Por Iñaki Gil de San Vicente
Hay que golpear lo más posible al pueblo trabajador en la medida en que éste se deje, pero las luchas proletarias en Euskal Herria indican que no se deja, o al menos resiste en parte.
Hay que aplastar a otros pueblos para saquearlos: la burguesía vasco-española anhela la inmediata «reconquista» de Venezuela.
Hay que estrujar la propia tierra vasca y la burguesía se salta sus limitadas leyes medioambientales siempre que puede.
Hay que manipular a la población, y EiTB y la prensa se vuelcan con ahínco en ello. ¿Por qué?
En nuestro inocente antifranquismo juvenil creíamos
que lo peor era echar a correr cuando cargaba la policía o la guardia
civil porque si nos quedábamos quietos no nos pegarían ni nos patearían
en el suelo, ni nos arrastrarían agarrándonos por los pelos, ni nos
detendrían, torturarían y encarcelarían…
Dada nuestra virginidad
política, y embelesados por la ideología democraticista abstracta,
pensábamos que las fuerzas represivas respetarían los «derechos
humanos». Muy pronto aprendimos que lo mejor era salir corriendo… para
organizar la defensa y contraatacar.
Comprendimos que una manifestación
debía organizarse militarmente a pequeña escala, con sus objetivos,
estrategias, tácticas de aproximación, avance y protección de flancos, y
cómo no, sobre todo de retirada segura. Siempre había que tener una
retaguardia.
Poco después, descubrimos que los mismos criterios
elementales, convenientemente adaptados, servían para toda lucha
política, sindical, social, cultural, pacífica, estudiantil, vecinal,
no-violenta, de masas, etc., debido al contenido político de lo militar y
al contenido militar de lo político. Y con sonrojo nos dimos cuenta que
no habíamos inventado el fuego: un necesario baño de humildad.
Pero se nos insistía en que lo mejor era la espera,
la no provocación, porque el ruido de sables impedía negociar con la
«burguesía democrática». Se nos decía que la impaciencia
ultraizquierdista de Rosa Luxemburg al decir que «quien no se mueve no
siente las cadenas», sólo reforzaba al búnker porque la gente tenía
miedo a la represión y, además, era cierto aquello que «más vale malo
conocido que bueno por conocer».
La «izquierda» explicaba exultante que
ya no existían fuerzas represivas sino «trabajadores del orden», que con
un SÍ a la «democracia» resolveríamos todos los problemas; al poco esa
«izquierda» disciplinó a sus bases amenazando que «quien se mueve no
sale en la foto»
. Y aceptó y pactó a la baja lo que el capital quiso:
unidad española, propiedad privada, continuidad reforzada del Estado
terrorista, monarquía e Iglesia – «dios nos lo da, dios nos lo quita»,
«dios aprieta, pero no ahoga» … ¿y si ahoga? -, amnesia social y mentira
histórica, desindustrialización para «entrar» en Europa y
empobrecimiento para enriquecer al capital…
Un diluvio de hielo apagó en
muchos sitios el fuego de la libertad, y el grueso de la izquierda
renegó de la esencia político-militar del marxismo.
Desde la segunda mitad de los ’70 el capitalismo
lanzó una contraofensiva mundial destinada a recuperar la tasa de
ganancia, destrozar a la URSS y derrotar la lucha de clases en su
generalidad, en especial a las organizaciones armadas. La amnesia
social, el abandono de la teoría y la moda post creada por la industria
político-cultural, han extirpado de la historia reciente la tenaz
resistencia del proletariado.
A la vez, los efectos de la
desindustrialización y del fetichismo de la mercancía se sumaron a los
del reformismo. Todo ello logró que el capitalismo se recuperara mal que
bien sobre un rastro de sangre y devastación, con la euforia del
aplastamiento de la URSS ocultando que ello fue debido más a razones
internas que externas.
La sucesión de subcrisis y crisis parciales cada
vez más frecuentes e intensas, fue ignorada por la burguesía y eran
ridiculizados los pocos marxistas que advertían de la proximidad de la
debacle que, como sabemos, estalló a finales de 2007. En las dos últimas
décadas, el capitalismo ha cambiado en sus formas, ha desarrollado
contradicciones nuevas y lo que es peor, ha agudizado al extremo su
esencial irreconciliabilidad con la vida.
