| Juan Vte. Oltra es Dr. Ingeniero en Informática y profesor de la Universidad Politécnica de Valencia, en el área de Organización de Empresas |
Por Juan Vte. Oltra
Tradicionalmente, se extendió la idea de que el Imperio Romano cayó por el asalto de los bárbaros. Un ejército de tipos fornidos pero incultos, malolientes y poco refinados, acabando con la sociedad más próspera y culta. Es una idea muy gráfica, que encaja con las crónicas de la batalla de Teotoburgo pero, que se le va a hacer, no es cierta. Al menos no es completa.
¿Qué ocurrió entonces con el Imperio?. Pues algo que hoy nos tiene que sonar muy conocido y que se resume con una frase mil veces repetida desde la campaña electoral del 92 en EE.UU.: "la economía, estúpido".
Vamos al año 211, cuando Septimio Severo está en su lecho de muerte llama a sus dos hijos, Caracalla y Geta, y les dice antes de partir: "Vivid en armonía, enriqueced al ejército, ignorad lo demás".
Caracalla empezó a dar muestra temprana de seguir el consejo in artículo mortis del padre cuando liquidó a su hermano, aunque no obstante incrementó en un 50% la paga de sus legiones.
Para poder financiar éste extra y las guerras nuevas en las que se sumergió, además de algún pequeño capricho, como las termas que llevan su nombre, una menudencia cuya sala principal es más grande que la de San Pedro en el Vaticano, devaluó la moneda.
Hoy en día, devaluar la moneda significa darle a la manivela de hacer billetes hasta agotar biceps y triceps, pero en aquel entonces lo que se hacía era manipular la aleación.
Así, los denarios de plata, que cuando Augusto eran en un 95% de plata, y que a lo largo del tiempo llegó a depreciarse hasta el 75%, se quedaron en un escueto 50%. Lo mismo hizo con las piezas de oro, los áureos. Esto es: el valor nominal se mantenía, pero el real caía en picado.
Y los acontecimientos se dispararon. Los precios subían más que el ego de un político y Caracalla era asesinado. Algo que se repetiría una y otra vez durante ese trágico siglo III. Tan sólo Hostiliano, que detentó el poder seis meses, murió por causas naturales (si es que no consideramos natural el morir porque una espada te raje como a una sandía).
El denario continuó devaluándose hasta convertirse en una pieza de metal bañada en plata que circulaba más rápido de lo que lo haría hoy un euro de escayola. La inflación superó el 1.000%, lo que intentó solucionarse a base de impuestos. Diocleciano con buena fe pero sin puntería lanzó un edicto de precios máximos que fue despreciado con mayor ahínco que un CD de gregoriano en una convención de fans de Justin Bieber.
Los romanos empobrecieron en unas cuantas décadas, mientras su comercio, industria ganadería y agricultura les acompañaban en el viaje al infierno.
Constantino intentó una medida desesperada: cambió la moneda. Dejó el viejo áureo y lanzó el sólido, dejando que el denario se olvidase. Para conseguir el oro necesario confiscó a lo largo del imperio y creó nuevos impuestos, que tan solo podían pagarse con oro. Oro con el que se pagaba a las legiones y que el romano de la calle no veía. Los pequeños comerciantes e industriales que habían sostenido el Imperio agonizaban.
Los grandes terratenientes hicieron su agosto esquilmando aun más a los pobres y colocaban para su trabajo manual a hijos o nietos de los antiguos propietarios.
Había nacido un nuevo estilo: el feudal. La nobleza abdicó de su función y la delegó en el mando militar, ocupado en muchos casos por generales de origen bárbaro, sin el suficiente patriotismo como para tomar el relevo.
En el tiempo que siguió, el Imperio siguió saqueando a sus súbditos, y su ejército tuvo como objetivo perpetuarse, lo que dejó de ser posible cuando las fuentes se secaron. Los germanos, que habían ido creciendo a veces bajo el beneplácito de los romanos tuvieron fácil hacerse cargo de ese territorio colapsado y podrido por dentro. Tanto que se tardó siglos en volver a ver la luz.
¿Y hoy? ¿Que aprendemos de aquello?. No es posible hacer dinero de cartón, pero si alterar el valor del que circula, incrementar impuestos, ahogar a los que pagan para que los de arriba vivan cada vez mejor, mientras las raíces del árbol pudren.
