Dirán ustedes que me repito. Será de lo claro que hablo. 437
personas perdieron la vida en su puesto de trabajo durante los primeros
ocho meses de 2019. 437 personas que no han salido abriendo los
informativos, que no han sido protagonistas del programa de Ana Rosa ni
de Espejo Público. 437 personas que no han recibido ningún homenaje por
parte de las administraciones del Estado. Ninguna asociación de víctimas
llevará el nombre de ninguna de ellas.
Asumimos con total naturalidad y legitimidad que dos personas
fallezcan cada día en el Reino de España mientras están en su puesto de
trabajo.
Asumimos que tenemos que pasarnos la vida trabajando,
intentando conseguir un empleo, haciendo malabarismos para conservarlo,
cotizando para llegar (o no) a cobrar una pensión de mierda.
Y asumimos
que muchas de nosotras nos quedaremos tirada en el camino.
Si hubieran sido 437 personas las que hubieran perdido la vida entre
enero y agosto de este año por la acción de cualquier organización
armada, estaría decretado hace tiempo el estado de excepción.
Y el de
sitio. Las muertes por el denominado terrorismo nunca pueden ser
asumibles por el Estado, pero el Estado asume con total naturalidad y
legitimidad que cada año mueran más de 600 personas (652 en 2018) para
mantener el actual sistema económico de producción y consumo.
Y el
Estado hará lo que sea para que la opinión pública, o sea, usted y yo,
veamos como aceptable que la gente pierda la vida mientras intenta
disfrazar su hogar y a sus hijas de dignidad.
Para todo ello están los
medios de comunicación, los tertulianos, la legislación vigente y el
cuñado metido a empresario que en medio de una discusión en el bar,
palillo entre los dientes mediante, suelta un “es que los obreros no
quieren ponerse el casco y los guantes”.
Para normalizar esa violencia
estructural y legitimarla mientras criminalizan a raperos, tuiteros,
titiriteros, pensionistas, huelguistas, parados, inmigrantes y toda
aquella persona que ose disentir o se atreva a no permanecer en
silencio.
Hay víctimas que valen más y se merecen todo, y otras a las que hay
que sacar lo más pronto posible de la circulación.
Como las de los
accidentes laborales, las de la violencia machista, las de los abusos
policiales, las del terrorismo de Estado. Criminalizándolas si es
necesario.
Víctimas que pueden ser anónimas. O tan conocidas por
tratarse de su pareja, su padre, su madre, su hermana, su nieto, su
sobrina, su amigo. O usted y yo mismos.
Nuestra mente está colonizada de tal manera que sólo vemos violencia
en piedras que surcan el aire, contenedores que arden o raperos que
rapean.
Nunca la vemos en los motivos que llevaron a lanzar esa piedra, o
en las causas que obligan a buscar comida en esos mismos contenedores.
Toda esa violencia es inherente al sistema, toda la violencia diaria
estructural es la propia columna vertebral del sistema.
Hace ahora ocho años, el 20 octubre de 2011, ETA decretaba un alto al
fuego definitivo.
Desde aquel día desapareció para siempre la violencia
que la banda ejerció durante varias décadas.
El resto de las violencias
no sólo permanecen, sino que van en aumento.
http://mugalari.info/opin…/victimas-estructurales-legitimas/



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