
Ricos, porque ellos lo valen
Beatriz Gimeno
El otro día me pasaron este vídeo que
me pareció interesante y que puede hacernos reflexionar algunas cosas; y
eso a pesar de las limitaciones que tiene un experimento de este tipo.
Este video permite jugar a hacer comparaciones entre lo que en él se va mostrando y las situaciones que vivimos en España. Desde la persona inmensamente privilegiada que delinque porque nunca parece tener bastante, como Urdangarín, hasta todos...
El
vídeo muestra los resultados de un estudio realizado en la universidad
de Berkeley que parece demostrar que cuanto más rico se es, existe una
mayor tendencia a saltarse la ley; a ser más ladrón, más insolidario, a
considerar que todo te pertenece, que las normas elementales de
convivencia no te afectan. Esa es, por otra parte, la percepción que la
mayoría tenemos y en la que nos reafirmamos todos los días. Lo cierto es
que a pesar de la propaganda con la que nos bombardean, los ricos
delinquen más que los pobres. Los ricos delinquen porque consideran que
el mundo es suyo y que pueden hacer exactamente lo que quieran: desde
saltarse las normas de tráfico a robar; desde mentir para sacar provecho
a comerse los caramelos de unos niños. Por una parte su riqueza les
proporciona no sólo sensación de invulnerabilidad, con razón, sino
también un cierto “desapego ético” respecto a la norma. Los ricos suelen
pensar que si una norma coarta alguno de sus comportamientos es la
norma la que está mal, no su comportamiento. De ahí que los ricos que
comenten, por ejemplo, fraude fiscal, no sientan ningún tipo de
vergüenza ni de culpabilidad.
Este video permite jugar
a hacer comparaciones entre lo que en él se va mostrando y las
situaciones que vivimos en España. Desde la persona inmensamente
privilegiada que delinque porque nunca parece tener bastante, como
Urdangarín, hasta todos esos ricos que conducen sus coches convencidos
de que a ellos no les aplican las mismas normas de tráfico que a los
demás, tipo Esperanza Aguirrre y tantos otros. Desde personas con mucho
dinero, como Lucía Figar, capaz de quitar el cheque guardería a miles de
familias que lo necesitan con una mano al tiempo que se adjudica para
sí los 1100 euros con la otra, hasta tantos y tantos empresarios capaces
de saltarse todas las leyes por algo que a priori parecería que no
merece la pena.
El experimento intenta
explicar cómo la mente de los ricos, así como todas nuestras referencias
sobre lo que es bueno o malo, así como la percepción que tenemos de
nosotros mismos, está condicionada por la riqueza. Los ricos piensan que
se lo merecen todo y los pobres piensan que es así, que la gente que es
rica es porque se lo ha ganado. Hay todo un sistema cultural que
configura nuestra manera de pensar para que no nos demos cuenta de que
las cartas están marcadas desde el principio. No es extraño que muchos
medios de comunicación norteamericanos reaccionaran de manera virulenta
ante este sencillo estudio que parece tan obvio. En realidad, el estudio
sólo demuestra que Marx tenía razón. Son las condiciones materiales las
que determinan la conciencia, tanto la individual como la social, así
que es normal que los ricos no se sientan nunca ni culpables ni
avergonzados y que tiendan a pensar que todo les está permitido; es que les estápermitido.
Para empezar las leyes
tienen a considerar delito lo que hacen los pobres, no lo que hacen los
ricos, hasta el punto de que ser pobre en sí mismo ha sido considerado
históricamente algo sospechoso, casi un delito cuando no un delito
directamente (algo que ahora de nuevo está comenzando a suceder).
Además, los delitos que cometen los ricos más a menudo están menos
penalizados que los que cometen los pobres. Lo vemos cada día. Está más
penado y hay más posibilidades de ir a la cárcel robar una cartera que
por robar 100 millones de euros; está mucho más penado practicar el timo
de la estampita en la calle que estafar con preferentes en un banco. Y
por último, si por las razones que sea, el rico se ve en el trance de ir
a la cárcel, es mucho más probable que le indulten a él y no al pobre.
