Celda de Al Capone en la prisión de Atlanta (Posteriormente se le trasladó a Alcatraz)
El más famoso de los gángsters no
ingresó en prisión por haber asesinado y ordenado asesinar a un
indeterminado número de personas, sino por evasión fiscal. Este hecho
fue lamentable entonces y lo sigue siendo hoy, ochenta años después. El
caso es que Al Capone, siendo el verdadero ‘jefe’, acabó entre rejas.
Aunque como digo, de eso hace 80 años.
Es fácil intuir, asistiendo diariamente
al pase de esta obra macabra, que lo que ha cambiado con el tiempo no
han sido las prácticas mafiosas, sino su otrora rudimentaria crudeza
–innecesaria en el actual nivel de perfección estructural–, hasta hacer
que hoy cierto tipo de delitos sean prácticamente imperceptibles e
inmunes a una legislación redactada por delincuentes.
También ha cambiado el escalafón
alcanzado por los sicarios de primer nivel, que hoy ya no disparan sus
balas desde una pistola, sino desde decretos ley, aunque el resultado de
sus acciones sea muy parecido: cuando no causan muerte, causan
sufrimiento. Puede incluso que su nivel de perversidad sea superior,
porque muchas de las víctimas ni son conscientes de serlo.
Y esto puede parecer exagerado, pero
solo para las personas que no han dedicado suficiente tiempo a estudiar
el desarrollo de las sociedades en estos últimos ochenta años y con ello
a poder establecer paralelismos que se sirven solos. Y es que todo
parece normal, pero ni Maquiavelo hubiera sido tan ambicioso, porque la
perfección escénica se alcanza cuando los actores no saben que están
actuando.
Y es en este momento en el que quizá por primera vez eso está
ocurriendo en muchos casos.
En los últimos días hemos visto que hay
quien parece que ha descubierto que en esta España en la que mucha gente
no puede dar de comer adecuadamente a sus hijos, había quien gastaba
miles de euros en arte sacro, en prostitutas (a.k.a. masajes), o en
espectaculares viajes de placer. Entre esa gente incluso personajes tan
presuntamente respetables como el exjefe de la Casa Real. Y lo más
chocante es que hay entre esos mismos que despilfarraban sin medida,
quien a toro pasado considera obsceno haberlo hecho, como así ha
manifestado Arturo Fernández, por ejemplo.
Haciéndonos los tontos, curioso es que
el vicepresidente de la CEOE no sepa que cuando alguien no te pide
justificantes es que no cumple obligaciones administrativas al respecto,
y que por tanto eres tú el que debe asumirlas. Curioso también que ante
este hecho nadie declarase al fisco estos gastos. Pero dando un salto
de fe, e intentando salir de la carpa para ver el circo con mayor
perspectiva, más curioso si cabe es que la prescripción para delitos
cometidos incluso con dinero público no pase de los 5 o los 4 años
dependiendo de si los delitos son societarios o particulares,
respectivamente.
Y que para ser considerado delito, incluso jugando con
lo que es de todos, este fraude tenga que superar los 120.000 euros
anuales en un país en el que el 80% de la población tiene unos ingresos
anuales inferiores a los 30.000 euros, y el 95% inferiores a los 60.000.
No es menos sorprendente que hasta desde
la izquierda presuntamente más comprometida nadie sospechara, por
ejemplo, de un individuo que cada tres días sacaba 600 euros en efectivo
con su tarjeta opaca. Y no porque tuvieran que saberlo, sino porque el
nivel de vida del muy comunista Moral Santín no era precisamente austero
y/o discreto.
O también que ahora nadie hable del papel de los
consejeros de la asamblea de Bankia, que eran los que debían supervisar
el funcionamiento de esa entidad pública (entonces Caja Madrid).
Es de risa, si ya llevas tiempo en esto,
tener que asistir a la impostada indignación de las caras visibles de
los agentes sociales, llámese a estos: partidos políticos, sindicatos,
patronal o Casa Real.
O quizá más que de risa es un jodido insulto, y
perdón por la expresión, pero es que nos llaman imbéciles a la cara, y
eso nos lo deberían ahorrar, aunque fuera por compasión (que no por
decencia, porque de eso no tienen).
