La pregunta del título aún se la hacen,
sorprendidos, muchos españoles. En algunos casos es pregunta retórica,
pero en otros pasmo sincero ante las extrañas formas de la Justicia
española (en esta cuestión y en otras). Sin embargo, la respuesta es muy
simple. NO se puede juzgar la criminalidad franquista en España debido,
en primer lugar, a la Ley de Amnistía de 1977.
Reivindicada por la
izquierda antifranquista durante años, los próceres de la dictadura
supieron transformar esta reivindicación para que jugara en su propio
beneficio. A cambio de sacar de la cárcel a un puñado de «rojos», con la
Ley de Amnistía los franquistas se aseguraron la impunidad para
siempre.
Esta norma, de redacción aviesa, decreta
la prescripción de todos los delitos previos al 15 de diciembre de
1976, y entre ellos, sin sutilezas, «todos los actos de intencionalidad
política, cualquiera que fuese su resultado», «los delitos de rebelión y
sedición», o —este es bueno— «los delitos cometidos por los
funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los
derechos de las personas». De no haberse promulgado esta oportuna ley de
punto final, los franquistas sí podrían haber sido juzgados por sus
delitos. La oligarquía española puede ser inculta e incompetente, pero
no tonta.
Esta es la explicación de Derecho, pero
más allá de leyes, que a fin de cuentas se pueden siempre sortear o
incluso derogar, lo que sostiene la injusticia no es una simple norma,
sino un hecho grave y constatable que convierte a España en la anomalía
que es como nación: tal es que hoy, a finales de 2013, el Estado español
sigue siendo, en esencia, el régimen franquista con algunos cambios
cosméticos que no alteran su sustancia. La máscara democrática del
sistema parlamentario no debe conducir a engaño, e intentaré demostrarlo
con la mayor brevedad posible.
De entrada la primera magistratura del
Estado pertenece —por designación del dictador Francisco Franco
Bahamonde— a la persona de Juan Carlos Borbón, que ejerce como jefe del
Estado y heredero del tirano a título de rey. Esta sinecura queda en
propiedad hereditaria de la familia Borbón por decisión personal del
denominado Caudillo.
Por otra parte, la constitución vigente
en España como ley básica del Estado es en realidad una carta otorgada.
No fue sometida a discusión pública, no se ofreció opción alguna y ha
permanecido casi en su estado original desde que fue promulgada hace más
de tres décadas. El referéndum de 1978 sólo fue un trágala: lo tomas o
lo dejas. Este hecho aparte, es también significativo que esta
constitución no sea, en lo importante, más que un refrito de las Leyes
Fundamentales franquistas, a las cuales funde y ordena en un solo texto,
eliminando algunos detalles folclórico-fascistoides, pero manteniendo
la esencia.
Así, en esta constitución se decreta la
permanencia de los símbolos nacionales impuestos por la dictadura: la
bandera monárquica, el himno llamado Marcha real, el castellano como lengua oficial de todos los españoles velis nolis,
etc. Otros símbolos no son constitucionales, pero tampoco desaparecen:
los recordatorios y monumentos de la represión y la dictadura, con su
simbología fascista, permanecen intocados por doquier.
Por otra parte la constitución actual
establece sin ambages la capacidad legal del ejército para intervenir en
asuntos políticos, en tanto da a la fuerza armada poderes de excepción
como garante final de la unidad del país. Un detalle notable, tal vez
único en los textos constitucionales del ancho mundo, que el ejército,
como entidad abstracta, se encuentre tácitamente autorizado para
ejecutar golpes de Estado.
En cuanto a las instituciones públicas
del sistema parlamentario, se trata a grandes rasgos de las mismas que
ya había establecido el franquismo, aunque se cambien algunos nombres.
Por citar unos pocos ejemplos: las Cortes pasan a ser Congreso de los
Diputados, o el Tribunal de Orden Público cambia su cartel por el de
Audiencia Nacional sin que varíen sus funciones. También se mantiene la
Guardia Civil como policía militarizada, otra curiosidad española. En
cuanto al Cuerpo Nacional de Policía, cambió de uniforme (varias veces),
pero poco más.
Pero, por encima de todo, lo que no ha
cambiado es la clase dominante. ¿Cómo iba a hacerlo, si la «transición»
no implicó el menor proceso, no digamos revolucionario, sino mínimamente
reformista? Tras la muerte de Franco siguió en el poder la misma
oligarquía económica, política, judicial, militar-policial, etc. ¡Es
lógico! La transición se diseñó precisamente para eso, para que en lo
fundamental (el ejercicio del poder y la posesión de la riqueza) las
cosas continuaran como estaban. La forma del régimen, dictadura o
parlamentarismo, es lo de menos.
A este proceso colaboraron con
entusiasmo los principales partidos de la izquierda entonces opositora
al régimen franquista: PSOE y PCE (hoy enmascarado bajo la marca
«Izquierda Unida»). A cambio de una parcelita de poder, estas dos
organizaciones accedieron encantadas al maquillaje de la dictadura
reconvertida en sistema parlamentario (o más bien partitocracia, algo
que es muy diferente de una democracia).
Por eso no se puede juzgar ni condenar
la delincuencia franquista (ni la post-franquista) y así seguirá
mientras se mantenga vigente la constitución de 1978, una pieza de
literatura judicial retorcida además de obsoleta, que no admite reforma
seria y que es la principal garantía no de una democracia, sino de un
régimen injusto, desigual y heredero de una caterva de bandidos. Por si
no está claro, todo lo antedicho se resume en esto: hoy mandan en España
los mismos que en tiempos de Franco, sus hijos, sus nietos y sus
asociados. Y los que mandan no tiran piedras sobre su propio tejado.
El que quiera puede creer que vive feliz
en un sistema democrático, pero si se levanta con ganas de cometer
algún crimen, «hágalo franquista» y no se preocupe: si lo logra, quedará
impune (aunque si no pertenece usted a tal o cual familia, es posible
que no le resulte fácil). Y ahora ya sabe que… así se hace.
José Manuel Lechado | Iniciativa Debate | 12/12/2013


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