Mientras Obama clausura la guerra fría en
Cuba el Daesh extiende la guerra caliente por todo el mundo. Por lo
visto se trata de reemplazar una guerra por otra, un negocio por otro.
Esa es la gran paradoja de los tiempos que vivimos, el nuevo desorden
mundial que es un caos, una vorágine internacional, un sindiós. Lo
último, hace una rato, los brutales atentados en el aeropuerto y el
Metro de Bruselas. Otra vez el hombre bomba, la mochila asesina, el
holocausto masivo en nombre de Alá.
Es el matar por matar, la ceremonia
litúrgica de la muerte, la sublimación y el placer del terror supremo
sin más premisas ni objetivos geoestratégicos, políticos, económicos o
culturales. Los versos satánicos, el exterminio total. Mientras los
españoles, alegres y pacíficos, nos vamos de playas, paellas y Semana
Santa, mientras Europa barre a los refugiados hacia la frontera turca,
como si fueran la escoria del mundo, para que se los coman otros, los
islamistas nos barren a nosotros, que somos su basura, sus chinches
infieles, a fuerza de bombazo limpio.
No se puede luchar contra los
demonios de Molenbeek, granero infinito de suicidas, con nuestros
absurdos niveles de alerta, nuestros inútiles detectores de metales y
nuestros valientes perros policía patrullando por los aeropuertos. No
hay policías, soldados, armas, tanques ni misiles suficientes que puedan
detener a un loco dispuesto a morir matando. Por cada europeo que
quiere vivir hay mil islamistas que prefieren morir. Es una guerra atroz
perdida de antemano, una guerra entre la vida y la muerte, y esa
batalla cósmica desigual siempre la termina ganando la señora de la
guadaña.
Europa se estremece ante el nuevo zarpazo de los tontos que no
comen cerdo ni beben vino y a los europeos solo nos queda quedarnos en
nuestras casas-madriguera, atónitos, aterrados, besando a nuestras
mujeres e hijos, tomando un coñac y leyendo nuestros libros sabios, sin
entender nada, sin poder hacer nada. La única solución es esperar,
escondernos como conejos ante las hienas, aguardar a que el ángel
exterminador pase de largo sin tocarnos con su mano de sangre y fuego.
Laín Entralgo decía que no se puede ser hombre de un solo libro, porque
eso crea fanatismo. Esta gente que sale de los desiertos secos y pobres
de Oriente ya ni siquiera lee uno. No les hace falta el Corán para nada,
solo un chaleco explosivo y un par de rayas de coca para infundirse
valor.
Primero fue Madrid, luego París, esta vez Bruselas, capital de la
Europa mezquina y racista que blinda fronteras para que no le llegue la
peste siria ni los ahogados del Egeo que lloran en el mar. Pero la
peste ya está dentro de nosotros, en nuestras calles, en nuestras
plazas, en nuestros aeropuertos, y no se llama refugiados, sino odio,
muerte, fanatismo. No pararán hasta plantar la jaima olorienta llena de
huríes y bueyes comidos de moscas en medio de los Campos Elíseos.
No hay
antídoto eficaz contra esta plaga invisible, no hay remedio contra
estas células durmientes, tumorales, que nos matan trimestralmente con
su rabia y su maldad. No se puede luchar contra esto.
No hay solución.
No hay salida.
Por José Antequera

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