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Una niña migrante originaria de Guatemala relata, llorando, cómo fue la separación de su madre en Estados Unidos por la política de tolerancia cero.
Niña, migrante, pobre y madre forzosa
¿Cómo te sentirías si con trece años,
siendo migrante indocumentado, encarcelaran injustamente a tu madre y
dejases la escuela para cuidar a tus hermanos?
Esto plantea Pau Ortiz
(Barcelona, 1982) en Al otro lado del muro, documental sobre emigrantes centroamericanos en México en espera de poder llegar a EEUU.
El asunto no es nuevo: en octubre de
2018, en San Pedro Sula (Honduras), miles de migrantes formaron una
caravana para huir de la pobreza y la violencia de las maras —las bandas
criminales— y buscar una vida mejor en EEUU (el éxodo grupal parecía
menos arriesgado que el individual, hasta entonces predominante).
Luego, ha habido otras caravanas: de la
última, organizada en el pasado enero, apenas si sabemos los obstáculos
que les impusieron en Guatemala, primero, y en México, después, por la
amenaza de Donald Trump de elevar aranceles a las exportaciones de los
países que no frenen la emigración.
Trump aprovechó además la pandemia para
reducir drásticamente la aceptación de demandas de asilo y dificultar
aún más la entrada de migrantes, los cuales andarán malviviendo en
territorio mexicano, pues retornar a Honduras suele ser su última
opción.
Al otro lado del muro nos sitúa
ante este problema, con el caso de Rocío y Alejandro, migrantes
hondureños de trece y dieciocho años, residentes en Chiapas, que deben
ocuparse de sus hermanos menores cuando a su madre la encarcelan por una
maniobra electoralista del gobernador.
Rocío deja la escuela y se dedica a
cuidar de los pequeños. Alejandro, a punto de tener un hijo con Olga
—otra migrante hondureña—, aparca el sueño de ir a EEUU y busca un
empleo que dé para alimentar a la familia.
Los conflictos surgen pronto: Rocío se
cansa de limpiar, cocinar y lavar para sus hermanos. Rocío ama pero
también odia a Alejandro por la responsabilidad que este deposita en
ella, y a él, en proceso de regularización, le frustra no encontrar
trabajo bien remunerado.
Los hondureños no son precisamente bien
acogidos en México: en la pirámide clasista —y xenófoba— te desprecia
quien está encima y desprecias al que está debajo.
Con todo, Al otro lado del muro es
una historia de esperanza, así como un estudio de las relaciones
familiares en un contexto tan duro como inhabitual en nuestro primer
mundo (imposible no admirar a sus protagonistas —en especial, a la
inteligente y bienhumorada Rocío— y no ser conscientes de nuestros
privilegios por haber nacido en un país rico).
Ayelet Shachar lo llama “lotería del
derecho de nacimiento”: nuestro mayor —o menor— activo es la
nacionalidad que adquirimos al nacer.
Esta determina nuestro nivel de
bienestar mucho más que nuestro esfuerzo, familia y formación.
Un
ciudadano suizo, solo por el hecho de ser suizo, tiene muchas más
posibilidades de disfrutar de bienestar a lo largo de su vida que un
hondureño.
Pero “quienes nunca han estado en situación límite no valoran
lo que tienen”, dice Alejandro.
El documental, de poco más de una hora
de duración, abarca año y medio.
Los protagonistas maduran física y
psicológicamente. Rocío, sin abandonar sus obligaciones, vuelve a la
escuela, pero aún no tiene tiempo libre. Además, le gusta un chico.
El
patriarcado asoma: Alejandro, por miedo a que Rocío se embarace, no le
permite verlo (“¿qué diría mami si te embarazan siendo yo tu
responsable?”)
Como espectadores pensamos que ella
debería salir, divertirse. Alejandro es trabajador, sacrificado, buen
padre y hermano. Aunque en parte lo entendamos, no es justo que sea
implacable con ella.
¿Por qué somos tan exigentes con quienes mejor nos
tratan? ¿Por qué desahogamos en ellos nuestras frustraciones? Deberíamos
planteárnoslo a diario.
Rocío y Alejandro, en condiciones infinitamente
peores que las nuestras, lo hacen.
Solo por tener su ejemplo ya merece
la pena ver este documental.
Por Gonzalo Gómez Montoro. Domingo, 5 de julio de 2020


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