Molenbeek es un marginal barrio de
Bruselas donde uno de cada dos jóvenes se encuentra en situación de
desempleo. Varios presuntos colaboradores de la matanza de París han
sido detenidos allí. La policía considera el distrito belga, cuna y
refugio de buena parte del yihadismo existente en Europa. Segundas y
terceras generaciones de emigrantes que no han conocido igualdad o
fraternidad alguna…
En su Miseria de la Filosofía, Marx nos
dice que la historia no es una historia de las ideas, como se inculca a
las sociedades, sino una historia de los hombres.
Hoy como ayer, los
principios inspiradores que nutren los fundamentos de nuestra
civilización, encuentran su contradicción en una realidad que es siempre
concreta. Gonzalo Puente Ojea nos ayuda a comprender este aspecto en
uno de sus libros,Ideología e Historia / La formación del cristianismo como fenómeno ideológico:
“la historia se humaniza; juega siempre en el plano de un contexto
social concreto; no en el de las abstracciones; no en utópicos
horizontes o categorías ideales”. ¿Libertad, igualdad, fraternidad,
valores europeos? No hay valores etéreos en Molenbeek. Sólo rechazo.
Con cierta recurrencia, los medios suelen
perseguir la singularidad: el joven de buena familia que incluso
estudió en tal o cual universidad. Pero está por ver que las creencias
conformen el factor sine qua non de aquellos que se alistan en
las filas del terror, como está por ver cuántos de los yihadistas
europeos gozan de un confortable nivel de vida. Dios puede manifestarse fundamental
viendo peligrar su status, o cuando no se tiene nada que perder. Las
alternativas divinas discurren entre la resignación de los mansos y
pobres de espíritu, a la ira del día del juicio correspondiente. Y sin
embargo los muertos por el terrorismo de ISIS en Paris, apenas ayudan a
comprender los muertos por el terrorismo de ISIS en Siria o Irak.
Curiosa guerra entre religiones, donde la mayoría de las víctimas son musulmanas y ajenas a Europa.
¿Pero los nacidos y educados en Europa se convierten en yihadistas por lo que nosotros hacemos allí, o por lo que son ellos aquí? Probablemente las dos opciones nutren la conversión, pero sólo una determinará la decisión final. En su Miedo a la Libertad,
Erich Fromm nos habla del nacionalismo y la religión como refugios que
logran unir al individuo contra el mayor de sus temores: el miedo a
quedar aislado. Fromm disecciona el sentimiento de pertenencia del ser
humano: “a menos que pertenezca a algo, a menos que su vida posea algún
significado y dirección, se sentirá como una partícula de polvo y se
verá aplastado por la insignificancia de su individualidad.
Tal
identidad con la naturaleza, clan, religión, otorga seguridad al
individuo; éste pertenece, está arraigado en una totalidad estructurada
dentro de la cual posee un lugar que nadie discute. Puede sufrir por el
hambre o la represión de satisfacciones, pero no por el peor de todos
los dolores: la soledad completa y la duda”. En su Arte de Amar,
Fromm añade: “el fracaso absoluto en el logro de tal finalidad
significa la locura”. Para el pensador alemán, nuestra necesidad de
trascender unida a este pánico al aislamiento, desemboca en la angustia
constante respecto a nuestro propio yo. Conscientes de nuestra
proyección social, somos lo que los demás piensan de nosotros. “Ya no
soy yo quien creo en mi propia valía; sólo si me buscan soy alguien”.
Quién sabe si en Molenbeek la frustración ya ha dejado paso al amor. Por
fin alguien les requiere. Por fin son alguien.


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