Venían del infierno
que son sus vidas en las granjas e iban al infierno de un matadero. El
trayecto también era infernal: amontonados en un camión, sin espacio ni
aire, acaso doloridos por las fracturas de patas o costillas que les
hubiera producido el trato violento de quienes manejan sus cuerpos para
sacarlos de los corrales de engorde o las jaulas de gestación,
conducirlos por un pasillo, hacerlos subir a esos camiones.
Digan lo que
lo digan los explotadores de la industria porcina y diga lo que diga
un bienestarismo colaborador, solo hay una manera de manejar los pesados
cuerpos de unos cerdos que se resisten al abuso y la muerte: por la
fuerza. Como mínimo, empujones. Las investigaciones activistas siempre
desvelan que hay, además, golpes, patadas, puñetazos, descargas
eléctricas. Explotación y violencia.
Los
cerdos que el lunes sufrieron un accidente muy cerca de Zaragoza eran
individuos tan desgraciados que entre un infierno y otro infierno se
encontraron con el infierno añadido de un accidente de tráfico.
Un
accidente que puede formar parte, como sucedió en la autopista aragonesa
AP-68, de esa cadena de explotación y violencia: no es la primera vez,
ni por desgracia será la última, que vuelca un camión cargado de
animales que, ya exhaustos y contra su voluntad, llevan al matadero.
Los
cerdos del accidente del lunes no tuvieron siquiera la oportunidad de
no sufrir más de lo previsto, la triste suerte de no padecer ese
accidente que sumó dolor a su dolor, pánico a su pánico.
En El caballo de Nietzsche hemos recibido fotos y vídeos
de la catástrofe realizados por el fotoperiodista Aitor Garmendia /
Tras Los Muros, así como declaraciones de una activista que acudió al lugar de los hechos para recabar una información que tenga en cuenta a las principales víctimas del accidente: los cerdos.
Las noticias oficiales, difundidas por una conocida agencia y reproducidas por varios medios, solo confirman que el conductor del camión resultó ileso y que los bomberos "rescataron" a los animales que quedaron atrapados entre los hierros o bajo la caja del vehículo en el que estaban siendo transportados a su muerte segura.
Los rescataron para cargarlos a otro camión de la muerte.
Esa información oficial nada dice de los gritos desgarradores de los animales heridos ni de las convulsiones que otros sufrían en su agonía. Las imágenes, de gran dureza, y los testimonios que hemos recibido remiten, sin embargo, a una escena dantesca.
Los testigos no han podido
precisar si las veterinarias que se personaron ayudaron a morir allí
mismo, mediante aturdimiento y eutanasia, a los que estaban sufriendo de
manera visible. Refieren un sufrimiento extremo.
Accidente camión cerdos Zaragoza
Un camión que transportaba cerdos al matadero desde las granjas de
explotación de la industria cárnica volcó en una autopista de Zaragoza.
Hubo muchos muertos y heridos que agonizaban entre hierros. Los
supervivientes fueron cargados en otro camión que los conduciría a la
muerte prevista.
[El siguiente vídeo contiene escenas de sufrimiento extremo]
*
Los agentes trataron de impedir que se tomaran las fotografías y vídeos
que publica El caballo de Nietzsche en eldiario.es, realizados por el
fotoperiodista Aitor Garmendia / Tras los Muros
La sangre, los gritos, los cadáveres dispersos por
una cuneta son impactantes. Pero impacta también ver a los cerdos que
han resultado ilesos y caminan por esa cuneta, pensar que es la primera
vez en toda su vida que han salido al espacio exterior, que están al
aire libre, que les da el sol y olisquean la hierba y pisan la tierra.
Impacta que su única, exigua libertad haya sido esa, pavorosa y fugaz.
Otro camión ya había llegado para cargarlos de nuevo y llevarlos a un
destino que ni el contratiempo pudo evitar. Los heridos, los
agonizantes, los muertos eran la imagen del horror. Los vivos, los
indemnes, también.
Los testigos pudieron ver cómo los
atrapaban con lazos de captura. Pudieron ver cómo a los que no se movían
los echaban a un remolque, aunque nada garantiza que no estuvieran aún
vivos. Pudieron hacer fotos y grabar vídeos, pero con muchas
dificultades: todas las personas implicadas (agentes de la guardia
civil, de protección civil, veterinarias) les insistieron en que allí no
podían estar.
Un agente permitió al fotoperiodista hacer algunas fotos,
"pero rápido". El conductor del camión exigió que no se identificara ni
la matrícula ni la empresa a la que pertenece.
Con la
excusa de que impedía el paso, la activista, que había detenido su
coche en un camino que va en paralelo a la AP-68, fue obligada por la
guardia civil a abandonar el lugar cuando un responsable de Abertis,
empresa contratada por el Estado para gestionar la autopista, alegó que
se encontraba en una propiedad privada.
Ni, por supuesto, es privada una
autopista del Estado ni lo es un camino público, pero son muchas, y
entre muchos, las complicidades que establece la explotación de los
animales.
El lunes murió un puñado de individuos a los
que iban a matar. Murieron antes de que los mataran.
Cada uno de esos
individuos quería conservar su vida y no sufrir un final tan atroz. Fue
al borde de una carretera, entre los cuerpos inertes y los gritos de sus
compañeros de especie.
Pero iba a ser después en las instalaciones que
la nuestra, nuestra especie, destina a su ejecución.
Miles de cerdos
mueren cada día, con accidente o sin él. Son matados por la industria
que se enriquece con ellos gracias a nuestro consumo.
En la cadena que
dispone de sus cuerpos desde el nacimiento hasta la muerte, hay además
accidentes que añaden infortunio a la injusticia.




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