Érase una vez una princesa, segunda hija de un rey rico y poderoso, que vivía en un palacio rodeada de privilegios y honores. Cuando se convirtió en una mujer hermosa contrajo matrimonio con un joven que la había hechizado, guapo y atlético, pero plebeyo y sin fortuna. Y en el día de la boda el rey la distinguió con el título de Duquesa de Palma y a su esposo con el tratamiento de excelencia, así como el uso y llevanza del título de duque consorte.
El rey de aquel país cuidaba y protegía de su hija de toda desdicha e infortunio que le pudiera acontecer para que la princesita fuese feliz en el reino. La infanta tuvo cuatro hijos, los cuatro esbeltos y rubios y a todos su abuelo, el rey, les otorgó el tratamiento de excelencia y grandes del reino. Y así transcurrieron los años y la princesa era la viva imagen de la felicidad y la riqueza, aunque seguía bajo el hechizo del duque.
Pero llegó un mal día en que el rey no podo proteger a su hija, a pesar de sus amplios poderes, residuales de las monarquías absolutas. Y sucedió que la justicia llamó a la princesita a que respondiera de su participación en graves delitos contra el pueblo, como malversación de fondos públicos, evasión de capitales y fraude fiscal, a consecuencia de algunos turbios asuntos en los que se había involucrado su esposo, el duque bribón. Y los habitantes del reino se preguntaban: ¿Qué necesitaban los duques en honra y dinero que no fueran ya suficientes? ¿Por qué la familia del rey saqueaba las arcas del pueblo?
En aquellos dominios el rey reinaba, pero no gobernaba. El pueblo había decidió que la soberanía residía en los ciudadanos, representados legalmente en una asamblea. Y con el fin de que prevaleciese la democracia, la autoridad popular, los poderes estaban separados. Por un lado, el poder ejecutivo, el gobernante; por otro, el de los que elaboran las normas; y el tercero, el poder de los que juzgan.
Y así el juez, como garante de la equidad de todos ante la ley, llamó a la princesita a que explicara su sospechosa participación en unos hechos que ponían en cuestión su conducta ante los ciudadanos. Antes que ella, y en dos ocasiones, el juez había llamado a su marido, el duque rufián, para que respondiera de graves acusaciones. La llamada del juez sorprendió a todo el reino, incluso a otros reinos y repúblicas, que asistían asombrados a la imputación de una princesa, hasta entonces intocable.
Inmediatamente la maquinaria del reino se puso en marcha, intentando que la princesita no fuera al juzgado como una plebeya cualquiera. El rey, que había proclamado solemnemente que “la justicia es igual para todos”, se desdecía y consideró que la imputación a su hija era una afrenta inaceptable para la corona, para lo que hizo valer su influencia ante un gobierno débiles y los fiscales que de este dependían.
Los habitantes del reino, que conocieron las viles andanzas del duque y con la duda de que la infanta tuviera arte y parte en los mismos, sufrieron una gran indignación y reclamaron justicia. Por entonces, el pueblo pasaba por momentos de dificultad y pobreza, con escasez de trabajo y con la obligación de pagar fuertes tributos, pese a lo cual el rey gozaba de costosas cacerías en tierras lejanas, prebendas y lujos que nadie más que él podía permitirse. Los ciudadanos, que no súbditos, pensaron que quizás había llegado el momento de destronar a aquel rey manirroto y exigir justas responsabilidades.
Notables y mensajeros del reino unieron sus voces a las del pueblo para requerir la abdicación del monarca, viejo y enfermo, y demandar por ley que los gastos y patrimonio de la monarquía se sometieran a una gestión trasparente, de manera que se supiese cuánto costaba la manutención, palacios y riquezas de aquella familia privilegiada y se sometiese a observación todos y cada uno de sus gastos. Las mismas voces reclamaron a la princesita, por los delitos de su esposo y su cooperación en los mismos, la renuncia de sus derechos dinásticos, así como al uso y llevanza de las dignidades de alteza real y duquesa de Palma.
Los ciudadanos asistieron desde entonces a una dura batalla entre la legitimidad democrática y la presión que desde la casa del rey y el jefe del gobierno contra la justicia y la igualdad de todos ante la ley. Nadie podía adivinar en qué acabaría aquella contienda. El pueblo, escarmentado por su historia de tiranía y vasallaje, no creía en el triunfo de la justicia, por lo que aumentaba su indignación y su ira. Los mensajeros de noticias habían contado que el duque consorte pretendía escapar a un país lejano para enseñar su anterior oficio atlético. Por todo, la fama y el favor que el rey contaba entre su pueblo habían desaparecido, por lo que el monarca se limitaba a administrar su pronta sucesión en el príncipe, que callaba y aguardaba, ajeno a las desdichas de su hermana, pensando solo en salvar el incierto porvenir de la corona.
La princesita que, según decían, seguía hechizada por su esposo, creyó llegado el momento del sacrificio. Y, amparada por el rey, planeó repudiar al duque embaucador para salvar la corona de su padre.
Y la princesa vivió para siempre triste y sin consuelo, por haber caído en el embrujo del amor, del que se valió un plebeyo para enriquecerse con malas artes.
Y colorín colorado este cuento no se ha acabado.
ISABEL ANGULO
Directora de la Escuela Vasca de Protocolo
Directora de la Escuela Vasca de Protocolo


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