El Estado ha pasado de tener 130 empresas públicas estatales participadas
mayoritariamente y de forma directa en 1985 a solo 16 en la actualidad.
Aunque ya muchos no se acuerden, España tuvo muchas y potentes empresas públicas que eran utilizadas para lograr determinados objetivos
de política económica (facilitar el crédito, proveer distintos bienes y
servicios, redistribuir la renta, etc.) al mismo tiempo que contribuían
a incrementar los ingresos del sector público, pues buena parte de
ellas registraban importantes beneficios.
Durante prácticamente todo el tiempo que
va desde el siglo XIX hasta los primeros años de democracia tras la
dictadura, la tendencia política por parte de los distintos gobiernos
fue la de mantener y fortalecer el cuerpo empresarial público,
convencidos de que era condición indispensable para poder alcanzar sus
objetivos de política económica así como para asegurar la solidez y
poder del Estado.
Sin embargo, la incorporación de nuestro país a la
Comunidad Europea supuso un importante punto de inflexión en la citada
trayectoria. Los principios neoliberales que ya impregnaban fuertemente
las instituciones europeas se basaban en la liberalización de
prácticamente todos los sectores económicos así como en la reducción del
tamaño del sector público en favor del privado.
En consecuencia, la
integración comunitaria vino de la mano de la liberalización económica
y privatización progresiva de las empresas públicas españolas.
Este cambio de tendencia se acentuó
notablemente en 1992 con el Tratado de Maastricht, ese documento que
sentaba las bases para la introducción de la moneda única.
Puesto que
uno de los requisitos para poder formar parte de la Unión monetaria era
tener un déficit público inferior al 3% del PIB, el
gobierno de Felipe González encontró la excusa perfecta para vender
algunas joyas de la corona, ya que los ingresos obtenidos servían para
reducir el déficit.
Entre 1988 y 1996 se vendieron participaciones
importantes de grandes empresas públicas, entre las que destacaron
Endesa, Repsol, Argentaria (parte de BBVA hoy día), Ence y Telefónica, y
que llenaron las arcas con más de 16.809 millones de euros (constantes
de 2015).
En 1996 llegó el Partido Popular al
gobierno y, lejos de atenuarse, esta tendencia se intensificó. El
ejecutivo de Aznar diseñó un programa de privatizaciones y estas se dispararon.
Se vendieron total o parcialmente 76 empresas públicas que conllevaron
la recaudación de 53.908 millones de euros (constantes de 2015). Las
empresas afectadas, además de las ya mencionadas, fueron Gas Natural,
Aldeasa, Aceralia (actualmente parte de Arcelor-Mittal), Tabacalera
(parte de Imperial Tobacco), Indra, Red Eléctrica, Iberia y AENA.
El Estado pasó de tener 130 empresas
públicas estatales participadas mayoritariamente y de forma directa en
1985 a solo 16 en la actualidad. Y de 800 empresas en 1985 con
participación indirecta o minoritaria a tener solo 100.
La participación
del Estado en el mercado bursátil pasó de ser el 16,64% en 1992 a
representar solamente el 0,34% en 1999.
En la actualidad este peso ha
aumentado ligeramente hasta el 1,89% debido exclusivamente a que AENA
(de la cual el Estado es propietario en un 51%) comenzó recientemente a
cotizar en bolsa, pero no porque el Estado haya aumentado su
participación en el sector empresarial.
Estamos hablando de una dilapidación astronómica de patrimonio público que,
aunque a corto plazo generó mucha recaudación, a medio y largo plazo
dejó al Estado sin posibilidad de obtener nuevos ingresos (pues las
empresas que se vendieron fueron, lógicamente, las más rentables) y
también sin herramientas para poder llevar a cabo su política económica.
Esto último es importante porque las
empresas públicas vendidas operaban en sectores profundamente
estratégicos en términos económicos, políticos, productivos,
financieros, medioambientales y de movilidad: el 42% de las empresas
vendidas pertenecían al sector energético, el 17% a transportes, el 16% a
telecomunicaciones, el 13% a industria y el 8% al sector financiero.
Evidentemente, cualquier intento del Estado por influir en dichos
sectores estratégicos se encuentra hoy día mucho más limitado que
entonces.
Pero aunque la Unión Europea haya
estimulado y facilitado las privatizaciones, es importante entender que
los gobiernos españoles fueron mucho más allá que el resto de países.
De
hecho, y tal como se puede ver en el gráfico, España es el país de toda
la Unión Europea que menos empresas públicas tiene (medido en valor de
mercado), y con diferencia.
España, desgraciadamente, fue el mejor
alumno del neoliberalismo, y hoy sufrimos sus consecuencias: menos
obtención de ingresos públicos y menos control sobre sectores
estratégicos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario
GRACIAS POR TU OPINION-THANKS FOR YOUR OPINION