Ahora, sobre este desierto, avanza el neofascismo; la
represión ha culminado con éxito el asesinato legal de Oier Gómez;
aumenta el número de prisioneras y prisioneros políticos y sociales, y
de exiliadas y exiliados; planifica el encarcelamiento de Nines Maestro,
María Barriuso y Beatriz y de muchas otras personas de bien,
sindicalistas, periodistas, militantes…; ahora, el Estado ha endurecido
su ataque a GARA buscando cerrarlo para siempre: se equivocan quienes
reducen este golpe a un simple problema de libertad de expresión, lo
mismo que se equivocaron quienes simplificaban la brutalidad contra la
juventud de Altsasu a un hecho aislado del contexto vasco, o quienes
niegan la función estratégica de la ofensiva contra los gaztetxes o la
ferocidad patronal contra el movimiento obrero y sindical, o los ataques
a la cultura popular vasca; ahora se perciben mejor que nunca antes los
límites insuperables de las «nuevas» estrategias, estatutos, partidos,
confluencias y ciudadanismos, mareas…
Hay que golpear lo más posible al pueblo trabajador
en la medida en que éste se deje, pero las luchas proletarias en Euskal
Herria indican que no se deja, o al menos resiste en parte. Hay que
aplastar a otros pueblos para saquearlos: la burguesía vasco-española
anhela la inmediata «reconquista» de Venezuela.
Hay que estrujar la
propia tierra vasca y la burguesía se salta sus limitadas leyes
medioambientales siempre que puede. Hay que manipular a la población, y
EiTB y la prensa se vuelcan con ahínco en ello. ¿Por qué?
Porque la economía ha llegado al límite del
crecimiento: así lo dice nada menos que Janet Henry, importante analista
burguesa. Scholz, ministro alemán de Finanzas, asegura que se ha
acabado la época de las vacas gordas, mientras que China registra la
tasa de crecimiento más baja desde 1990.
La Eurozona crece un 1,8% en
2018, la tasa más baja en cuatro años, Italia también entra en recesión,
Francia se estanca, el Brexit amenaza los cimientos, y, en privado, se
reconoce que el crecimiento yanqui es artificial.
La prensa española
grita alborozada que crece un 2,8% sin reconocer que para la economía
convencional un aumento del PIB de entre 2,5% y 3% es ya una «recesión
técnica», que ese aumento se sostiene sobre el empobrecimiento masivo,
que no aumenta la productividad y que, por no extendernos, el
capitalismo estatal español ha retrocedido del puesto 8 en 2009 al 14 en
2017 y se discute si retrocederá al 15 o 16 en 2021.
Se nos promete que
la tecnociencia nos salvará, pero se rige por tres reglas vitales para
el capital: derrotar al proletariado, multiplicar la productividad y el
beneficio, y vencer en la guerra cainita interburguesa; luego, si sobra
algo y según cuanta presión haga el pueblo, aliviar en algo sus penas.
Pues bien, en este nuevo contexto, se rescata la
fracasada estrategia y se nos dice que volvamos a creer en la
«democracia» tolerada por el capital como única forma de acción
política; que frente al neofascismo y la irracionalidad oscurantista al
alza, hay que aglutinar a las «fuerzas de progreso», desde el PSOE a la
CUP pasando por el PNV; que no son buenos los radicalismos que asustan a
la ciudadanía y que debemos esperar a mejores tiempos, a las famosas
«condiciones objetivas» para que entonces y sólo entonces la lucha de
liberación nacional de clase dirija desde la calle la acción en los
parlamentos españoles por muy autonómicos y forales que parezcan.
Mientras tanto, hay que esperar, pactar, consensuar. La capacidad de
autoorganización y de creatividad del pueblo debe ser supeditada a la
lenta burocracia institucional.
IÑAKI GIL DE SAN VICENTE
EUSKAL HERRIA 1 de febrero 2019.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
GRACIAS POR TU OPINION-THANKS FOR YOUR OPINION