Conflictos mundiales * Blog La cordura emprende la batalla


martes, 26 de marzo de 2013

El nacionalismo español



En el presente artículo, hilvanando variopintos textos, trato de dar una visión que muestre en parte qué es ese casi innombrable nacionalismo español.
 
 
No sólo hay pocos artículos que contengan el título arriba escrito, y no hablemos ya de la práctica inexistencia de bibliografía al respecto. Y sin embargo, incontables son los libros y artículos sobre el nacionalismo catalán, vasco, gallego, incluso otros que han ido emergiendo en los últimos tiempos: el andaluz, el valenciano, el de los países catalanes. Ello no obsta en forma alguna la realidad de que  el nacionalismo español es añejo, pero ahí sigue en nuestros días, rancio y fuerte, al ataque, como en los tiempos de Aznar, como se enfrentó de una manera desaforada a las tímidas reformas zapateristas y ahora con Rajoy, a pesar del momento y quizás por eso mismo, ha lanzado la última de sus seculares campañas.


A pesar de todo, vivimos la paradoja de decir que en el País Vasco y en Cataluña gobiernan los nacionalistas, pero en Madrid ¿no gobiernan acaso los nacionalistas españoles? Al menos, para los de mi generación, ese nacionalismo lo tomábamos conjuntamente con leche en polvo americana, y ningún nacionalismo ha sido tan avasallador y excluyente como éste. Estudiarlo debiera ser baladí, porque lo aprendimos en la cartilla al mismo tiempo que el “mi mamá me ama” o el padrenuestro que rezábamos todos los días. Al nacionalismo español le pasa un poco como al aire, no nos fijamos en su existencia porque está en todas partes. Es cierto, que además del nacionalismo español retrógrado y rancio, siempre ha existido un nacionalismo progresista (el de Machado, Azaña, Unamuno, Lorca,...), al que nos referiremos más adelante, aunque empezaremos con su manifestación ultramontana.


Algún autor ha hablado de la banalización que supone todo nacionalismo nacionalismo en el sentido de que el nacionalismo entra por todos los poros de la población y se convierte en algo que se respira, que está ahí, dado y natural. Sucede esto, muy especialmente, en el nacionalismo español, que nunca se ha reconocido por tal. Y esto por los  ambos lados  desde por donde ha sido norma considerar  el tema, ya que en tanto los nacionalismos periféricos hablan del español simplemente como “centralismo madrileño”, para los partidos nacionales, su consideración como nacionalistas españolistas nunca es aceptada, de tal forma que parar referirse a sí mismos se afirman como partidos no nacionalistas  y designan como nacionalistas  a los "periféricos".


¿Qué razones explican el no reconocimiento de un nacionalismo español? En una primera aproximación, bastante banal, se considera que el nacionalismo español desapareció con Franco y que en el nuevo “régimen democrático”, los mitos del nacional-catolicismo habrían desaparecido ( en todo caso, desde hace años, se considera que ese nacionalismo español sería únicamente residual, en el ámbito de la ultraderecha, cuando en España la diferencia entre derecha y ultraderecha, de existir, presenta el grosor del filo de una navaja)  del otro lado, lógicamente, los partidos nacionalistas periféricos no pueden sino considerarse a sí mismos como pasajeros, en el sentido que una vez desgajados del estado español, desaparecerían. Serían un instrumento temporal de lucha que acabarán cuando alcancen sus objetivos últimos.


     Sin embargo, el nacionalismo español existe, y sus distintas manifestaciones no deben ocultarnos su realidad. Todo nacionalismo parte de la creencia de un esencialismo histórico que agrupa a una colectividad que lo diferencia frente (y a veces enfrenta) a unos terceros; el español, el hombre español, tendría unas características heredades de las que no puede liberarse porque son el producto de siglos de historia. En muchas cosas podrían no estar de acuerdo Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro. Pero desde luego algo tenían en común: existe un esencial español.


 Que esa esencia proceda de la época hispanorromana y que la ocupación árabe no lograra acabar con ella para el primero, mientras que para Américo Castro la esencia española se forjó en la lucha, amorosa unas veces, combativa las más, producto de la convivencia en un mismo solar de judíos, moros y cristianos, es asunto secundario; difieren en la esencia de lo español, que no en su existencia.



     El nacionalismo español, como todos los nacionalismos europeos (y también los restantes del estado español, se formaron en el XIX en los que respecta a la creación de sus símbolos –himnos, banderas, creación de un pasado mítico-) y aunque suele afirmarse que el nacionalismo español (frente al catalán, vasco o gallego, que tendría una versión de derechas y otra de izquierdas), sólo tendría una dimensión de derechas, tal afirmación no se sostiene un segundo en pie, pues de ser esto así ¿Qué fue la Guerra civil española, además de otras cosas de bastante calado, sino un enfrentamiento entre nacionalistas españoles progresistas frente a tradicionalistas españoles? ¿No era españolista Antonio Machado? ¿No lo era Américo Castro? ¿No lo era mayoritariamente todo el grupo de personas que en aquel tercio de siglo precedente a la Guerra Civil creó un clímax cultural incomparable a otros períodos de nuestra historia?



