Se agarra al poder como una garrapata. Rajoy, que es un
cadáver político, que no tiene a nadie que le quiera para formar
gobierno, que vive sumergido en la poza séptica de corrupción de su
partido, no quiere soltar el hueso del poder.
Rajoy
es un muerto político, ahogado por la corrupción que ha tratado de
ocultar e ignorar pero ha acabado pillándole porque él forma parte
aunque sea, y no es poco, como cómplice.
Se agarra al poder como una garrapata. Rajoy, que es un
cadáver político, que no tiene a nadie que le quiera para formar
gobierno, que vive sumergido en la poza séptica de corrupción de su
partido, no quiere soltar el hueso del poder.
No le importa darle al rey
con la puerta en las narices, hacer perder al país un tiempo
valiosísimo e incluso forzar unas nuevas elecciones, sólo por salvar su
cuello.
Ya no hay quien le crea el cuento de que no está en política por
dinero, de que dejó su cómodo puesto de registrador de la propiedad
para asumir el ingrato papel de servicio al país.
Lo
único cierto es que ejerció su profesión sólo dos de los últimos 32 años
en los que ha estado viviendo muy holgadamente de la política y
cobrando sobresueldos en negro acerca de los cuales mintió a todo el
país en sede parlamentaria y en sede plasmaria. Ése es el que ha sido presidente del gobierno los últimos cuatro años.
Ése, el amigo de Luis, el que le mandaba mensajes a
Bárcenas cuando ya se conocían sus papeles, el que fue secretario
general del partido cuando funcionaba la caja B, el que lo dirigía
cuando se pagaba en negro la remodelación de su sede y cuando se
destruyeron a martillazos los discos duros de los ordenadores del ex
tesorero.
Ése que nos decía que estaba luchando
contra la corrupción mientras su partido ponía trabas a que se
investigara, bloqueaba las comisiones parlamentarias sobre el asunto,
desoía los requerimientos de los jueces, trataba de manipularlos, los
apartaba o intentaba apartarlos de las causas que le afectan y hacía
desaparecer pruebas, desde los discos a las agendas de sus tesoreros y
los libros de visitas a Génova de donantes.
Ése que
ha apoyado públicamente a Camps, Matas, Fabra o Rus, al que quería
mucho, coño, cómo le quería, coño, Mariano, donde pones el ojo, hay un
corrupto, coño, claro, porque has estados décadas rodeado de ellos,
coño, que no hay quien se crea que no los vieras, cómo no los vas a ver
si has estado tapándoles todos estos años porque era a ti a quien
tapabas, que ya no engañas a nadie, coño.
Ése es el
presidente en funciones, ese señor que cada vez que le preguntan por un
caso de corrupción dice que no le consta, que no sabe nada, que lo ha
leído en la prensa, que menuda sorpresa, que cómo se lo iba a esperar,
que le han traicionado y que es todo falso, salvo alguna cosa y la
segunda ya tal y un plato es un plato y un vaso es un vaso y Rajoy es,
como dijo el candidato Ruiz, un indecente.
Dejémonos
de eufemismos y respeto a quien no lo merece porque no lo ha tenido con
el ciudadano.
En cualquier país decente, un indecente así habría tenido
que irse por patas al destierro voluntario. Pero no lo somos, aquí
todavía hay 7 millones de personas que votan al primer partido imputado
de nuestra historia que ha tenido que disolver a su dirección en
Valencia porque no ha quedado nadie en la cúpula libre de sospecha.
Ahora por todo eso y por sus cuatro años de rodillo y rodillazos a la
calle y la oposición, Rajoy ha acabado arrodillado pidiendo que le
salven de morir aplastado. Cree que si se pone de perfil, como ha hecho
con la corrupción, la indignación, Cataluña y los más desfavorecidos, la
tormenta pasará de largo y sobrevivirá una vez más.
Pero ya es tarde. Rajoy está muerto, ahogado por la corrupción que ha
tratado de ocultar e ignorar pero ha acabado pillándole porque él forma
parte de ella aunque sea, y no es poco, como cómplice. Toda la dirección
actual del PP debería entregar los sobres y disolver una organización
corrompida que ha emponzoñado la vida política de este país como sólo lo
hiciera el PSOE de Felipe González.
Como Aznar le dijo a éste, ahora hay que decirle a Mariano: “Váyase, señor Rajoy”.



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