En un país con las horas de sol del nuestro, el nivel de vitamina D3 en
la sangre disminuye año a año debido a cambios en los hábitos de
comportamiento y en la alimentación.
La vitamina D, es
conocida como ‘la antirraquítica’ y también como ‘la del sol’. La razón
de su primer apodo es que su presencia es fundamental para evitar el
raquitismo en niños, sobre todo en los recién nacidos. Su segundo mote
se debe a que el 90% de esta vitamina la generamos los humanos a través
de un proceso tan simple como es tomar el sol. El otro 10% procede,
generalmente, de una adecuada alimentación con productos que la
contengan.
El proceso de creación de la
vitamina D puede explicarse de manera rápida y sencilla a partir de una
molécula de colesterol (sí, de grasa) circulando justo por debajo de
nuestra dermis y que al interactuar con la luz solar se altera formando
una nueva molécula, conocida como colecalciferol o vitamina D3.
¿Para qué sirve la dichosa vitamina D?
La vitamina D es fundamental
para permitir la absorción intestinal de calcio y fósforo en sus formas
solubles. Estos dos compuestos son esenciales en especial para los
niños pequeños y las personas mayores. Los primeros porque están
creciendo y su estructura ósea reclama continuamente más calcio, y en
menor medida fósforo, para aumentar su tamaño.
En consecuencia, si no hay
vitamina D en la sangre, no habrá una buena absorción intestinal del
calcio y los huesos no podrán aumentar; el resultado es un crecimiento
menor y retardado en adolescentes y un raquitismo en lactantes y niños
de pocos años. En el lado opuesto, a partir de los cincuenta años la
estructura ósea de los humanos aumenta el riesgo de perder volumen,
tendiendo a producirse episodios de osteoporosis por descalcificación.
Este problema se da especialmente en mujeres que han entrado en la menopausia, pero también puede presentarse en hombres mayores y
embarazadas. La osteoporosis dispara el riesgo de roturas óseas, que a
mayores edades pueden ser fatales. De nuevo unos buenos niveles de
vitamina D en sangre ayudan a evitarla al mejorar la absorción
intestinal.
En otro orden de cosas, se cree que la vitamina D interviene en el mejor del estado de ánimo, en la prevención de diversos tipos de cáncer y en la prevención de enfermedades autoinmunes, aunque todavía no se posee un nivel de estudios concluyente. Sí se sabe en cambio que el colecalciferol es fundamental para el buen funcionamiento del sistema inmunitario humano. Queda claro que se trata de una vitamina muy importante.
Pero, ¿qué problema hay con ella?
Según la nutricionista
Mònica Moll, en España hay un problema serio con los niveles de vitamina
D: “en la mayoría de la población son paradójicamente bajos cuando, por
las horas de sol que tenemos en la mayor parte del país, deberían ser
normales o altos”. Se consideran niveles normales los que exceden los 30
nanogramos por mililitro de sangre. Los expertos consideran que por
debajo de 20 nanogramos por mililitro, se dispara el riesgo de problemas
por la deficiencia.
Si la vitamina D se genera
tomando el sol y España, salvo en algunas zonas del norte, es el país
con mayor insolación de Europa, solo se puede concluir que los españoles
no tomamos suficiente el sol.
Así parece ser: los datos recopilados por
la Sociedad Española de Bioquímica Clínica y Patología Molecular en su
análisis de 2013 ‘ Vitamina D: Una perspectiva actual’,
indicaban que “los niveles insuficientes de vitamina D son más
habituales en invierno y en pacientes hospitalizados, niños, embarazadas
y los adultos mayores”.
Es decir, los grupos que más necesitan la vitamina son precisamente los que más se protegen del sol: bebés,
ancianos y mujeres embarazadas esconden su piel de los rayos bajo la
creencia de que el sol es malo. Untamos a los niños con cremas
protectoras, los tapamos con sombrillas; nos cubrimos nosotros mismos
con sombreros, nos tapamos con bufandas y, en general, ofrecemos poco el
rostro y el cuerpo astro rey. Tenemos obsesión con los melanoma y
confundimos protección con ocultación.
‘Light’ no siempre equivale a bueno
La OMS, en cambio,
recomienda una exposición solar corporal en los países del hemisferio
norte de 10 a 15 minutos diarios tres veces por semana, con el objetivo
de generar vitamina D. ¿Alguno de nosotros lo hacemos? (Por supuesto,
también recomienda limitar las exposiciones excesivas, sobre todo en
verano y cuando el sol está más alto, o en bebés de muy corta edad,
etc.) Ahora bien, el problema no está solo en el sol; un 10% de la
vitamina D que necesitamos nos llega de los alimentos.
O nos llegaba.
“Se habla mucho de lo
peligroso que es el colesterol, pero se hace equivocadamente y sin
propiedad, ya que este compuesto es fundamental para el metabolismo
celular y como precursor de la vitamina D3”, opina Mònica Moll, que cree
que debería hablarse, con propiedad, “tanto de lo peligroso que es su
exceso como su carencia”, una situación que cada vez más hallan los
nutricionistas al tratar determinados pacientes.
“La moda de lo ‘light’ está
propiciando dietas pobres en grasas animales, que no son necesariamente
malas”, explica esta nutricionista, que aboga de nuevo con no confundir
la prevención de excesos con la erradicación total de los componentes de
la dieta. Moll añade que la grasa de la leche, la mantequilla, los
quesos grasos o la yema del huevo, “que mucha gente extrae para no
engordar”, son un aporte importante de vitamina D, al igual que los pescados grasos como el salmón o la sardina.
La mala flora no ayuda
Si ni tomamos el sol ni nos atrevemos con la leche entera, la mantequilla, los embutidos
y, por supuesto, cada vez comemos menos pescado, se antoja lógico que
los españoles seamos deficitarios en vitamina D. Ahora bien, el problema
podría ser más complejo. Según el doctor Sergio Abanades, miembro del International College of Human Nutrition and Functional Medicine,
“no es tan fácil corregir en según qué personas los deficientes niveles
de vitamina D en sangre, simplemente con sol y alimentos correctos”.
El motivo, según Abanades, es que la flora intestinal de muchas personas está muy mermada por un historial prolongado de alimentación inadecuada o abuso de fármacos,
con lo que se produce una inercia intestinal ante del cambio de
hábitos: “Una flora empobrecida es incapaz, entre otras, cosas de
controlar los excesos de un sistema inmunitario que consume grandes
cantidades de vitamina D”.
Como consecuencia, los
buenos hábitos se hacen insuficientes para elevar el nivel de vitamina D
en sangre y el déficit corre el peligro en algunas personas de
convertirse en crónico. Abanades recomienda suplementación con complejos
de vitamina D3 si la persona deficitaria está en uno de los grupos de
riesgo: bebés, personas que superan la cincuentena o embarazadas.
Ahora
bien, matiza que los suplementos siempre deben tomarse bajo supervisión
médica, ya que un exceso de vitamina D podría tener efectos adversos.

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