El caso es que, pese a lo dicho, no
resulta imposible creer que alguna de esta gente no viera nada extraño
en disponer de una tarjeta de ‘incentivos’ y libre disposición. Y es por
lo ya comentado.
Vivimos, mucho más que por expresiones asumidas o
casos escandalosos (mucho más que este), inmersos en la cultura del
pelotazo y el ‘porque yo lo valgo’ –aunque no hayas empatado con nadie–.
Y por eso, estoy seguro, una minoría cutre dentro de esa microfauna del
pesebre de oro no se planteó en ningún momento que no era demasiado
natural contar con ese tipo de ‘mamandurrias’ en fundaciones sin ánimo
de lucro y con finalidad social (porque aunque mucha gente no lo crea,
eso decía la ley que eran las cajas de ahorros), incluso siendo
conscientes de la situación de ruina del país.
Todo esto será muy llamativo, pero
insisto, lo que habría que preguntarse es por qué a una caja de ahorros
(entidad, repito, sin ánimo de lucro y con finalidad social) desde su
Asamblea General, la garante del buen funcionamiento de la entidad y del
cumplimiento de esos fines sociales, se le permitía, por ejemplo,
invertir en la compra de bancos extranjeros (al margen de la evidente
componenda).
Todo esto es retórica, y es que viene de
lejos. Hace muchísimos años que el común dejó de entrar en política
para ofrecer un servicio a los demás, para aportar su trabajo y/o sus
conocimientos en beneficio de la sociedad. Esto es así hasta el punto de
que el que realmente quería colaborar (porque también los hay) debía
disimularlo y parecer otro golfo más si quería llegar a influir
mínimamente.
Podemos, con toda la razón, pensar que
esta gente (o gentuza) que ha disfrutado de esas tarjetas, son lo peor
de lo peor. Está bien, por supuesto merecen nuestro desprecio. Pero que
los árboles no nos tapen el bosque, porque al final esto no deja de ser
una anécdota y una mínima muestra del resultado de esos 75 años de
perversión institucional que todo lo infecta.
El sistema está absolutamente viciado,
pervertido, podrido. Los grandes valores y los discursos éticos aparecen
como una realidad paralela a la que se mira en el mejor de los casos
con indiferente simpatía, aunque nunca se tome en serio porque nuestro
mundo es otro. La falta de esa ética es ya una consecuencia general y no
algo puntual. Es la estructura resultante de un largo proceso histórico
la que permite que suframos los efectos de su propia corrupción y que
creamos imposible e incluso infantil navegar a contracorriente.
Por eso, para poder siquiera empezar a
darle la vuelta al país, habrá que ser soñadores y como dice un buen
amigo, “ir a la política con la conciencia enraizada y los deberes
hechos de casa”, y ni así será fácil. Hay que tener las ideas muy claras
y una gran convicción en ellas para no ser pasto de estas llamas que
todo lo calcinan. Y sí, estoy pensando en Podemos, porque de lo viejo ya
nada puede ser útil, y más que eso, es que debemos huir de ello (y de
ellos) como se huye de la peste, porque no hay nada más contagioso que
los malos ejemplos. Para poder hacer lo imposible, hoy hay que dejar de
plantearse si es razonable.
Ahora mismo Al Capone sería un respetado
hombre de negocios y cualquiera de sus secuaces de élite un presidente
del Gobierno, un ministro o un juez del Tribunal Supremo o del
Constitucional. Hoy a Alphonse Capone ya no lo investigaría la fiscalía
ni hubiera ingresado en prisión, por contra recibiría homenajes y loas a
su gran visión empresarial, esfuerzo, inteligencia y labor social.
Hoy, somos los propios afectados por sus
fechorías los que colocamos en las instituciones a los muchos mafiosos
que las pueblan. Será cuestión, si conseguimos que no nos cieguen las
luces de este show, de apostar por ser soñadores para poder
reemplazarlos por algunos Eliot Ness.
Y con suerte situarlos en el lugar
que merecen, aunque sea otra vez por la tangente.

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