También lo vemos cada día. Al mismo tiempo, los delitos que cometen más a
menudo los ricos se supone que no generan alarma –aunque tengan un
enorme coste social, aunque nos alarmemos muchísimo– mientras que el
sistema tiene mecanismos de sobra para generar alarma respecto a los
comportamientos de los pobres, aunque estos sean mil veces menos dañinos
desde todos los puntos de vista.
Esto es trasladable a
todos los campos sociales, especialmente al campo de las relaciones
laborales donde los ricos van a torcer todas las normas para
beneficiarse, porque como hemos podido de sobra comprobar –y en contra
de lo que a veces se piensa– los ricos nunca tienen bastante. No hay
cantidad pequeña por la que no merezca la pena cometer un delito, un
fraude o un engaño. Nos asombramos a veces al ver a una persona muy rica
que, lejos de conformarse con su situación de privilegio, se arriesga
para ganar aún más dinero y nos preguntamos: ¿no tenía bastante? No,
nunca es bastante. No quieren el dinero para vivir mejor porque llega un
momento en que puede ser difícil vivir mejor; la riqueza se convierte
en un fin en sí mismo.
Puesto que todas las
normas legales y sociales están hechas para favorecer a los ricos frente
a los pobres, es normal que aquellos tengan sensación de
invulnerabilidad. Esta manera de ser permanentemente favorecidos les
hace convencerse también de que las normas que les estorban son mucho
menos importantes, de mucho menos obligado cumplimiento, que aquellas
que les favorecen, que éstas sí nos obligan férreamente a todos. Es
decir, los ricos –y con ellos una parte de la sociedad– piensan, por
ejemplo, que la defensa de la propiedad privada a ultranza es una norma
básica, que en ningún caso puede violentarse o debilitarse, un pilar de
la sociedad; pero que, en cambio, saltarse las leyes que les obligan a
pagar impuestos es un delito menor que la mayoría comete (o lo intenta) y
justifica. A esta tarea contribuyen, naturalmente, todos los medios de
comunicación, que encuentran mucho menos grave y/o peligroso que
Berlusconi haya defraudado a la hacienda de su país 7 millones de euros,
o que el PP lleve años defraudando al fisco con una contabilidad falsa,
que el hecho de que una Consejera de Vivienda se salte una lista de
espera para dar techo a gente que está sin él.
Las consecuencias son
obvias: este es un sistema que culturalmente premia y favorece la
desigualdad así como oculta sus causas. Al mismo tiempo justifica y
naturaliza esa desigualdad hasta el punto de insertarla como un pilar de
la subjetividad, tanto de ricos como de pobres. Pero es también un
sistema que permanentemente cambia las reglas lo que haga falta, y con
ello todas las justificaciones pertinentes, para que aquellas favorezcan
a los que más tienen; que tuerce las leyes lo que haya que torcerlas
para que los delitos, sean cuales sean, de los ricos sean mucho menos
castigados que los delitos que los pobres son propensos a cometer.
Siempre ha sido así, desde luego. No hace mucho todavía se castigaba con
la horca robar un pedazo de pan, mientras que robar a los pobres no se
ha considerado nunca siquiera un delito punible. Cómo va a serlo si es
la base misma del capitalismo.
Desigualdad es lo mismo
que injusticia. No hay una desigualdad “natural” o neutral o producto de
la mala suerte o de circunstancias adversas, evitables o no, como
sostienen los liberales. La desigualdad requiere un concienzudo –y casi
siempre opaco– trabajo de injusticia para poder desarrollarse:
injusticia legislativa, injusticia económica, injusticia política etc.,
que dan como resultado exactamente lo buscado: desigualdad radical.
Desenmascarar este estado de cosas no es superfluo, es un trabajo
permanente y este pequeño video, que a algunos les puede parecer obvio,
contribuye a ello.
Beatriz Gimeno
Miembro del colectivo econoNuestra
Miembro del colectivo econoNuestra


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