| Obrero siderúrgico bilbaíno de finales del siglo XIX. |
Desde el punto de vista ideológico, la nutrición del obrero era una elemento cohesionador de ideas, puesto que reflejaba el grado de mejora de su situación dentro de una escala de valores básicos. Dentro de este orden de cosas, el hambre como consecuencia de la mala alimentación era esgrimida como un catalizador de las emociones frente a unas situaciones que propiciaban la irregularidad del abastecimiento de los recursos, ya fuese por su escasez, carestía o monopolio.
Como consecuencia de estas actitudes surgieron diferentes iniciativas que se encaminaron a mejorar la alimentación del obrero. El primer paso estaba orientado a garantizar las necesidades básicas de esta alimentación, en particular la calidad de los alimentos. En segundo lugar, el frente se abrió en torno al control del precio de aquellos alimentos básicos que se llamaban las subsistencias. Así pues, surgieron diferentes iniciativas para crear una tabla reguladora de la carne que, dependiente del Ayuntamiento, expendiera este alimento a unos precios asequibles para las clases más modestas de la villa. Otro tanto pasó con la venta del pan, para lo que se intentó crear una tahona municipal. Del mismo modo, en un intento de controlar los precios, la calidad y otros fraudes en la venta de aquellos alimentos básicos se crearon diferentes cooperativas obreras de consumo.
1.- Alimentación e ideología obrera en Bilbao
1.1.- Alimentación obrera en Bilbao
A través de los promotores del tasajo, sabemos que en la alimentación de las clases trabajadoras, la carne fresca de vaca entraba en escasas proporciones porque además de ser cara, no era siempre buena, puesto que las reses que se destinaban a las carnicerías eran viejas y flacas y, aún así, no era posible adquirirla siempre en todas las partes. Como consecuencia de esto, el tocino y el bacalao eran los alimentos proteicos más consumidos por los trabajadores bilbaínos, si bien, la calidad de ambos productos también dejaba bastante que desear. El tocino, procedente en su mayor parte de los Estados Unidos, se encontraba frecuentemente en mal estado de conservación, mientras que el bacalao destinado al consumo de los trabajadores era de ínfima clase y rara era vez la que no estaba más o menos averiado, que en el lenguaje de la época era sinónimo de no ser apto para el consumo humano.
Estas eran las condiciones de alimentación de los obreros en 1884, pero ¿cuáles eran estas condiciones en 1914? Treinta años después, las quejas sobre la escasa y mala nutrición de la clase obrera se repetían. Con motivo de las reclamaciones sindicales del salario mínimo, aparecía una nueva campaña en la prensa bilbaína sobre las condiciones de vida de los obreros. Se ponían de manifiesto las duras condiciones y el escaso margen de alimentación en el que se movían las clases trabajadoras bilbaínas. Se partía ya de la premisa, desde un plano general, que la clase trabajadora española era la peor retribuida de Europa y, entre ésta, el obrero minero era sin duda alguna el que sufría el más brutal de los abandonos, llegando a situaciones de lamentable miseria. De ahí la necesidad de implantar un salario mínimo que garantizase las necesidades básicas de los trabajadores y de sus familias.
Además, se indicaba en la prensa societaria de Bilbao de 1914, el consumo necesario y la distribución de alimentos por día de una familia de tipo medio compuesta por cinco individuos. De un jornal medio de tres pesetas por día se calculaba que había que deducir el coste del pan para las tres comidas (0,80 pesetas), el café y el azúcar del desayuno (0,10 y 0,15 pesetas respectivamente), la legumbre y el tocino o tasajo para el cocido (0,20 y 0,20 pesetas ambos) y, por último, las patatas y el bacalao de la cena (0,15 y 0,30 pesetas). El total del gasto en comida ascendía según estas cifras a 1,9 pesetas por día, teniendo en cuenta que se trabajase todos los días del año y sin olvidar que había que hacer frente a otros gastos de primera necesidad como los de vivienda y ropa, básicamente la alimentación se llevaba dos terceras partes del jornal obrero.
Como se puede observar, a juicio de la prensa bilbaína, el salario no daba para más, e inevitablemente implicaba que el obrero no comiese carne en su vida, que no probase ni vino ni licores y que el pescado fresco también estuviese ausente de su dieta. Se denominaba bazofia inmunda al tipo de alimentación del obrero, más cercana a la sopa conventual de la beneficencia de épocas pasadas que a las necesidades del momento.
