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jueves, 28 de marzo de 2013

Tal día como hoy en 1942 moría en la prisión de Alicante el poeta Miguel Hernández. * Vientos del pueblo me llevan * Nanas de la cebolla

Tal día como hoy en 1942 moría en la prisión de Alicante el poeta Miguel Hernández.

Tal día como hoy en 1942 moría en la prisión de Alicante el poeta Miguel Hernández.

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN


Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.

Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra:
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.



NANAS DE LA CEBOLLA
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre


Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela (España) y falleció el 28 de marzo de 1942. Es uno de los poetas de referencia de la Generación del 27.
Pese a su inmenso deseo de estudiar, su padre se lo impidió y lo obligó a cuidar de su rebaño de ovejas; sin embargo, en sus ratos libres Miguel leía fervorosamente y escribía poemas.
De forma autodidacta aprendió las bases de la buena literatura, dejando guiarse por maestros como Paul Verlaine, Miguel de Cervantes, Pedro Calderón de la Barca y, sobre todo, Luis de Góngora.
Durante la Guerra Civil Española es apresado y condenado a muerte en marzo de 1940 pero gracias a la intercesión de varios amigos influyentes consiguió que lo conmutaran a cambio de 30 años de prisión. En prisión fue aquejado por diversas enfermedades y falleció de bronquitis cuando tan sólo tenía 31 años.
Entre sus obras podemos destacar "Perito en lunas", "La nana de la cebolla" y "Cancionero y romancero de ausencias". En nuestra web podrás leer algunos de sus poemas, tales como "El niño de la noche", "Elegía primera" y "Rusia".

Miguel Hernández nació el 30 de octubre de 1910 en Orihuela (España) y falleció el 28 de marzo de 1942. Es uno de los poetas de referencia de la Generación del 27.
Pese a su inmenso deseo de estudiar, su padre se lo impidió y lo obligó a cuidar de su rebaño de ovejas; sin embargo, en sus ratos libres Miguel leía fervorosamente y escribía poemas.

De forma autodidacta aprendió las bases de la buena literatura, dejando guiarse por maestros como Paul Verlaine, Miguel de Cervantes, Pedro Calderón de la Barca y, sobre todo, Luis de Góngora.

Durante la Guerra Civil Española es apresado y condenado a muerte en marzo de 1940 pero gracias a la intercesión de varios amigos influyentes consiguió que lo conmutaran a cambio de 30 años de prisión. En prisión fue aquejado por diversas enfermedades y falleció de bronquitis cuando tan sólo tenía 31 años.

Entre sus obras podemos destacar "Perito en lunas", "La nana de la cebolla" y "Cancionero y romancero de ausencias". En nuestra web podrás leer algunos de sus poemas, tales como "El niño de la noche", "Elegía primera" y "Rusia".


LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda la gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.
 


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