    Y esto llega a nuestros días. Hace algunas décadas Manuel Sacristán Luzón lo expresó con claridad: “porque España no es propiedad de los reaccionarios, yo me siento y soy español aunque fuera de una España pequeña que limitara con los Picos de Europa, Andalucía, Galicia y el área catalana, porque España no es una ficción, es la nación de mis padres y abuelos, de Garcilaso, de Cervantes...” y si se quiere mayor claridad, imposible cuando leemos: “En la edición de Gerónimo se ha notado que el editor español, yo, soy un español que sigue siendo español y no tiene vergüenza de ser español, en un momento en que se puso ferozmente de moda no ser español, moda que sigue existiendo.


A lo sumo, se admite que uno puede ser, tirando a mucho, castellano, pero español, ¡qué horror! En cambio, allí se habla de Felipe II, de ministros de Felipe II, y de conquistadores, sin odio y como de antepasados de uno en vez de como unos cabrones que están en la acera de enfrente y con los que uno no quiere saber nada. Es decir, volviendo a repetir el esquema tradicional de buenos y malos, completamente adialéctico y farisaico que hemos heredado de la tradición católico-integrista, repitiéndola al revés”.


    En el nacionalismo español, se ha trabajado por destrozar el nacionalismo español progresista y ver únicamente el tradicional, aquel que se nos enseñó en las escuelas (Guzmán el Bueno, Santa Teresa, el Cid, Lepanto) y en lo populachero, los toros, la zarzuela,…. De tal forma, los tradicionalistas hicieron a finales del siglo XIX que una obra tan heterodoxa como el Quijote se convirtiese en símbolo del nacionalismo español ultramontano. No es de extrañar entonces que cuando Américo Castro hizo la relectura de El Quijote y de Cervantes sin amoldarse en  nada al Cervantes patriotero y lepantino, se levantaran contra él –durante décadas- todos los ataques de lo más rancio del españolismo.


Y eso no sólo después de la Guerra Civil, en donde encontramos lo fundamental de su pensamiento, sino ya durante la república fue atacado, creo que por cierta conferencia que dio en Alemania,  en la que se afirmó que  había ido allí  «a predicar el amor libre — abominación de abominaciones». 


 Un Américo Castro que mostró en Alemania un Cervantes partidario de la Liebesfreiheit (libertad de amar), es decir, de que la mujer elija libremente el objeto de sus amores y que no la casen a la fuerza.


     Que se tomara de ejemplo al Quijote como muestra del nacionalismo español, y así se enseñara en las escuelas durante décadas, no impide  que la obra en ningún momento fuera leída, porque cuando se critica a Américo por tales afirmaciones,  bastaría el siguiente párrafo del libro para mostrar la total ignorancia de la obra, pues en aquel momento Américo Castro casi no estaba tanto interpretando el Quijote como, por así decir, leyéndolo,a tenor del famoso discurso de Marcela, del que entresaco algunos trozos:






Ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.  


   Yo nací libre, y para poder libre escogí la soledad de los campos; los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras.


    El cielo aun hasta ahora no ha querido que yo llame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes.



    Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas: tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este, ni solicito a aquel, ni me burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas, y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma, a su morada primera.
   Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.


   Como puede observarse, un auténtico manifiesto, a principios del siglo XVI, a favor de la libre elección por la mujer de su destino: irse con el hombre que ame o, también, simplemente, el no irse con ninguno si tal es su elección. Sin embargo, para aquellos patrioteros que hicieron del Quijote la obra magna del nacionalismo castizo español, hasta 1974 no permitieron, por ejemplo, a la mujer española abrir una cuenta corriente o comprar una casa sin la debida autorización del marido, padre o hermano mayor.


  El nacionalismo español –refiriéndonos al tradicionalista- se ha considerado un nacionalismo fracasado, dado que no ha conseguido imponerse en todo los territorios del Estado, al contrario del que ocurrió en Francia, Italia o Alemania, por citar algunos ejemplos. No consiguió una ideología que se impusiera, pese a sus continuos intentos. La causa, en mi opinión, la vio muy claramente Marx en sus artículos sobre España.