1.2.- Miseria y hambre en Bilbao
Con el comienzo de la industrialización los salarios eran de tipo razonable, suficientes para cubrir las necesidades de una familia jornalera. Sin embargo, al fomentar la emigración para conseguir una mano de obra más barata, los salarios decrecieron y el equilibrio jornal-necesidades básicas se rompió. Como consecuencia de ello, el proletario vizcaíno se encontraba en la miseria más espantosa, en una situación verdaderamente insostenible, que llegó a su cenit con la crisis de 1895.
La realidad que se reflejaba en las líneas de estos periódicos era sobrecogedora, en particular por lo que se refería a la alta mortalidad infantil y al elevado número de niños abandonados en Bilbao. Se buscaba las causas en el hacinamiento de las viviendas obreras, en la falta de inspección médica escolar y de las nodrizas, y en la adulteración de los alimentos. Se denunciaba al Ayuntamiento por no hacer nada por mejorar la calidad del agua o por perseguir los fraudes alimenticios.
En 1898 la situación de la clase trabajadora de Bilbao era tan calamitosa, que para la prensa societaria, independientemente de la alta mortalidad causada por las enfermedades contagiosas como consecuencia de la falta de higiene, la causa principal de la enorme mortalidad y de la creciente miseria de la clase obrera era la mala alimentación, es decir, la falta de alimento.
Precisamente, por una parte, los alquileres de la vivienda se encontraban a unos precios fabulosos, lo que obligaba a vivir a los obreros hacinados. Por otra parte, los salarios de los obreros no daban para acceder al tipo de alimentación adecuada, con lo que las enfermedades contagiosas se cebaban en cuerpos debilitados por la falta de alimento y de aseo. A esto había que añadir que las esposas de los obreros, mal alimentadas, concebían hijos enclenques, con lo que la mortalidad infantil alcanzaba cifras abrumadoras y que en el mejor de los casos se quedaba en casos de tisis.
Para los ediles socialistas del Ayuntamiento de Bilbao, al grito ¡Pan e higiene es lo que hace falta!, la solución a esta situación pasaba por la creación de cantinas escolares y por establecer baños públicos.
En 1899 la situación crítica del proletariado bilbaíno se agravó, se hablaba ya sin ambages de pauperismo en una villa donde la mendicidad alcanzaba proporciones desconocidas y donde las familias obreras se veían obligadas a demandar la caridad pública o privada, sin que con ello llegasen a satisfacer sus necesidades más primarias. De este modo, en los conventos de Bilbao se había vuelto a dar la sopa tradicional, al mismo tiempo que se criticaban la pasividad de la burguesía de la villa, quien inmersa en sus negocios dejaba en manos de instituciones desacreditadas entretener el hambre de los desgraciados. Es más, las organizaciones obreras consideraban humillante este tipo de caridad que relajaba y envilecía a quien la recibía.
Proponían que la solución para paliar esta tremenda crisis era la promoción de obras públicas por parte de las instituciones oficiales. El cuadro no podía ser más desolador: la prostitución había alcanzado límites inconcebibles; la mortalidad llegaba a cifras aterradoras; el trabajo era escaso y los salarios bajaban; y, como consecuencia de todo ello, el hambre se agrandaba y eso que todavía quedaba por llegar el invierno.
En enero de 1901 ya no se hablaba de miseria o de pobreza en Bilbao, se hablaba clara y llanamente de hambre. Las acusaciones entre los periódicos de distinta cuerda política de la villa ponían en evidencia la desidia de unos y la impotencia de otros frente al problema que se planteaba. Mientras que El Noticiero Bilbao y La Voz de Vizcaya, definían como golfos a los obreros sin trabajo y que dormían donde buenamente podían a la intemperie, además de presentarlos como un peligro para la seguridad pública, para los ediles socialistas, no se trataba ni de golfos ni de mendigos, tan solo obreros a los que la falta de trabajo del había dejado sin pan y sin hogar.
Se preguntaban estos concejales dónde estaba el remedio a esta situación, porque no se veía por ninguna parte, ni tampoco la tan traída caridad de la que se hacía gala en Bilbao por parte de su burguesía. Las familias vivían hacinadas y no había propuestas oficiales para el mejoramiento higiénico de las viviendas. Tampoco se hacía nada ante el problema planteado por la mala calidad de los artículos alimenticios y, menos aún, para paliar las condiciones higiénicas (falta de aire y de luz) que se daban en las fábricas y en los talleres. Como consecuencia de todos estos factores, la mortalidad era excesiva sin que las autoridades hiciesen el más mínimo conato de reforma.
