Quizá a los ministros les interesa más mezclarse con armas, cánticos y
respaldar esa insultante mezcla de patrioterismo caduco que obtener una
verdadera enseñanza que, este año más que nunca, les hubiera hecho falta
Cuatro ministros del
Gobierno cantando a voz en grito cuplés militarizados. Una foto buscada
para refregar la impresión del triunfo de una única España sobre otra.
Un Gobierno de hipócritas fariseos temblando de falsa emoción con algo
que o no conocen o no comprenden.
Dándose golpes de pecho en la
conmemoración de una de las más claras manifestaciones del triunfo de la
mal llamada razón de Estado, y de las mentiras de los que pretendían
conservar el poder e imponer su visión de las cosas, sobre la verdadera
Justicia. ¡Ah, sepulcros blanqueados!
Quizá les interesa más mezclarse
con armas, cánticos y respaldar esa insultante mezcla de patrioterismo
caduco que obtener una verdadera enseñanza que, este año más que nunca,
les hubiera hecho falta.
Sabido es que el sentido histórico de
procesiones, autos sacramentales y otras representaciones era ilustrar
con estas lecciones al pueblo iletrado, que no podía obtenerlas
directamente de la lectura de los textos sagrados. Hoy son los letrados
los que hacen caso omiso.
No hace falta creer en la
divinidad del ciudadano Jesús, ni admitir siquiera su existencia
histórica real, para comprender cómo en su historia se sintetiza todo
aquello que la Justicia no debería ser jamás con tan gran actualidad que
muchas de las vulneraciones que acabaron con su ejecución se repiten
ante nuestros ojos contemporáneos sin que se inmuten la mayoría de los
que anegan con lágrimas de cocodrilo sus ojos ante su conmemoración.
Jesús fue sometido a un juicio según la ley judía que
vulneró todos los procedimientos en una condena sin garantías que no
podía siquiera ser ejecutada. El Sanedrín incumplió muchas
estipulaciones procesales cada una de las cuales, como sucede en la
actualidad, preservaba algunos derechos.
Celebraron sesión en víspera de
sábado, instruyeron un proceso con pena capital en horas nocturnas, los
testigos no declararon por separado, no juraron decir verdad, usaron la
declaración del imputado para declararlo culpable, los jueces locales
-Caifás en concreto- se convirtieron en parte acusadora, no hubo
deliberación y se condenó a pena de muerte en un lugar prohibido para
ello, ya que esto sólo podía hacerse en la “sala de las piedras de
sillería” destinada a los juicios criminales, so pena de nulidad.
Nada
de ello les importó. Jesús era un obstáculo político y religioso para su
supremacía y algunos de ellos acumulaban ya fuertes agravios contra él,
como era el caso de Anás desde la irrupción de Jesús en el Templo para
denunciar la grave corrupción que amparaba.
En un régimen jurídico
teocrático como el judío de la época, sus delitos “religiosos” fueron
suficientes para una condena anómala y prevaricadora. Aún así tenían un
problema: la dominación romana les había permitido mantener los sistemas
de justicia local pero no ejecutar penas como la de muerte.
Pudieron optar por someter su proceso a la autoridad política o por
someter al reo a un segundo proceso bajo la jurisdicción romana y
eligieron esto último.
Así, Jesus de Nazaret fue juzgado nuevamente en
un nuevo procedimiento, a cargo de los creadores del derecho que aún nos
inspira, en el que triunfaron muchos de los despropósitos antijurídicos
que estos días nos amenazan aún en pleno siglo XXI en España.
El sanedrín sabe que los romanos no van a entrar en una cuestión de
acusaciones teológicas y religiosas sobre la fe local. Si algo
aprendieron los romanos es que daba exactamente igual a que dios adorara
cada uno. Así que tuvieron que hacer trampas y marcar la casilla del
delito político para conseguir que el Procurador Romano, el máximo
magistrado, aceptara su jurisdicción.
Así Jesús pasó de blasfemo a
sedicioso y rebelde. De ser un individuo peligroso para los intereses de
la casta sacerdotal, a individuo peligrosos para el Estado. Ante los
romanos Jesús aparece imputado de levantar sediciosamente al pueblo, de
ser un nacionalista judío que invita a la desobediencia civil
propugnando que dejen de pagarse los tributos al pueblo que sojuzga al
suyo.
Un nacionalista que encabeza una rebelión. Ante un delito así,
Pilatos no puede negar su jurisdicción. Se trata de graves
imputaciones: “crimen de laesae maiestatis”, el más grave crimen desde
la Ley Julia; de un “crimen soladiciorum”, consistente en la
organización de asociaciones para fines ilícitos; un “crimen
receptatorum” o de encubrimiento y complicidad y una “seditio”, delito
público de tumultos y de promoverlos.
Por mucho que
Pilatos lo considerara inocente no podía negarse a examinar acusaciones
tan graves, aunque lo intentó. No viéndolo culpable los miembros del
Sanedrín clamaron: ¡si libras a este no eres amigo del César! .
La misma
demagogia falta de lógica que contemplamos en nuestros días: si no les
ves culpables de rebelión te alineas con el independentismo y devienes
inconstitucional y defensor de delincuentes. En ambos casos es de una
lógica espuria pero siempre, siempre, suscita una gran adhesión de las
multitudes y un miedo exacerbado de la gente a moverse de esa raya.
Pilatos también lo tuvo.
Su carrera no se iba a sustanciar en Judea.
Ascensos, promociones, premios y regalías habrían de venir de Roma y la
mera sospecha de alinearse con los enemigos de Roma era un peligro.
¡Que
humano a pesar del paso del tiempo! Así que como un total incompetente,
sobrepasado por el tumulto, la muchedumbre, se rindió a las coacciones
de la masa que pedía una condena injusta pero que lo hacía a gritos y de
forma mayoritaria.
Sucedió, sucede y sucederá así. Las masas, los
gritos, las peticiones de penas injustas, desproporcionadas e inhumanas,
exigirán siempre un tributo que dirigentes cobardes estarán dispuestos a
darles.
Pilatos conculcó la legalidad vigente, que
debía defender, al aceptar la condena de alguien cuya conducta no
vulneraba ningún ilícito penal existente y, por último, Pilatos
prevaricó proclamando tres veces la inocencia de Jesús y condenándolo
tras ello a una pena capital a sabiendas de su injusticia.
El proceso a Jesús fue la victoria de la violencia del Estado sobre la Ley y de la injusticia sobre el Derecho.
¡Staurotheto! (¡Que lo crucifiquen! ¡Que los crucifiquen!)

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