Me cuesta ser ecuánime al pronunciarme sobre el nuevo Papa sin sentirme manipulado por los grupos mediáticos que dirigen a la opinión pública tanto a favor como en contra del nuevo Pontífice. A título personal, reconozco que el tema del Papa Francisco me ha planteado un dilema ya que, por mis convicciones laicistas, me siento impelido a no seguir el juego mediático de una noticia a la que se le ha conferido –sobre todo en nuestro país– una importancia exagerada, habida cuenta de que el Papa es solo un líder religioso y, en todo caso, un jefe de Estado a quien no debería dársele mas cobertura informativa que a los mandatarios de Liechtenstein, Andorra, San Marino o Malta por poner ejemplos de países minúsculos.
Sin embargo –y este es mi dilema– hay algo en mi interior me hace desear que este nuevo Papa sea como Kiril I, el protagonista de la novela de Morris West “Las sandalias del Pescador” y consiga dar un giro al catolicismo. Que sea capaz de rebelarse contra lo que detesto de la política vaticana. Que se posicione con hechos al lado de los pobres y –como hizo aquél Papa de ficción–, que se quite la tiara en un gesto de humildad y anuncie al mundo la enajenación de los bienes materiales de la Iglesia para paliar la hambruna del mundo.
La cara del nuevo Papa
Reconozco que cuando el nuevo Papa salió al balcón de la basílica de San Pedro llevando una cruz pectoral de hierro colgada al cuello (la suya, la de siempre) así como también sin esa abigarrada estola bordada con la que hicieron su primera aparición los anteriores pontífices, me sentí predispuesto a creer que sus intenciones de luchar contra la pobreza pudieran ser sinceras.
Me gustó que pidiera a sus colaboradores que le enviaran desde Buenos Aires la vieja agenda donde guarda los teléfonos y las fechas de cumpleaños de sus familiares y amigos, y también sus zapatos, unos zapatos normales que hoy resuenan por los pasillos del vaticano contrastando con los exclusivos modelos de Prada color rojo que calzaba su predecesor.
He simpatizado con anécdotas como que Bergoglio vivera en una modesta habitación en Buenos Aires y no en el palacio arzobispal. Que viajara en metro piso y que, siendo ya Papa, acudiera a su hotel en Roma para recoger sus cosas y pagar la cuenta. Una serie de actuaciones normales que me cuesta imaginar en un prelado como Rouco Varela.
La cruz de la moneda
Sin embargo, y simultáneamente a estas noticias recibidas con la debida cautela, han surgido otras que me han puesto en guardia incitándome a escudriñar en las hemerotecas para formarme una opinión veraz posible acerca del nuevo Papa.
El primer punto oscuro en los antecedentes de Jorge Mario Bergoglio me llegó a través de un periodista argentino (Horacio Verbistky antiguo guerrillero montonero) y su denuncia de una presunta complicidad del Papa Francisco con la dictadura argentina. Según Verbistky, hace treinta y siete años, siendo Bergoglio el sacerdote superior de los jesuitas, habría estado implicado en el secuestro de dos curas de su orden y habría seguido un doble juego al decir que los ayudó cuando en realidad los había denunciado.
También, a través de varios medios, ha criticado que el papa Francisco, siendo arzobispo de Buenos Aires, se enfrentara al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner cuando se aprobaron las leyes de matrimonio homosexual y de identidad de género.
Igualmente hay reprobaciones al Pontífice por sus posturas contrarias al aborto, al uso de preservativos o por su posicionamiento crítico frente al comunismo.
¿Un nuevo populismo vaticanista al estilo peronista?
Desde una perspectiva realista, no descarto que asistamos a un show de gestos y buenas intenciones diseñado por expertos en comunicación para vender la imagen de un Papa que ama a los pobres cuando lo cierto es que encabeza una institución con mil doscientos millones de seguidores entre los que, ademas de pobres y gente normal, hay millonarios, presidentes de naciones, reyes. Una organización cuya estructura funciona como una empresa, e incluso una máquina de generar riquezas para que el Papa y casi todos los cardenales, obispos o monseñores, vivan en la opulencia y en el disfrute de unos privilegios sociales y hasta tributarios como los que el catolicismo detenta en España.
No descarto que la imagen de proximidad y de normalidad que ofrece el Papa Francisco no sea mas que una maniobra de demagogia (incluso sin saberlo él mismo) equivalente a un peronismo vaticanista destinado a captar a los descamisados del cristianismo y competir con las comunidades de base que, basadas en la teología de la liberación, luchan al lado de los pobres en barrios y pueblos de países no necesariamente tercermundistas.
Reflexiones finales
Como escéptico que soy, sé que no debería sentirme influenciado porque el Papa Bergoglio forme parte de los jesuitas, la orden que –junto a los franciscanos– más influyó durante la Contrarreforma en la transformación ‘desde dentro’ de la Iglesia.
Tampoco debería influirme que ciertos sectores ultraconservadores del Opus Dei se muestren nerviosos por la elección del Papa Francisco y, quien sabe si como locos metiendo documentos y más documentos a las trituradoras de papel para no dejar rastro de opacidades en la gestiones vaticanas.
No quiero caer en el error de intentar neutralizar el anticomunismo de Bergoglio, o su oposición la teología de la liberación, con sus acertadas críticas populismo del gobierno Kirchner (según el nuevo Papa: “una política seductora a los oídos pero ineficiente por condenar a la sociedad a la pobreza”) o su rechazo a las ideas neoliberales a las que responsabiliza de la actual crisis socio-económica.
Y no quiero hacer caso porque Bergoglio, quien dice luchar contra la pobreza, aun no ha aportado una sola idea más allá de sus buenas intenciones y tal vez nunca lo haga, entre otras cosas porque no le permitan hacerlo. Es por todo ello que, como decía al principio de este artículo, me cuesta ser ecuánime al pronunciarme sobre el nuevo Papa y sobre todo, me resulta incómodo encontrarme en un dilema por culpa de el papa Francisco exhiba unos gestos y maneras que apuntan en contra de lo que tanto censuro a la jerarquía católica.
Colofón
Solo el tiempo y la forma de ejercer el papado por parte de este presunto heredero de San Pedro (detenerme a explicar por qué matizo ‘presunto’ y profundizar en ello, me apartaría de la intención de este escrito) podrán aproximarnos a la verdad que confirman los hechos consumados.
Colofón
Solo el tiempo y la forma de ejercer el papado por parte de este presunto heredero de San Pedro (detenerme a explicar por qué matizo ‘presunto’ y profundizar en ello, me apartaría de la intención de este escrito) podrán aproximarnos a la verdad que confirman los hechos consumados.

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