Con la recesión de la crisis económica a partir de 1902 las condiciones de vida de la clase obrera bilbaína mejoraron sino sustancialmente, si relativamente y síntoma de ello fue la ausencia de noticias sobre casos alarmantes de penuria en Bilbao. Del pauperismo y del hambre que se habían hecho eco hasta ese momento las organizaciones obreras, se pasó a un discurso más programático en el que concebía el hambre como un agente revolucionario que actuaba como justificación y concienciación de la movilización obrera. En un alegato, no exento de marcado dogmatismo, no dudaban en afirmar que por nuestra parte entendemos que los obreros no deben resignarse a morir de hambre, preferible es caer con el pecho destrozado por las balas a contemplar con resignación estúpida cómo la vida se escapa lentamente por falta de alimento para sostenerla.
2. – Movilización y organización obrera:
pan y carne, impuestos y subsistencias, comedores económicos y cooperativas
de consumo
Ante esta situación aparecieron distintas iniciativas de los representantes de los partidos obreros para mejorar el abastecimiento alimenticio de los trabajadores y asegurar la calidad de su sustento. Tahonas municipales, tablas reguladoras de la carne, supresión o rebaja de los impuestos sobre las subsistencias, comedores económicos y cooperativas de consumo fueron un ejemplo de estas actividades.
2.1. – La calidad de los artículos alimenticios:
el pan y la carne
A pesar de que las ordenanzas municipales de Bilbao establecían unas pautas claras para la comercialización sin fraude de los alimentos, el relajo del cumplimiento de estas normas era una acusación constante desde los órganos de expresión obreros. El pan era uno de los productos más sensibles al fraude, tanto en la calidad de sus componentes, como en el peso de las unidades que se vendían. A esto hay que añadir la componente sociológica del pan, elemento básico e imprescindible en toda dieta, barato y sustituto de otro tipo de aportaciones alimenticias. Aunque las quejas eran generalizadas, éstas caían sobre mojado.
En 1898 a las irregularidades del peso del pan se sumaba la carestía del trigo, como consecuencia del nefasto proteccionismo que se implantó para defender la cosecha interior de los trigos extranjeros, mucho más baratos. Este monopolio sobre el comercio del trigo, trajo consigo que el pan alcanzase precios enormes y muchos trabajadores se viesen privados de poder adquirir la cantidad necesaria de pan para su sustento. En Bilbao las protestas por la subida del precio del pan en 1898 hicieron salir a la palestra un tema que ya se había debatido varias veces con anterioridad, pero que en todas ellas había sido rechazado.
Se trataba del establecer una tahona municipal. Esta vez, la propuesta de presentar una moción para remediar la crítica situación de la clase trabajadora de Bilbao partió del propio alcalde de esta villa. Sin embargo esta moción no llegó a cuajar, puesto que el Ayuntamiento siguió con su política de subvencionar a los panaderos el incremento del pan para evitar males mayores. Mientras tanto, las irregularidades en el despacho del pan continuaban, sobre todo aquellas referidas a la falta de peso.
Cuando el socialista Felipe Carretero llegó a ser teniente alcalde del distrito de Bilbao La Vieja en febrero de 1906, éste edil comenzó una serie de inspecciones que pondrían de manifiesto el fraude tan generalizado en torno al peso del pan que se expendía en Bilbao.
Los decomisos por falta de peso se sucedían y el Alcalde de Bilbao, decidió terciar en el asunto. Aludiendo que la falta de peso era insignificante, eximió de toda responsabilidad a los panaderos y devolvió los panes decomisados. Sin embargo, al año siguiente, ante ciertos intentos de burla de la legislación vigente por parte de algún panadero, el alcalde fue tajante y cortó por lo sano cualquier intento de fraude e incumplimiento de las ordenanzas municipales.
Otro frente de denuncia abierto por la prensa obrera fue la continua queja por el elevado precio de la carne. Cuando en noviembre de 1899 los tablajeros (carniceros) de Bilbao decidieron subir el precio de este artículo 40 céntimos por kilogramo, los concejales socialistas recogieron el escándalo que causó entre los bilbaínos esta medida. Hablaban estos ediles de abuso indigno e imputaban al Ayuntamiento la desidia que en su día tuvo ante las distintas intentonas socialistas por establecer una Tabla municipal reguladora de la carne. Mediante la creación de este mecanismo, el Ayuntamiento podía controlar el precio de este alimento, evitando todo tipo de especulación sobre los precios, al mismo tiempo que podía asegurar su calidad.
De este modo, alegaban los ediles socialistas, se evitaría el hambre y probables conflictos de orden público.
El Ayuntamiento trató sin éxito evitar el aumento del precio de la carne, se barajaron distintas posibilidades, pero tal y como los concejales socialistas apuntaban, mientras no pudiesen entrar en Bilbao carnes de fuera como consecuencia de las restricciones que se imponían en los fielatos, poco o nada se podía hacer. Además, no era cuestión de olvidar que algunos de los concejales del consistorio bilbaíno eran importantes carniceros de la villa.
