Luisa ve con
estupor un programa sobre maltrato. Ella no se siente maltratada.
Ninguneada a ratos, aburrida mucho tiempo. Sola por las tardes. Por las
mañanas. Por las noches. Las noches de Luisa son largas, muy largas, y
quisiera agarrarse a algo con todas sus fuerzas. Navegar por los sueños
es como perderse en un océano, y a veces no se ve la costa. Quizá se
compre un cojín con forma de brazo que ha visto en internet, para poder
trincar algo en los momentos de máxima angustia, quizá le de a las
pastillas, tentada está, que el médico se las da y las toma todo el
mundo.
La angustia de Luisa parte de la soledad. La soledad es tan
grande, tan inabarcable, que no hay donde refugiarse de ella. Probó a
leer, pero no. Probó a salir de compras, pero era muy caro. Probó
incluso a quedarse en la terraza del bar haciendo como que leía,
escuchando conversaciones ajenas... Luisa sabe que si tarda mucho en
llegar a casa no le dará tiempo a nada. Y va a todas partes andando
deprisa para no llegar tarde a la cocina donde le espera la tarea.
-¿Y cuántos son en su casa?
-Ocho.
Luisa ve la
cara de estupefacción del médico, que le receta las pastillas y la
despide con un aire de compasión. Ocho y sola, piensa el médico. Ocho y
sola, piensa Luisa.
Luisa ha
recogido la mesa, fregado los platos. Se ha duchado después de planchar.
Se ha acostado en la cama y ha notado la falta de un almohadón donde
asirse ahora que va a caer al vacío. Son estas malditas pastillas, se
dice, mintiéndose a media voz...
-¿Decías?
-Nada, sigue durmiendo...
-Tú estás rara...
Luisa no
está rara, ni siquiera está triste. Está sola mientras esquiva a la
gente que se quedó con el aire que le falta a bocanadas, con los colores
que quitaron de su ropa. Vive en el silencio que se ha impuesto, porque
mientras habla con ella misma tiene siempre razón y no la interrumpe
nadie, y la almohada cervical le devuelve la caricia en el cuello que
necesita descansar sobre alguien palpitante y vivo. Luisa sabe que
estuvo viva, lo recuerda vagamente.
Esboza una sonrisa al ver las caras
de sus familiares que la observan con extrañeza y especulan sobre por
qué se tomó la justicia narcótica por su mano, dejándolos a todos
quietos, en un estado en el que por fin no iban a necesitarla más. El
médico está desolado porque tuvo que haber advertido que estaba furiosa y
la misma Luisa le consuela diciéndole que no se preocupe, que estaba a
costumbrada a que a nadie le interesara lo que estaba pensando...


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