Una vez más, lideresa, su labia nos ha recordado que todos somos contingentes pero usted es necesaria. No contenta con gobernar Madrid incluso mejor de lo que dios manda, con hacerle la oposición a Mariano cuando Rubalcaba se pone pactista, y con ser condesa que pasa frío a fin de mes, que debe ser lo más engorroso, nuestra esperanza, Aguirre, nos ha ofrecido a los poetas patrios el título de la canción de este verano: La mamandurria.
Como es muy posible que muchos de los lectores de este periódico rojo de mierda no hayan tenido el empuje y el coraje para estudiar en un colegio de pago, y se expresen desde el minifundio léxico, habrá primero que explicar que una mamandurria es una prebenda, un sueldo por la jeta, una ganga desmerecida, una sinecura.
“Los subsidios, subvenciones y mamandurrias tienen que acabarse”, fue lo que dijo la lideresa el lunes. Lo de los subsidios no va conmigo ni con ningún otro trovador. Supongo que se refiere a los parados, los ancianos, los huérfanos, los enfermos y los discapacitados que están chupando del bote. Tomen nota. Es su problema. Lo de las subvenciones irá por los sindicatos, partidos, museos, auditorios, editoriales, periódicos y ONGs. Otros piernas. Pero las mamandurrias, las mamandurrias solo pueden ser patrimonio de los juglares, con su sonoridad a bandurria y sexo oral, con su arcaizante quevedismo, con su casi no estar en el diccionario.
El tema de la canción del verano no es baladí. Como todo el mundo sabe, las más altas distinciones que puede alcanzar un intelectual español solo son accesibles por dos vías: poniéndole letra al himno nacional, para cantarlo antes del fútbol y de las reconquistas de Perejil, o escribiendo la canción del verano. Dejémonos de églogas.
El himno español es casi imposible de letrar, pues su delicada dodecafonía, y lo aterciopelado de su evolución tonal, invitan más al cursileo pastoral que a la exaltación de una patria gloriosa y rescatada como la nuestra. Sería peor que ponerle letra a la irritante precisión de las Variaciones Goldberg. O casi.
En los irascibles 80, Georgie Dann abría las puertas a la cultura del pelotazo cantándonos El chiringuito, un himno que en España todavía permanece vigente, y aun se tararea mucho en los solemnes consejos de administración de las cajas de ahorro y en los plenos de las diputaciones provinciales.
Poco más tarde, cuando nuestros ricos se inventaron la burbuja inmobiliaria para después robarnos por encima de nuestras posibilidades, se necesitaba mano de obra extranjera para enladrillar dicha burbuja, y surgió el Mami qué será lo que quiere el negro. El efecto llamada de esta canción fue impresionante. Vinieron de África, de Sudamérica, de Filipinas y de otros allendes un montón de esclavitos de color a construir aeropuertos sin ruidos, como el de Castellón, y hoteles Algarrobicos. Y hoy estamos pagando aquellos polvos con los lodos de una Selección sub-21 plagada de españolitos mulatos y otros contradioses.
Dale a tu cuerpo alegría, mamandurria
Duerme en palacios de condesa mamandurria
Cierra hospitales y colegios mamandurria
Heeeeey, mamandurria.
¡Ouops!


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