Las visitas de la Señora Marquesa al cortijo eran todo un acontecimiento en Los Santos Inocentes de
Mario Camus. Con sus mejores galas, es decir, con las ropas menos
rotas, los trabajadores del campo recibían a la Señora de brazos
abiertos y manos extendidas.
Bajo una encina, los campesinos hacían cola
pacientemente hasta que les llegase su turno para recoger, de la mano
de la Señora vestida de impoluto blanco papal, unas monedas en forma de
limosna.
La Señora Marquesa, sentada a la mesa junto a su nieto, que ese
año tomaba la comunión, no entregaba caridad a cambio de nada: ¿Ha
aumentado la familia, Facundo? Este año Dios no lo ha querido, Señora
Marquesa, siguen siendo ocho. Pues que sean nueve, Dios lo querrá. Así
será, Señora Marquesa. Ahora toma, para que celebréis en casa mi visita;
y por la comunión de mi nieto, otra moneda; dásela, niño.
Las donaciones de la Señora Marquesa,
por mucho que alegrasen el día a aquellos trabajadores del cortijo, no
dejaban de ser un insulto que hoy, treinta años después del estreno de
la película, deberíamos ver con claridad. Por muchos motivos. El primero
de ellos, porque la caridad se puede ejercer cuando la opción de
justicia no está al alcance de tu mano.
En el caso de la Señora
Marquesa, esa caridad sustituye a un sueldo digno para los campesinos
que no haría necesaria la limosna. El segundo, porque lo que la Señora
Marquesa se ahorra con ingeniería fiscal lo pagan los trabajadores del
cortijo de su bolsillo.
Y ese ahorro que beneficia a la Señora Marquesa
es mucho mayor que la caridad que ejerce. Si la solidaridad te sale a
devolver, no es solidaridad. El tercer motivo que hace que las
donaciones de la Marquesa sean un insulto es que la gran señora hace de
ese supuesto acto altruista un spot publicitario. Mirad mi generosidad.
De haber sido hoy la escena de la entrega de monedas, –¿se imaginan?–
todos los grandes medios lo llevarían como noticia del día, agradecidos.
¿Cuánto le hubiera costado a la Señora Marquesa una campaña de
publicidad de ese tipo en prensa, radio y televisión asociando su nombre
a la marca Cortijo? Pues sólo unas monedas.
El cuarto motivo es que todo este paripé
perpetúa un modelo de sociedad, cada vez más desigual, en el que la
comida o, peor aún, la salud, dependen directamente de que le vaya bien a
la Señora Marquesa. Y no sólo eso: alimenta un fantasma en la cabeza
del campesino.
Un fantasma que apaga la capacidad de revisar las ropas
rotas propias para fijarse en las ropas impolutas de la Señora Marquesa:
qué alegría verla bien arriba en la lista Forbes de las mejores
vestidas, eso nos viene bien a todos. El quinto motivo que hace de esta
supuesta caridad un insulto es la indefensión.
Ligado ya nuestro plato y
hasta nuestra salud a la bonanza de la Señora Marquesa, sólo nos queda
estar agradecidos porque cree puestos de trabajo para campesinos.
En el
imaginario popular de la cola bajo la encina, el cortijo no es un
negocio que necesita a equis número de personas que lo trabajen para
generar beneficios que van al bolsillo de la Señora Marquesa, sino que
esos empleos son una especie de regalo a los trabajadores del cortijo.
Hay que estar agradecido de que la Señora Marquesa sea emprendedora, en
esta y otras tierras.
Encantada de conocerse y de su propia
caridad, la Señora Marquesa acabó la entrega de limosna en el cortijo
sonriente, sin caer en la cuenta de la baja calidad de la ropa con la
que iban a recibirla. Unas ropas rotas que, a base de limosnas, no
saldrán nunca en una lista Forbes de gente vestida de forma digna.
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