 Se pregunta éste cómo a mediados del siglo XIX (podíamos decir también, a principios del XXI), el lugar donde más tempranamente se impuso el absolutismo monárquico tras la victoria de Carlos I sobre los comuneros, pudiera vivir en el país una intensa –aunque desconocida- vida local y comarcal que se manifestó en mayo de 1808. Considera que la respuesta no es difícil: “Fue en el siglo XVI cuando se formaron las grandes monarquías. Éstas se edificaron en todos los sitios sobre la base de la decadencia de las clases feudales en conflicto: la aristocracia y las ciudades. Pero en los otros grandes Estados de Europa la monarquía absoluta se presenta como un centro civilizador, como la iniciadora de la unidad social. Allí era la monarquía absoluta el laboratorio en que se mezclaban y amasaban los varios elementos de la sociedad, hasta permitir a las ciudades trocar la independencia local y la soberanía medieval por el dominio general de las clases medias y la común preponderancia de la sociedad civil.


En España, por el contrario, mientras la aristocracia se hundió en la decadencia sin perder sus privilegios más nocivos, las ciudades perdieron su poder medieval sin ganar en importancia moderna. Desde el establecimiento de la monarquía absoluta, las ciudades han vegetado en un estado de continua decadencia. No podemos examinar aquí las circunstancias, políticas o económicas, que han destruido en España el comercio, la industria, la navegación y la agricultura  (lógicamente, Marx aquí se está refiriendo, como luego veremos en Trotsky, al hecho de que la llegada de la riqueza de América, a más de arruinar la industria local, como tantas veces ha sido  analizado, permitió que con la plata procedente de aquel continente–y luego la permanencia de la importancia económica de Cuba hasta 1898-  se mantuviera un poder central fuerte que permitía vivir o vegetar a los entes locales.


Cuando en 1898 terminó definitivamente todo esto, estallaron con fuerza los distintos nacionalismo periféricos, sin que el nacionalismo español tuviera ya fuerza para acabar con estos o, simplemente, imponerse sobre ellos). Para nuestro actual propósito basta con recordar simplemente el hecho. A medida que la vida comercial e industrial de las ciudades declinó, los intercambios internos se hicieron más raros, la interrelación entre los habitantes de diferentes provincias menos frecuente, los medios de comunicación fueron descuidados y las grandes carreteras gradualmente abandonadas.


Así, la vida local de España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la diversidad de su configuración social, basada originalmente en la configuración física del país y desarrollada históricamente en función de las formas diferentes en que las diversas provincias se emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y como la monarquía absoluta encontró en España elementos que por su misma naturaleza repugnaban a la centralización, hizo todo lo que estaba en su poder para impedir el crecimiento de intereses comunes derivados de la división nacional del trabajo y de la multiplicidad de los intercambios internos, única base sobre la que se puede crear un sistema uniforme de administración y de aplicación de leyes generales.



La monarquía absoluta en España, que solo se parece superficialmente a las monarquías absolutas europeas en general, debe ser clasificada más bien al lado de las formas asiáticas de gobierno.


España, como Turquía, siguió siendo una aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal a su cabeza. El despotismo cambiaba de carácter en las diferentes provincias según la interpretación arbitraria que a las leyes generales daban virreyes y gobernadores; si bien el gobierno era despótico, no impidió que subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes y costumbres, con diferentes monedas, con banderas militares de colores diferentes y con sus respectivos sistemas de contribución. El despotismo oriental sólo ataca la autonomía municipal cuando ésta se opone a sus intereses directos, pero permite con satisfacción la supervivencia de dichas instituciones en tanto que éstas lo descargan del deber de cumplir determinadas tareas y le evitan la molestia de una administración regular”.


      En un temprano escrito de enero de 1931, Trotsky, tras vaticinar la caída de la monarquía española para un momento inmediato (“La cadena del capitalismo se ve de nuevo amenazada con romperse en el eslabón más débil: ha llegado el turno a España.”), indica con la misma meridiana claridad que Marx, en un texto realmente magnífico, el problema nacional en España así como las causas que lo ha originado, centrándose en el aspecto que Marx no había querido voluntariamente soslayar, es decir, el papel trascendental de América respecto a la peculiaridad española en Europa: “Indiscutiblemente, España pertenece al grupo de los países más atrasados de Europa.


Pero su atraso tiene un carácter peculiar pues conoció periodos de gran florecimiento, de superioridad sobre el resto de Europa y de dominio sobre la América del Sur.


El poderoso desarrollo del comercio interior y mundial iba venciendo el aislamiento feudal de las provincias y el particularismo de las regiones nacionales del país. El aumento de la fuerza y de la importancia de la monarquía española se hallaba indisolublemente ligado en aquellos siglos con el papel centralizador del capital comercial y la formación gradual de la nación española. El descubrimiento de América, que en un principio fortaleció y enriqueció a España, se volvió contra ella. Las grandes vías comerciales se desviaron de la Península Ibérica.



Las viejas y las nuevas clases dominantes - la nobleza latifundista, el clero católico con su monarquía, las clases burguesas con sus intelectuales- intentan tenazmente conservar sus viejas pretensiones, pero sin los antiguos recursos.


