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viernes, 29 de agosto de 2014

Sandra Barneda y la homofobia sigilosa


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Sandra Barneda y la homofobia sigilosa


La gente está siendo tan re-educada en la tontina de las redes sociales que ya no lee más allá de la primera frase o incluso se queda en el mero titular y se ha acostumbrado a dejarse el contexto y la comprensión lectora en el museo de “cuando podíamos leer un libro sin mirar el móvil cada 3 segundos”. De no ser así no se entendería la horda de borregos analfabetos ideológicos que han corrido a aplaudir a la colaboradora televisiva Sandra Barneda por su homófobo y contra-activista discursito soltado el pasado lunes en ese  programa desnortado que es Hable con ellas… si no se han despedido todavía o el del pinganillo le deja.


 Por si no sabéis a qué me refiero, he aquí la transcripción de su alegato en pro de los armarios que vendió como liberación y muchos medios ensalzaron como una valiente defensa contra la homofobia.



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Sandra, como te gusta que te llamen, tu discurso es pura homofobia con un bonito acompañamiento de populismo cobarde que acaba en pura homofobia sigilosa. En 2011 me estrené en este medio hablando de La homofobia sigilosa para denunciar esa cobarde y sofisticada nueva forma de estigmatizar, humillar y discriminar a los homosexuales haciéndolo pasar por aceptación y visibilidad; el PP y la Iglesia (especialmente el homófobo papa Francisco) son expertos en este engañoso doble mensaje que proclama simpatía mientras recrimina a la víctima su opresión y le tiende la mano para acompañarla a la guillotina si se arrepiente de sus pecados. Es ese perverso discurso que dice lo contrario de lo que dice, acudiendo al puro absurdo antagónico (te quiero porque te odio o quiero conocerte en tus silencios).



Ejemplo perfecto, el de la Iglesia (dicho nada más llegar por el homófobo papa Francisco) de “yo amo a los homosexuales, pero repudio su homosexualidad”; un oximorón esquizofrénico que suena a psicópata dándote puñaladas por “tu bien” y porque “te ama” y quiere liberarte de tu sufrimiento porque tienes el demonio dentro. 3 años después ya está plenamente instaurado en la misma comunidad gay. Principalmente a través de los absurdigays y los homocones mercenarios que cobran de la derecha para intoxicar y distorsionar la lucha gay.


Un ejemplo perfecto de ese mensaje contradictorio que empieza por proclamar lo que finalmente niega es ese asqueroso final en el que la absurdigay declara: “¿Si tú también te sientes orgulloso de quién eres, por qué marcas la diferencia?”. O sea, bonita, ¿que cuando te sientes orgulloso de quién eres el camino es esconderlo y negarlo? ¿Cuantas clases de filosofía, lógica y lengua te saltaste tú en el colegio? porque es la única explicación a ese absurdo sofisma que plantas para cerrar tu incongruente discurso. Si uno está orgulloso de lo que es lo demuestra diciéndolo, no asfixiándolo, escondiéndolo y matándolo para encajar en la generalidad porque te han dicho que eso es lo correcto.



Es lo que implicas en la segunda parte de tu sofisma (que se salta alegremente la segunda premisa necesaria: por lo tanto marco mi diferencia) que anima a “no marcar la diferencia” que es de lo que supuestamente estás orgulloso en la primera permisa ¿Eh? ¿Cómo se come esa contradicción? O sea que ser diferente es malo y debes evitar marcar la diferencia. O sea, amada Barneda, reina de los armarios, que nadie debe ser diferente…. ¿a qué? Obviamente a la etiqueta heteropatriarcal. Cuando aclaras que no eres heterosexual (la etiqueta que te imponen en cuanto entras en una habitación) es un paso en la libertad, el único modo de combatir las etiquetas. Pero Barneda aconseja todo lo contrario y lo hace diciendo que está en contra de las etiquetas.



Permíteme hablarte de etiquetas, endohomófoba (homofobia internalizada por los propios homosexuales) Barneda. Yo sé mucho de etiquetas, amor. Fui la primera drag queen declarada en España y en la televisión uno de los primeros personajes con sección propia que declaraba abiertamente su homosexualidad y la hacía central en su trabajo en 1994, cuando la visibilidad era vital y gastaba mi tiempo y energías en cosas tan simples como aclarar que los homosexuales no queremos ser mujeres o que una drag queen no es una transexual ni una transformista ni una travesti, o que la homosexualidad no es una enfermedad, o que las etiquetas como insulto son pura ignorancia… de hecho mi primera novela Escuela de glamour (publicada por todo lo alto en 2000 por Plaza & Janés, editorial generalista) se abría con el párrafo Si quieres clasificarme, es porque quieres negarme.