Ya sabemos que hay veces en que las palabras se repiten, pero lo único que suena igual, es el eco. vulnerant omnes, ultima necat. Todas hieren, la última mata.
Tradicionalmente, se extendió la idea de que el Imperio Romano cayó por el asalto de los bárbaros. Un ejército de tipos fornidos pero incultos, malolientes y poco refinados, acabando con la sociedad más próspera y culta. Es una idea muy gráfica, que encaja con las crónicas de la batalla de Teotoburgo pero, que se le va a hacer, no es cierta. Al menos no es completa.
¿Qué ocurrió entonces con el Imperio?. Pues algo que hoy nos tiene que sonar muy conocido y que se resume con una frase mil veces repetida desde la campaña electoral del 92 en EE.UU.: "la economía, estúpido".
Vamos al año 211, cuando Septimio Severo está en su lecho de muerte llama a sus dos hijos, Caracalla y Geta, y les dice antes de partir: "Vivid en armonía, enriqueced al ejército, ignorad lo demás".
Caracalla empezó a dar muestra temprana de seguir el consejo in artículo mortis del padre cuando liquidó a su hermano, aunque no obstante incrementó en un 50% la paga de sus legiones.
Para poder financiar éste extra y las guerras nuevas en las que se sumergió, además de algún pequeño capricho, como las termas que llevan su nombre, una menudencia cuya sala principal es más grande que la de San Pedro en el Vaticano, devaluó la moneda.
Hoy en día, devaluar la moneda significa darle a la manivela de hacer billetes hasta agotar biceps y triceps, pero en aquel entonces lo que se hacía era manipular la aleación.
Así, los denarios de plata, que cuando Augusto eran en un 95% de plata, y que a lo largo del tiempo llegó a depreciarse hasta el 75%, se quedaron en un escueto 50%. Lo mismo hizo con las piezas de oro, los áureos. Esto es: el valor nominal se mantenía, pero el real caía en picado.
Y los acontecimientos se dispararon. Los precios subían más que el ego de un político y Caracalla era asesinado. Algo que se repetiría una y otra vez durante ese trágico siglo III. Tan sólo Hostiliano, que detentó el poder seis meses, murió por causas naturales (si es que no consideramos natural el morir porque una espada te raje como a una sandía).
El denario continuó devaluándose hasta convertirse en una pieza de metal bañada en plata que circulaba más rápido de lo que lo haría hoy un euro de escayola. La inflación superó el 1.000%, lo que intentó solucionarse a base de impuestos. Diocleciano con buena fe pero sin puntería lanzó un edicto de precios máximos que fue despreciado con mayor ahínco que un CD de gregoriano en una convención de fans de Justin Bieber.
Los romanos empobrecieron en unas cuantas décadas, mientras su comercio, industria ganadería y agricultura les acompañaban en el viaje al infierno.
Constantino intentó una medida desesperada: cambió la moneda. Dejó el viejo áureo y lanzó el sólido, dejando que el denario se olvidase. Para conseguir el oro necesario confiscó a lo largo del imperio y creó nuevos impuestos, que tan solo podían pagarse con oro. Oro con el que se pagaba a las legiones y que el romano de la calle no veía. Los pequeños comerciantes e industriales que habían sostenido el Imperio agonizaban.
Los grandes terratenientes hicieron su agosto esquilmando aun más a los pobres y colocaban para su trabajo manual a hijos o nietos de los antiguos propietarios.
Había nacido un nuevo estilo: el feudal. La nobleza abdicó de su función y la delegó en el mando militar, ocupado en muchos casos por generales de origen bárbaro, sin el suficiente patriotismo como para tomar el relevo.
En el tiempo que siguió, el Imperio siguió saqueando a sus súbditos, y su ejército tuvo como objetivo perpetuarse, lo que dejó de ser posible cuando las fuentes se secaron. Los germanos, que habían ido creciendo a veces bajo el beneplácito de los romanos tuvieron fácil hacerse cargo de ese territorio colapsado y podrido por dentro. Tanto que se tardó siglos en volver a ver la luz.
¿Y hoy? ¿Que aprendemos de aquello?. No es posible hacer dinero de cartón, pero si alterar el valor del que circula, incrementar impuestos, ahogar a los que pagan para que los de arriba vivan cada vez mejor, mientras las raíces del árbol pudren.
Ya sabemos que hay veces en que las palabras se repiten, pero lo único que suena igual, es el eco. vulnerant omnes, ultima necat. Todas hieren, la última mata.

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