En 1820 se separaron definitivamente las colonias sudamericanas. Con la pérdida de Cuba en 1898, España quedó casi completamente privada de dominios coloniales. El retraso del desarrollo económico de España ha debilitado inevitablemente las tendencias centralistas inherentes al capitalismo. La decadencia de la vida comercial e industrial de las ciudades y de las relaciones económicas entre las mismas determinó inevitablemente la atenuación de la dependencia recíproca de las provincias. Tal es la causa que no ha permitido hasta ahora a la España burguesa vencer las tendencias centrífugas de sus provincias históricas


      Históricamente, el  Imperio Turco permitió a los distintos pueblos que lo configuraban que llevaran su vida propia, en tanto pagasen los impuestos necesarios para el mantenimiento del poder central. En España, la riqueza procedente de América impidió la industrialización del país, el desarrollo de las comunicaciones que posibilitaran la creación de un estado moderno y unificado. Es por ello que en el XIX el nacionalismo español –de ideología tradicionalista- puede darse por fracasado, sin que haya tampoco triunfado un nacionalismo moderno y de corte progresista. Cuando a fines del XIX, determinadas zonas empezaron a “molestar”, se respondió únicamente con la violencia (1936, la ilegalización de los partidos nacionalistas izquierdistas vascos a fines del XX y principios del XXI),…


         Durante los siglos XIX y XX, tanto los republicanos, como los anarquistas o socialistas, pretendían renovar España y pensaban que acabando con el armazón que sustentaban el nacionalismo de derechas (el capitalismo financiero-latifundista, el poder ideológico de la iglesia, el ejército intervencionista, la monarquía borbónica, el régimen caciquil…) podría crearse sobre nuevas bases una España nueva y progresista, donde también cupiesen los distintos nacionalismos.




         Pi i Margal o Antonio Machado pueden considerarse ejemplos de ese nacionalismo progresista que adquiere formas federalizantes; en el movimiento obrero, en un famoso discurso, al criticar la intervención española en Marruecos, Pablo Iglesias, implícitamente, mantiene por obvia la idea de España como nación, a menos desde 1808, e incluso utiliza algunos ejemplos tantas veces traídos por el nacionalismo español más rancio: “¿Pero qué querrán esos señores? ¿Que a nuestra invasión en el territorio marroquí, a nuestro cañoneo y a nuestras razzias contesten los invadidos, cañoneados y razziados echándonos bendiciones y acogiéndonos con vítores? ¿Cómo recibieron nuestros antepasados a las huestes napoleónicas? ¿Serían célebres Madrid, Gerona, Zaragoza y otras muchas poblaciones de nuestro país si a la invasión y al ataque de los soldados franceses hubiesen contestado resignándose o recibiendo con los brazos abiertos a nuestros invasores?”




        Nadie mejor que Machado comprendió esta doble división sobre la forma de ver España: “Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios./una de las dos Españas/ha de helarte el corazón”.


        En la época de la Transición, se perdió, como en tantas otras cosas, la oportunidad de haber solucionado el tema de la unidad de España a través de su constitución en un Estado Federal. Se mantuvo en lo esencial las estructuras del viejo aparato institucional franquista y el ejército –que no la libre decisión de los pueblos-, se hizo garante de la unidad de España. Incluso se afirma en la Constitución que la fundamentación de la misma es la unidad de la patria española (art 2: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”). Toda Constitución digna de tal nombre se basa en la voluntad y soberanía nacional; la española en cambio encuentra su justificación en la unidad de la patria. Si alguien es capaz de entender esto, que lo explique.


    En la actual coyuntura de cambio, cuando por todos lados el régimen de la transición hace aguas, el mantenimiento de un Estado español unificado (ya que no existe una nación española, sino varias naciones dentro de un mismo estado como en el mismo artículo reconoce la Constitución, aunque luego se obvió, pues no de otra forma puede entenderse que se afirme: “y (la Constitución) reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.


En aquel 1978 era sabido y se daba por supuesto que España tenía nacionalidades y regiones. Luego sólo se aceptó la existencia de regiones. Todos iguales, “el café para todos” impuesto por el poder militar hizo imposible solucionar el problema de las nacionalidades en España.


        El franquismo y luego los posteriores traspiés del régimen de la Transición, ha emponzoñado de tal forma el tema de los nacionalismos, que ya sólo parece factible la posible continuación del un Estado español unificado si unos hipotéticos referéndum sobre su futuro en Euskadi, Cataluña o Galicia así lo deciden. Otra vez, como en 1936, como en 1975, todo queda por fundar. Es nuestra tercera oportunidad, a pesar de que para “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra".




Publicado en Estado Español
 
 
 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

GRACIAS POR TU OPINION-THANKS FOR YOUR OPINION