Tantos años intentando comprender en
profundidad la relación de indeterminación de Heisenberg, y resulta que
la tenía delante de mis narices. Francisco Rivera es mi Gato de
Schrödinger, pero con sorpresa, porque cuando lo he observado he
condicionado la irreversibilidad del suceso, pero también he fusionado
dos universos paralelos, y ya conozco la posición y el momento lineal de
este país a la vez: el pasado y el presente existen al mismo tiempo, y
sin multiversos. ¡Qué maravilla!
No podemos olvidar que los caballeros siempre llevan un pañuelo blanco en el bolsillo del pantalón para socorrer las lágrimas de una señorita que lo necesite al ver pasar un paso con el racheo de los costaleros al andar, el olor a incienso, bajo la lumbre de las velas.
Conocer en el blog de este gentilhombre
sus reflexiones de machista cursilería decimonónica me ha transportado
sin remedio a un limbo en el que coexisten con el mismo grado de
objetividad los smartphones, el LHC, Espronceda y Clark Gable.
Si hoy alguien puede imaginar a una
‘señorita’ temblorosa, vencida por ese poderoso racheo de aguerridos
costaleros hasta el punto de llorar por la excitación de su frágil
existencia, y que espera y desea que todo un caballero, siempre
previsor, elegante y varonil, le ofrezca su pañuelo blanco para enjugar
agradecida y rendida a sus encantos protectores, esa feminidad hecha
cristal líquido que ha servido de vía a la refracción de la luz del
fuego de las velas… si alguien dice esto sin descojonarse de la risa, es
que hay incontestables realidades en perfecta sincronía. Y sin ser
paralelas, sino tangenciales.
Pero ¿y si alguien sí espera a un
príncipe azul pensado para serlo?, ¿y si alguien sí llora con el racheo
de los costaleros cuando marciales portan a un muñeco o muñeca de
madera? O más allá de esto, ¿y si alguien muestra su desconsuelo porque
la lluvia impide la liturgia? ¿Y si lloran por no poder llorarlo en
condiciones? ¿Y si en ese mismo país casi ninguno de sus devotos
desconocedores llora por los niños y los adultos que a un par de horas
de vuelo sufren un calvario real, sobre un barro real y desprotegidos
bajo una lluvia que arrastra nuestra dignidad?
A lo mejor si nos paramos a pensarlo, si
lo observamos, no modificamos la realidad y solo tomamos conciencia de
lo que somos como sociedad. O quizá sí, porque si nos quitamos las
anteojeras podemos resultar algo más útiles, efectivos y precisos a la
hora de encarar todo el trabajo que nos queda por delante. Ese mismo
trabajo que, de haber existido y ser aquel del que hablan las
escrituras, haría hoy ese humano al que presuntamente lloran sus fieles;
ese que bajaría de un salto y a hostia limpia se los quitaría de encima
por hipócritas y cretinos; ese que no quería que se venerasen imágenes
sino que se amase y ayudase al prójimo, y que dicen que sacó a latigazos
a los mercaderes del templo. Ese que se moriría del disgusto si viera
lo poco que, en el fondo, ha cambiado todo.
Pero para qué preocuparnos habiendo
héroes siempre prestos a socorrer señoritas desvalidas. Gentlemens que
nos explican de forma altruista (también a las miles de familias que
aquí acuden a comedores sociales) qué americana, camisa, gemelos y
zapatos (y nada de zapatillas), hay que elegir para acompañar en
procesión a Jesús. Venga, alegría, que en unos días resucita el Nazareno
y todo vuelve a nuestra feliz normalidad.


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