cuestión de orden social y de poner fin al “desastre rojo” que según ellos era La República, no se habría organizado la represión y matanza de cientos de miles de personas que las fuerzas franquistas organizaron cuando el ejército republicano ya se había rendido y se había terminado la guerra.
 
 Dicha purga de la sociedad se llevó a cabo porque para la alta burguesía a la que se pretendía entregar el país era necesario “limpiar” el país de todo elemento discordante o en desacuerdo con el concepto nación que ésta tenía y que era en esencia semejante al que había existido en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX; un orden basado en las jerarquías sociales, eclesiásticas y militares. Jerarquía social basada en la estructura social clasista, la propiedad privada selectiva y el comercio que, a la vez, sustenta al más puro estilo medieval a la jerarquía eclesiástica para rezar por las almas y al ejército encargado de la defensa y seguridad de los vivos poderosos.

La misión a la que el  General Franco dedica su vida es a rescatar la España tradicional, cerrada a todo tipo de innovación y avance social, y protegerla de las ideas progresistas y de clase que la ponían en peligro y por eso, la alta burguesía vasco-navarra y catalana, al igual que los propietarios rurales y terratenientes del resto del país ofrecen toda su colaboración al levantamiento, bien aportando bienes materiales y financieros o bien con la participación y enrolamiento en los ejércitos franquistas.

Durante los cuarenta años de represiones y fusilamientos en los que Franco disfrutó de su caudillaje, fue muy consciente de que se triunfo se debió al apoyo prestado por los sectores burgueses  vascos y catalanes, del resto de España y monárquicos, y se dedico a disfrutar de su victoria en forma de enaltecimiento a su persona, cacerías y pescas, desfiles militares y a preparar el país para entregarlo a aquellos que le habían ayudado a preparar el golpe y después a ganar la guerra.
 
Con la burguesía liberal republicana y los sectores nacionalistas moderados de la periferia, no tenía la más mínima intención de dialogar y mucho menos permitir su regreso hasta que las potencias hegemónicas de la época, Inglaterra, Francia y los Estados Unidos le convencieron de que lo hiciera y de que solo debía dejar al margen de las negociaciones a los comunistas que eran la antítesis de su modelo social y enemigos declarados del capitalismo internacional en plena guerra fría.
 
Tras casi 20 años de hambrunas y persecuciones, a finales de la década de los 50 del siglo pasado, Franco firma un tratado con los Estados Unidos que sirve para España se llene de bases militares y navales norteamericanas, para que vengan turistas a nuestro país y para cambiar el modelo económico franquista que, aparte de hambre, se había mostrado incapaz, no ya de sacar al país de la miseria, sino de producir nada medianamente aceptable.
 
De alguna forma el tratado americano hizo que el estado totalitario franquista terminara sus días y se abriera paso la economía de libre mercado que hicieron brotar cierta prosperidad en la sociedad española y que en los años 60 la economía del país empezara a crecer, mientras Franco y sus asesores norteamericanos diseñaban la forma en que el país pasaría de ser feudo de la jerarquía tradicional española a ser propiedad de la jerarquía mundial capitalista, paseando en barco y pescando hermosos peces que los buzos enganchaban en el anzuelo para mantener bien alta la autoestima del Caudillo.
 
Fue en aquellos años cuando se eligió y formó al que estaba destinado a convertirse enl elemento unificador de todas las élites españolas a las que nos hemos referido. Fue un miembro de una familia real  (no se sabe si el primero en el orden sucesorio) que no se distinguió nunca por traer prosperidad y felicidad a los españoles, pero que cumplía la exigencia de la potencia protectora y con los acuerdos a los que en su día el dictador llegó con los sectores monárquicos que le ayudaron a “salvar” España.
 
Aquellos pactos se realizaron muchos años antes, la primera parte, derribar al gobierno constitucional de la República tardó tres años en realizarse; la segunda, la de limpieza, duró cuarenta años; la tercera, consolidación de las jerarquías, empezó un 20 de noviembre de 1975 y se consolidó otro 20 de noviembre pero de 2011, 30 años después. Casualidad o plan milimétrico, el caso es, que ese día los sueños de las jerarquías de poder y de Franco, se acababan haciendo realidad.
 
Pero esa es otra historia y ya casi todos la conocemos.
 

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