 Pero eso no va dirigido a las incómodas etiquetas castigadoras, va dirigido a todas y principalmente a la heteropatriarcal. Y si no quiero que me impongan esa etiqueta, tengo que definirme constantemente y usar las mías, las nuestras, “maricón pintado”, “locaza”, “bollera” (sí la usé mucho tiempo porque me pasaba media vida en el bollerío y me sentía más cercano a ellas que a ellos), “artivista”. Porque, y esto estaría bien que lo anotasen los que me critican por “inventar palabras”, el patriarcado nos intenta invisibilizar constantemente y el arma principal es no aceptar palabras que descubran que fuera de sus término homófobos, machistas, racistas, discafóbicos, existen mil realidades. Por eso tenemos que crear nuestras palabra, las que nos obliguen a la gente a reconocer lo que no se dice, lo que se esconde (“cristofascistas”, “absurdigays”, “gaypitalismo”, “endohomofobia”, “homocones”, “burgayses”, “oligayrquía”, “pinkwashing”, “homonacionalismo” “discafobia”, ésta de mi amado activista Victor Villar Epifanio).



Frente a esto, tu hipócrita y cobarde renuncia a las etiquetas lo único que está haciendo es imponer la etiqueta más castrante, violenta y dictatorial que existe: la de heterosexual. Lo que tu llamas “etiquetas”, en tu homófoba y cobarde aceptación del heteropatriarcado, es la disidencia, la periferia, todo lo que se salga de las etiquetas impuestas que tú tan felizmente aceptas: mujer, heterosexual, blanca, guapa, elegante, sumisa, discreta… esas que te gustan porque te hacen sentir aceptada, integrada en el sistema, incluida en el grupo… el único precio es negar tu realidad, tus etiquetas que contradicen esa mentira y que dan visibilidad y esperanza a tantas otras personas que viven asfixiadas por las etiquetas patriarcales. Las que tu aceptas pero no tildas de etiquetas.



 Aunque lo sabes, sabes muy bien, y juegas a ello, que cuando empezaste en la televisión dejabas ponerte la etiqueta de mujer (como lo entiende el patriarcado, claro), blanca, guapa, telegénica, delgada y, sobre todo, heterosexual. Tú te callas y sigues el juego porque te conviene. Jamás levantaste la voz para defender a los insultados con las que tu llamas “etiquetas” y que no son más que vida, visibilidad, supervivencia para no morir asfixiado con las imposiciones y mentiras del patriarcado. Ese es el juego de la homofobia, hacerse la tonta cuando se escucha un comentario .


De hecho tú nunca saliste del armario, te sacaron a patadas los medios, El Mundo en su sensacionalista lista de gays más influyentes y alguna entrevista.


Y cuando ya no había remedio y el trabajo te lo habían hecho otros y viste que en tu privilegiada posición no te perjudicaba tanto como pensaste, lo aceptaste a regañadientes y no hablaste mucho de ello.


El juego del sobreentendido que la derecha y el heteropatriarcado han impuesto. Esta es la lógica de la homofobia que Barneda propaga: “Se sobreentiende que eres gay, todos en esta habitación lo sabemos, pero lo que sobreentiende es que no debes decirlo en voz alta jamás, que debes hacer un enorme esfuerzo en ocultarlo, evitarlo, disfrazarlo.


 Eres el gay armarizado, eres el motor de industria de la homofobia que me hace tener un poder sobre ti, estar por encima de ti, ser tu verdugo en potencia en todo momento y convertirte en perenne victima.



 Y eso me gusta y es sólo posible por tu colaboración. Y lo único que podría destruir a cada minuto esa industria, esa tiranía, ese poder que me das, sería que me mirases a los ojos con orgullo y pronunciases las palabras: ‘soy gay, o maricón, o bollera (mucho más poderosos estos dos últimos), soy distinto a ti, no soy heterosexual; pero soy igual a ti y te exijo que me respetes”.



Pero no quiero olvidar lo más grave y ruín que haces en ese deplorable discursito, atacar al activismo y asociaciones que te han permitido vivir con la libertad y alegría que vives. Tu ataque es tan miserable y ruín que usas la terminología de los cristofascista: “lobbies”. De eso también sé mucho, los principales odiadores a sueldo de la derecha y la Iglesia me dedican insultos cada semana porque me han bautizado como el dirigente del lobby gay.



El primero es un becario de Intereconomóa, esa cadena tan poco homófoba que fue multada (al final no la pagó) por anuncios insultando y llamándonos enfermos, los segundos del programa de Intereconomía defendiendo al asqueroso panfleto cristofascista La Gaceta:


Shangay Lily

 

 

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