Tiene mucho mérito que España haya logrado colarse en la última misión a Marte teniendo en cuenta que nuestro último gran descubrimiento es la fregona. Dicen que se trata de una estación meteorológica pero el aparato parece más bien un consolador casero o un grifo en horas bajas, lo cual no es de extrañar visto el presupuesto con el que cuentan nuestros científicos. “¿Para qué es ese consolador, Peláez?” “No es un consolador, jefe. Es un instrumento que mide los niveles de humedad en la superficie marciana”. “Tú eres tonto, Peláez, haber dicho que era para el sobaco de Messi y seguro que nos daban una subvención”.
Hace poco un físico español desperdició una prometedora carrera de camarero en la Costa Brava para ganar una absurda beca de estudios en una fundación estadounidense. El nivel es bajo, muy bajo. Aquí siempre hemos sido de letras, mayormente bancarias. Cuando le dijeron a Rajoy si quería ayudar a que España aportara su granito de arena en una futura expedición al planeta rojo, el hombre se rascó el bolsillo para ver si llevaba algo suelto antes de preguntar alarmado: “¿Rojo? ¿Pero es que en Marte hay comunistas?”
Hace sólo unas décadas la odisea del Curiosity hubiera paralizado al mundo, pero hoy día una nave que cruza un abismo entre planetas nos hace bostezar: no puede competir en popularidad con un jamaicano apurado. El tamaño sí importa: unas centésimas de segundo nos ponen mucho más que quinientos millones de kilómetros a pelo. Y nos hemos acostumbrado a los milagros hasta el punto de que ya no bautizamos los viajes espaciales con nombres de dioses griegos. Nada de Apolo: curiosidad y punto, como si explorar las cuevas de Marte fuese lo mismo que husmear las bragas de Belén Esteban. Si en el cráter Gale en vez de un misterio cósmico hubiera terreno urbanizable, fijo que los españoles ya habríamos enviado una misión diplomática con tres o cuatro concejales de urbanismo y una hormigonera.
Gallardón le habría cedido unos terrenos a Florentino Pérez para que levantara una sucursal del Bernabeú y el Pocero ya estaría trazando los planos de Nueva Seseña.
Lamentablemente, todavía queda mucho trabajo por hacer: en Marte no hay agua corriente ni de la otra, tampoco electricidad, de manera que los españoles tendremos que esperar sentados a que los países serios desbrocen el terreno, abran autopistas de peaje y monten bares de carretera. Ya nos llamarán después, cuando hagan falta futbolistas y putas, que es en lo que nosotros invertimos el dinero.
¿Por qué no salen atletas así en España?Dos niños, Kirani James y Luguelin Santos, gobiernan una magnífica final de 400 metros
Kirani James de Grenada celebra al ganar el oro en la prueba de 400 metros
¿Por qué no salen atletas así en España? Quizá sea una pregunta abusiva y sin demasiadas buenas intenciones en estos tiempos. Pero el ganador de la final de 400 metros fue un joven que hasta el 1 de septiembre no cumplirá 20 años y que se ha criado en Granada, esa isla del Caribe en la que uno sólo imagina playas, submarinismo, corales y caballitos de mar. Se trata de Kirani James, que el año pasado en el Mundial de Daegu ya derrotó al mítico LeShawn Merrit, lesionado esta vez y campeón olímpico hace cuatro años en Pekín.
Kirani James, sin embargo, apunta una maravillosa época. Las voces más valientes ya quieren hacerle primer ministro de su país. Pero Kirani por ahora prefiere la pista de atletismo, donde no le importan rivales chulescos como el dominicano Luguelin Santos, cosa que a esas edades siempre se puede disculpar. Santos también es un niño y, nada más terminar la semifinal, en la que ganó con 44.78, dijo que había sido "suave" y que el que quisiera ganarle en la final debía hacerlo en 43".
Y no se equivocó.
James se aplicó como si fuese un estudiante de la universidad de Oxford. Gobernó la final, con autoridad imperial y, naturalmente, bajó de 44 segundos (43.94). Hizo la mejor marca de su vida. Luguelin Santos cedió ante ese ciclón (44.46). Su mérito estuvo en conservar la plata frente a Lalonde Gordón, atleta venido de Trinidad Tobago que en semifinales había hecho 44.58, la marca de su vida. Pues bien, en la final, tuvo que bajar a 44.52 ante la amenaza de los hermanos Borlee, Jonathan y Kevin, que seguramente merecieron más. Y, en cualquier caso, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué no salen atletas así en España? ¿acaso todavía existe la censura?
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