Una multitud de personas en la calle.
“Las decisiones de cada persona en una elección tienen influencia directa sobre la vida propia y ajena”, sostiene el autor.
Hannah Arendt no hacía prisioneros a la hora de referirse a aquellos votantes de ultraderecha que se veían atraídos por los cantos de sirena de los totalitarismos. Los definía como The mob –la chusma o el populacho–, y los unía a la élite en una extraña alianza nacionalista. No los exculpaba, no los justificaba, los estudiaba y culpaba con dureza por sus decisiones. Todas sus conclusiones se encuentran en Los orígenes del totalitarismo y no caía en ese paternalismo que trata como menores de edad a quienes eligen cuál es su opción política.
Existe una corriente exculpatoria en la opinión pública sobre las decisiones libres y soberanas de la ciudadanía que votó a VOX
en Andalucía. Un argumento que considera tóxica la ideología de la
extrema derecha de VOX pero no a quienes les dan apoyo y les eligen para
llevarla a cabo, como si tuvieran alguna tara que les impidiera escoger
de manera adecuada a quién otorgar su voto. “No hay 400.000 fascistas
en Andalucía”, repiten de manera mecánica quienes intentan comprender el
ascenso de la antidemocrática ideología de Santiago Abascal. Como si la
gente naciera fascista. Como si un fascista fuera un monstruo con la
esvástica grabada en una nalga al nacer como la marca de satán.
¿Había 17.277.180 nazis en marzo de 1933 en Alemania?
Había 17.277.180 personas que votaron al partido nazi e hicieron
posible que llegara al poder para imponer su ideario genocida. Habría
quien no supiera lo que el partido nazi haría, quien no se preocupó en
saberlo o no le importó, y también algunos tan criminales como quienes
lo ejcutaron. Pero nada de eso les exonera de su responsabilidad
individual en aquellos crímenes.
No hay 400.000 fascistas en Andalucía. O
sí puede haberlos. Claro que sí, ni que en España no hubiéramos
convivido con un franquismo incardinado en lo más profundo de nuestro
sistema de partidos y en la hegemonía imperante. No sabemos cuál es la
ideología de cada uno de ellos. No sabemos si lo son. Ni siquiera importa si VOX es fascista o no,
o si calificarlos así es la mejor manera para que no consigan más
notoriedad.
Pero no puede exonerarse de su responsabilidad a aquellas
personas que deciden dar su apoyo a quien tiene un ideario que busca
eliminar derechos conquistados e ir contra los más débiles. Cuando
decides libremente dar tu voto a un partido que quiere deportar a gente
humilde que solo viene a mejorar su vida, importa poco lo que seas,
importa lo que haces y lo que tus decisiones implican en la vida de
otras personas.
Existen argumentaciones que tienden a
infantilizar las decisiones de los ciudadanos con derecho a voto como si
no tuvieran capacidad para leerse un programa con solo cien medidas y
que no deja lugar a dudas sobre cuál es la línea ideológica de un
partido como VOX ni qué pretenden. Habrá quien lo haya leído y esté de
acuerdo, y también quien no sepa ni lo que es un programa electoral y
solo haya votado con la entraña y la emoción, con solo tres claves o
usando el voto como protesta.
Todos son igualmente responsables de sus decisiones y de la influencia que ahora puede tener ese voto sobre la vida concreta y material de a quienes el programa de VOX señala como enemigos del pueblo.
Franz Six fue condenado a 20 años de
cárcel en los juicios a los Eisantzgrupen de Nuremberg por su
participación en los crímenes en la Unión Soviética. El caso de Six es
narrado por Cristian Ingrao en Creer y destruir: Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS.,
donde explica cómo funciona el apoyo a un partido como el nazi. Franz
Albert Six era doctor en Filosofía por la Universidad de Heidelberg y
profesor de Periodismo en la Universidad de Königsberg.
A pesar de ser
culto, letrado y de gran nivel intelectual, Sixt justificaba del
siguiente modo su método para elegir: “En esos años, para mí y para toda
mi generación, el programa del NSDAP significaba nada o poca cosa”.
Naturalmente que no todos los alemanes que votaron a Adolf Hitler se habían leído Mein Kampf
para poder desencriptar cuál era el plan criminal del
nacionalsocialismo. Pero eso no significa que no supieran que estaban
votando a un partido antisemita, a un partido antidemocrático y con
grupos paramilitares terroristas. Y si alguno no lo sabía, era
responsable de no haberse enterado.
Peter Frietszche explicaba
brevemente qué eran lo que buscaban los alemanes en los años 30: “Los
burgueses y algunos trabajadores buscaban un movimiento político
desembozadamente nacionalista, con la mirada puesta en el futuro,
abierto a todos los estratos de la sociedad, y que reconociese los
reclamos de los ciudadanos sin volver a dividirlos por gremios u
ocupaciones”.
En ningún caso aquellos 17 millones de votantes eligieron a
un partido para que exterminara a once millones de personas, eligieron
al NSDAP por tres claves vacías que ignoraban el verdadero alma del
partido que ya en 1933 estaba a la vista de todos.
Las decisiones de cada ciudadano en una
elección tienen influencia directa sobre la vida propia y ajena. Sobre
el colectivo. Sobre la vida de tus vecinos y vecinas. No hay ninguna
excusa ni justificación para aquellos y aquellas que con toda la
información a su disposición eligen que la víscera, o el pleno uso de la
razón, decida cuál es el voto que eleve a capacidad ejecutiva el odio
que fomenta una ideología.
El votante fascista puede ser el
camarero que te sirve el café, el empresario que emplea a cientos de
inmigrantes bajo unos plásticos, el abuelo que pasa el día con sus
amigos charlando en la plaza del pueblo, tu tía con la que cenas en
Navidad o la pediatra que da una piruleta a tu bebé cuando acaba la
consulta.
Y todos ellos serán responsables de cualquier medida lesiva
que afecte a la vida de cada enemigo de VOX. Sea o no sea un fascista.

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