Indignados acampan en Sol contra la corrupción del PP y llaman a más movilizaciones
Un grupo de manifestantes pasó la noche en la madrileña plaza. Hay convocadas más protestas
Si bien será necesario probarlo judicialmente, sus efectos políticos deberían ser inmediatos. No es posible, no debería ser posible, continuar gobernando con tal carga de sospecha a la espalda. El nombre de Mariano Rajoy queda condenado a la horca política, manchado de engaño y deshonor. No puede tratarse de una calumnia colectiva, de un artificio contable cuidadoso y monumental, de una maniobra de desestabilización y venganza. Son ciertos a los ojos y criterio de los españoles.
Y no debe ser necesario esperar a las resoluciones judiciales, a las que incuestionablemente tienen derecho tanto Mariano Rajoy como el resto de aparecidos en los papeles, lo más granado del PP. España no puede continuar con esa infamia albergada en el pensamiento de sus ciudadanos. Por ética, por dignidad, por decencia. Es un presente que Rajoy tiene que ofrecer a los españoles si aún quiere que su salida del poder no le deje marcado como grave ofensor a España, si no quiere quedar sometido a la chacota y al escarnio público. No ha robado, no es un ladrón, no es un delincuente distinguido, como tantísimos. Simplemente se descuidaron, él y sus compañeros de partido, en el rigor de la buena conducta y administración exigidas. Cobró por cauces indebidos, según parece.
Si dimite se habrá hecho un gran favor a sí mismo, y al partido, y habrá demostrado el mínimo requerido a un político. Si no lo hace, se hundirá en el pantano movedizo de la incuria y la abyección y su nombre quedará escrito en la historia de la infamia política. Él elige, mientras la máquina judicial se pone en marcha. Peritos calígrafos, testigos, careos, documentos adverados, informes de la Agencia Tributaria, auditorías judiciales, comenzarán a inundar España, antes de que oficialmente se sepa si la verdad jurídica coincide con la política. Yo no quiero ese final, yo no quiero que lo condenen penalmente, quiero que se vaya.
Los periodistas se enfadaron mucho porque el sábado el presidente, en vez de recibirlos, les puso una película. La sospecha de que, en lugar de un presidente, tenemos un actor que hace de presidente se volcó a través de una exhibición de transparencia churreteada en una pantalla de plasma. Mariano hablaba y hablaba, pero quién sabe desde dónde y desde cuándo. Salvo por ciertos detalles que quizá fueron añadidos después, en la sala de montaje, las declaraciones presidenciales pudieron haber sido hechas en los primeros días del Gürtel, tras una mariscada fallida o en una partida de cartas en Sanxenxo. “Es falso” dijo Mariano, pero no especificó si se refería al cuaderno de Bárcenas, a la letra de Bárcenas, a las cuentas de Bárcenas o a Bárcenas.
Para el caso, Mariano podía llevar muerto un año. Es una posibilidad que no hay que desdeñar, más allá de su evidente estado de putrefacción. En cualquier caso, vivo o muerto, la del sábado fue la primera comparecencia post-mortem de un presidente en la democracia española, una videoconferencia desde el más allá, ese lugar misterioso donde los millones crecen solos y la contabilidad las lleva en libretas de hule un señor con pinta de director de pompas fúnebres, un señor que a veces está y otras no, que residía en Génova como un fantasma a tiempo parcial y escalas en Suiza.
Era extraño ver a la prensa revoloteando en torno a la pantalla donde juraba Mariano, una irrealidad a la tercera potencia, aumentada por la tele de casa, donde lo veíamos y nos frotábamos los ojos, lo oíamos y no nos lo creíamos, al estilo de apóstoles sin fe. Entonces, en mitad de una democracia vía satélite, Mariano resucitó de entre los corruptos. Este es mi cuerpo, tomad y comed. Esta es mi declaración de la renta, tomad y creed.
Si lo de Mariano no fue una ouija ni una resurrección, entonces fue un corta y pega, un especial navidad pasado de fecha con los mejores momentos presidenciales, no muy distinto de esos collages que corren por internet donde Mariano defiende las bodas gays, prácticamente el único punto de su programa que se mantiene intacto. Si Goebbels decía que una mentira repetida mil veces se transforma en verdad, Mariano miente de mil formas distintas (las pensiones, la educación, la sanidad, los impuestos, lo que le echen) para que, cuando lo trinquen en una, él ya esté patinando sobre otra. Le tocó hacerlo además, por exigencias del guión, en el 70 aniversario de la rendición de Stalingrado, una espantosa batalla de desgaste que supuso el comienzo del fin para el imperio nazi.
Pero Mariano, tozudo como él solo, ha seguido adelante donde von Paulus tiró la toalla, recordando que, Stalingrado aparte, también era el Día de la Marmota. “La sombra de la sombra de un indicio” dijo, parafraseando a Platón, a Lázaro resurrecto y a la marmota Phil. Mariano salió de la cueva, vio su propia sombra y auguró tres años más de mal tiempo.


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