Rajoy desgranaba los ingredientes del veneno neoliberal y las bancadas de la derecha aplaudían y jaleaban orgásmicamente cada una de las medidas, como hooligans cegados por el olor de la sangre social. El clímax llegó cuando le tocó el turno a las organizaciones sindicales: menos dinero, menos delegados, menos recursos… Menos herramientas para aquellos que dependen de su fuerza de trabajo para sobrevivir y pervivir. Cuando se anunció la rebaja de la prestación por desempleo, la diputada popular por Castellón, Andrea Fabra, que aplaude extasiada, grita en referencia a los parados afectados "¡que se jodan!". Ante esta actitud, me pregunto qué pasará por la cabeza de los parados que dieron su voto al PP.
No deja de ser una negra paradoja que los hijos y nietos ideológicos de la dictadura muestren su cara verdadera sin rubor alguno y aplaudan el dolor ajeno, aquello que no es aplaudible y, con más ahínco todavía, cuando va dirigido a los sindicatos: hijos y nietos de los que perdieron la guerra, sufrieron el exilio, la muerte y, décadas más tarde, soportaron lo indecible para construir unos derechos democráticos que hoy, a golpe de decreto, están a punto de desaparecer. Nada que ver con las lágrimas de aquella ministra italiana de trabajo que rompió a llorar en diciembre de 2011, cuando anunció un paquete de medidas de 25.000 millones de euros. Lo que prima en esta derecha tan castiza es, ya se sabe, la furia y la testosterona ibérica, que forman un perfecto cóctel identitario con la charanga y la pandereta machadiana.
Siguen las paradojas históricas: mientras este triste espectáculo acontecía en sede parlamentaria, los mineros y los ciudadanos eran apaleados por la policía en una especie de eco que nos recuerda que los parámetros de esta derecha no son tan distintos de los de aquella CEDA que masacró la revolución de Asturias durante la Segunda República. La guerra de clases está servida, en este caso bajo la forma de dos modelos. Uno ya lo vamos conociendo: la Europa neoliberal de centros y periferias económicas, dónde cada parte tiene acotado el trozo le toca de la riqueza, y la banca, los lobbies económicos y los especuladores siempre ganan a costa de una ciudadanía relegada a ser un instrumento en sus manos. Para ir en este tren, vale más la pena bajarse de él.
El otro modelo está por hacer: se trata de dar la vuelta a la tortilla y construir una Europa política y social, que ponga la economía al servicio de la ciudadanía y no al revés. Pero tan importante es el qué como el cómo: hay que forjarlo desde la democracia y la participación social, sin esperar que nadie lo haga por nosotros y eso, en nuestro caso, tiene dos nombres: movilización (hasta donde haya que llegar) y urna. Volviendo a Machado, tenemos la razón, la maza y la idea, es cuestión de empezar a caminar. ¡Que se jodan ellos!

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