Ya se va 2018. El año en
que vimos con sorpresa cómo la derecha anticuada y provinciana de
Mariano Rajoy era reemplazada por esta derecha moderna y europea más del
gusto de la capital; donde Santiago Abascal es tendencia en el
cosmopaletismo y José María Aznar ha resultado ser su más joven
esperanza blanca.
El año donde comprobamos cómo, al exhausto sistema
institucional diseñado por la Constitución de 1978, aún le quedaban
fuerzas para permitir el primer triunfo de una moción de censura en un
procedimiento diseñado principalmente para que jamás una tuviera éxito.
El año en que Catalunya funcionó a la vez como el
comodín del público, el comodín de la llamada y el comodín del 50:50: la
salida de emergencia perfecta ante cualquier conflicto. Definitivamente
Catalunya se ha convertido en el sueño dorado de todos los políticos y
todos los tertulianos: algo sencillo, simple, que todo el mundo entiende
y a lo que poder echarle la culpa de todos nuestros fracasos, nuestros
errores y, en general, todo cuanto no entendemos.
El
año en que televisiones y medios perdieron cualquier miedo o reparo a
llenar sus contenidos de sociópatas sin más fundamento ni más autoridad
que su desapego a la verdad y su capacidad para mentir en voz muy alta,
gesticulando con mucha exuberancia y recordándonos muchas veces que
ellos son españoles; porque también ha sido el año donde recuperamos una
de las cosas más bellas de ser español: que con eso basta y no se
precisan más explicaciones porque ya ha quedado todo dicho.
El año en que volvimos a discutir de cosas que ya creíamos haber
aclarado por varias generaciones; como que Franco fue un dictador, las
autonomías han traído progreso y bienestar, la progresividad fiscal es
deseable, la navidad o la semana santa son para descansar o, asómbrense,
si las mujeres matan más a los hombres o los hombres a las mujeres;
este último argumento se debate sin mas datos ni evidencias que las
proporcionadas por el rey de todos los cuñados, Ortega Smith, cuando nos
cuenta que conoce a un tío que conoce a otro tío quien, a su vez, es
muy amigo de otro tío que fue al entierro de otro tío que, por suerte,
era primo de uno que era sobrino de otro que fue asesinado por su mujer y
por eso no han podido ocultarlo en las estadísticas oficiales.
Ya estamos listos para que entre 2019, el año donde seguramente
testifiquemos que Churchill no sabía cuánto se equivocaba cuando le
espetó a uno de sus rivales que tenía derecho a tener sus propias
opiniones, pero no sus propios hechos. Será el año donde no solo todos
tendremos derecho a ser necios, sino que además habrá que respetarlo
porque la necedad, como la esclavitud, es una opción. Feliz aninovo.

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