Cuando el Partido Popular alcanzó la Moncloa a finales de noviembre de 2011, uno de los pocos barones territoriales que alcanzó cartera fue el Presidente de los conservadores canarios, José Manuel Soria (sí, ese señor que, como pueden recordar, mantiene un inquietante parecido con José María Aznar pues, salvo en la considerable desproporción de centímetros verticales, hasta en el mantenimiento y supresión radical de mostacho conserva el ansía de clonación con el ex Presidente). Nada más y nada menos que la estratégica cartera de Industria, Comercio y…. Turismo, lo que alimentó la creencia que más que una confianza gestora se trataba de una venganza para con el insurrecto gobierno autonómico canario, sostenido a pachas por la aséptica formación Coalición Canaria (CC-PNC) y el Partido Socialista de Canarias (PSC-PSOE). De este modo, el frágil pacto de gobernanza en el archipiélago se vería más bombardeada, si cabe, por un líder de la primera fuerza en escaños en el Parlamento canario que, además, se convertía en la máxima autoridad en cuanto a la gestión de la primera (y única, a nivel macroeconómico) industria regional.
Soria, curtido en las máximas responsabilidades políticas en las Islas (Presidente del Cabildo Insular de Gran Canaria, Vicepresidente del Gobierno y responsable de Economía y Hacienda en la anterior legislatura, etc.), tiene como mayores logros públicos estar implicado en un turbio asunto de trato de favor al empresario nórdico Bjorn Lyng (Caso Salmón) a cambio de viajes y agasajos que, al más puro estilo Camps, quedó archivado casi como si el popular fuera víctima de una trama entre periodistas y gentes de mal vivir para incriminarle (música de El Equipo A) por un delito que no había cometido; y haberse empeñado en hacer ondear (véase derecha) en la Plaza de Santa Catalina (Las Palmas) una bandera insular que ríase usted de las miserias textiles rojigualdas de Plaza Colón. Bandera que, debido al viento que azota esa zona marítima de la capital grancanaria, cuesta un ojo de la cara, así como personal permanente, su patriótico mantenimiento.
En esa guerra ganada y perdida (a partes iguales y según el pedestal desde el que se mire), las fichas se han venido moviendo, enmascaradas, desde más posiciones que la que ha mantenido el Presidente de los populares canarios con ansias de jeque atlántico: por mucho que se empeñe el Ejecutivo regional en disfrazarse de convidado mugriento y despistado, el Presidente del archipiélago ha venido luchando en incomprendida soledad (con el desprecio, ahora entendido, de su adlátere Soria por aquellos tiempos) con obtener el reconocimiento internacional a la consideración de aguas archipielágicas al conjunto de aquellas que comprenden el territorio canario como un todo, con el pretexto de poder controlar la navegación marítima entre islas y evitar, de este modo, que vertidos y acciones contaminantes más allá de las 200 millas territoriales quedaran impunes dentro del espacio interinsular. Puede ser, quien sabe, pero un Gobierno que ha venido despreciando la fauna marina hasta el extremo de modificar el catálogo de especies protegidas con tal de desterrar la protección de los sebadales y sus moradores frente al municipio de Granadilla (Tenerife), y obtener vía libre para construir un macropuerto de mercancías de dudoso interés general, no parece el más sensible a la hora de guerrear a pedrada batiente por la limpieza cristalina de sus alejadas aguas entre una isla y otra.
Como fuere que la concesión de nuevos permisos para finalizar los correspondientes estudios y proceder, si resulta rentable, a la explotación del negro maná abisal, parece inevitable, el Gobierno de Canarias se aferra a un nuevo argumento que chapotea entre la demagogia de máxima repugnancia y un contraataque de calculado suicidio. En lugar del tradicional Si no puedes con el enemigo, únete a él, el Ejecutivo regional ha optado por la mejorada versión Si no puedes con el enemigo, fabrica uno nuevo y alíate con él. La Ley 34/1998, del séctor de hidrocarburos, establece las competencias para otorgar autorizaciones en casos como el que nos ocupa en su artículo 3 y, cuando no supera el territorio de una CCAA, está por ver quien decide en última instancia. Asimismo, este análisis hay que enlazarlo con lo dispuesto en el artículo 8, y aquí es donde se aferran Rivero y los suyos para discutir la concesión ad hoc y sin rival de Repsol por parte del Gobierno central. Si bien afrontar los correspondientes estudios, así como la potencial actividad extractiva a profundidades notables no está en manos de cualquier compañía petrolera dada su compleja infraestructura, la administración regional se plantea encontrar un socio tecnológico que le permita la creación de un consorcio mixto, asegurándose un notable porcentaje de los beneficios derivados del negocio petrolero.
Sólo queda, por desgracia e inevitablemente, sentarse en la arena y confiar en que no nos impregne esa codiciada marea negra.

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