La cuestión de la tabla reguladora de la carne se convirtió en un tema recurrente en cuanto el precio de este alimento aumentaba. Las propuestas de los ediles socialistas y republicanos para establecer este mecanismo de regulación de precios eran continuas. Cuando en noviembre de 1901 los tablajeros anunciaron de nuevo el aumento del precio de la carne, La Lucha de Clases no dudó en afirmar que esta subida solo afectaba a los burgueses, los obreros hacía tiempo que suprimieron la carne de su alimentación como alimento de lujo.
2.2. – Impuestos y subsistencias
Los socialistas sostenían que en ningún pueblo como en Bilbao pesaba sobre la clase trabajadora el impuesto de consumos en unas condiciones tan brutales y reivindicaban la supresión de este gravamen. Dentro de la campaña electoral que desarrollaron, solicitaban de sus correligionarios que demostrasen que el pueblo odiaba con toda su alma esa tributación, que ahogaba a los trabajadores y que pesaba exclusivamente sobre la clase obrera.
La cuestión del impuesto sobre consumos en Bilbao alcanzó en el año 1901 tal dimensión que hasta los rotativos madrileños se hicieron eco del problema. Las quejas sobre la aplicación del impuesto de consumos sobre las subsistencias continuaron por parte de los órganos de expresión obreros que solicitaban una y otra vez la concienciación y asociación de los trabajadores para que solicitaran la abolición de dicha contribución. En diciembre de 1904 las organizaciones obreras de Bilbao convocaron una serie de mítines con el objetivo de instar a las autoridades el inmediato abaratamiento de las subsistencias con la consiguiente supresión de los impuestos de consumos.
Se acusaba a los representantes de la administración vascongada, es decir, Diputación de Vizcaya y Ayuntamiento de Bilbao, de no hacer nada por aminorar los efectos del hambre o para atender el problema de las subsistencias. Tarea harto difícil cuando todos los ingresos de esta administración gravitaban en torno al impuesto de consumos. Como consecuencia de ello, el descontento de la clase trabajadora era palpable, por lo que las asociaciones obreras indicaban que no tardaría en darse el grito fatal para los acaparadores y explotadores de la riqueza vascongada ¡Abajo los Fueros!
La cuestión de las subsistencias y del impuesto de consumos continuó sin solucionarse en Vizcaya y siguió siendo el caballo de batalla de las organizaciones obreras bilbaínas, quienes reiteradamente prosiguieron en su intento de hacer valer sus reivindicaciones ante la administración pública.
2.3. – Comedores económicos y cooperativas
de consumo
La idea de implantar los comedores obreros surgió en plena crisis de 1898 cuando el edil socialista Facundo Perezagua solicitó al consistorio bilbaíno la instalación de este tipo de institución.
La oposición de algunos ediles a la propuesta socialista fue tajante. Aducían, que además de los enormes gastos de instalación que supondrían los comedores, eran un modo de fomentar la vagancia ante el abandono del trabajo de aquellos obreros que de este modo tendrían satisfechas en parte sus necesidades de alimentación.
Por lo que se refiere a las cooperativas de consumo, las campañas que partieron de las organizaciones obreras para su instalación apenas si obtuvieron en Bilbao los frutos deseados. En 1901, desde La Lucha de Clases, se hacía una llamada a la cooperación puesto que el Partido Socialista consideraba que las cooperativas de consumo eran ventajosas para los trabajadores, cuando estaban bien administradas, ya que evitaban los intermediarios y permitían adquirir géneros más baratos y de mejor calidad. Sin embargo, el éxito de estos establecimientos entre sus correligionarios fue escaso.
Las excusas que éstos aducían para no comprar en las cooperativas se resumían en la mala calidad de los alimentos, la lejanía de sus viviendas e, incluso, en que las compras eran cosas de mujeres. Los administradores de estos comercios decían que la prueba de la buena fe en su gestión era que el máximo de las ventas se realizaban al vecindario de donde estaban situadas estas cooperativas.
Este ha sido a grandes rasgos el reflejo de la continua
lucha de las organizaciones obreras por asegurar y mejorar la alimentación
de los trabajadores en Bilbao.
Quejas y movilizaciones constituyeron un elemento
más de la concienciación de clase dentro de una sociedad en
formación en la que sus artífices pugnaban por alcanzar y sostener
sus cotas de poder.
Olga MACÍAS MUÑOZ, Universidad del País Vasco

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