Día 06/03/2011
Por su salto sin red desde la unidad de destino en lo universal al zapaterismo, Miguel Ángel Revilla, ex jefe del Sindicato Vertical, trata de edulcorar su pasado franquista.
Pero no cuela
Mírame a los ojos», se asegura que le ha llegado a decir
José Luis Rodríguez Zapatero a quien hace casi cuatro décadas invocaba
la unidad de destino en lo universal en la sede de la Jefatura Local del
Movimiento de Torrelavega. Franquista o joseantoniano, aliado del PSOE o
del PP, cualquiera de las camaleónicas versiones de Miguel Ángel
Revilla, presidente del Gobierno de Cantabria, está pasada por el tamiz
de su populismo personalista, un sarampión que cíclicamente rebrota en
la política española y que alumbra líderes como él, aupados en partidos
diseñados a la medida de sus ambiciones (en este caso, el PRC) y
mutantes según las circunstancias.
De unos años a esta parte Revilla no
solo es el compadre de las anchoas, sino también un leal lugarteniente
del jefe del Ejecutivo, e incluso el osado exégeta de los designios
monclovitas cuando airea las conversaciones de palacio y hasta se atreve
a aventurar que el de León repetirá como candidato del PSOE, por la
hombría de «inmolarse» ante un casi inevitable cambio de ciclo.
Lo de Revilla y Zapatero es una simbiosis en estado puro
por la que quien en sus pactos con el PP (entre 1995 y 2003) había sido
siempre segundo de a bordo, a la sombra de los de la gaviota (como
vicepresidente del Gobierno y consejero de Obras Públicas) , alcanzó
después la cumbre del poder autonómico gracias al apoyo de los
socialistas.
Una comunión de intereses en la que lo menos importante son
las biografías, aunque la de Revilla resulte extraordinariamente
reveladora.
Cuando hace unos días se le reprochó en «La noria» de
Telecinco su pasado franquista, con datos de hemeroteca, el presidente
cántabro, acorralado y estupefacto, reaccionó con airadas quejas ante lo
que interpretó como «una encerrona».
A toro pasado, ha asegurado que no
volverá jamás a ese programa televisivo y ha justificado su militancia
en el Movimiento como algo común en aquella época «entre la mayoría de
los jóvenes».
Una aseveración que ha sorprendido a quienes peinan canas y
saben sobradamente que, si bien el franquismo gozaba de un amplio grado
de aceptación, ni mucho menos «la mayoría» de la sociedad formaba parte
orgánica de él.
Y las contradicciones de Revilla al tratar de hacer digerir
esos hechos no acaban ahí, porque el dirigente cántabro arrastra
incongruencias mucho más graves.
En su reciente biografía «Revilla.
Políticamente incorrecto», obra de Virginia Drake, él mismo relata que
cuando estudiaba en la Universidad del País Vasco montó un sindicato
subversivo y antifranquista, hecho por el que llegaron a detenerle.
Pero
si cinco años más tarde le hicieron jefe del Sindicato Vertical solo
caben dos opciones: o ha mentido a la periodista o él ejerció como
chivato dentro de aquel grupo «rebelde», pues únicamente así se explica
que después le premiaran con un cargo de estricta fidelidad al régimen.
Porque lo que más está agrietando la figura de Revilla no
es la revelación de su pasión política juvenil, sino la evidencia de que
siempre ha manipulado el relato de esa parte de su trayectoria, entre
el momento en el que se licenció en Económicas y Empresariales por la
Universidad del País Vasco y su etapa de director de la sucursal del
Banco Atlántico de Torrelavega.
Ahí «tunea» su condición de jefe del
Sindicato en la de agitador antifranquista «desde dentro». Una versión
que no cuela: el 15 de julio de 1973 el «Diario Montañés» se hizo amplio
eco de una conferencia de Revilla sobre «España, en la encrucijada de
la Europa comunitaria» en la sede de la Jefatura Local del Movimiento.
No faltaron en ella las frases de la más pura ortodoxia: «Si somos una
unidad de destino en lo universal tenemos el pleno derecho a
proclamarlo, a mantener la soberanía de nuestro esquema institucional y
de nuestro contenido espiritual».
Y abundaba: «Tenemos una ideología que
siempre he pensado que era exportable, en función, naturalmente, de una
actualización del pensamiento de José Antonio».
Ese acto protagonizado
por el hoy presidente filosocialista de Cantabria había sido previamente
anunciada a bombo y platillo por el «Alerta»: «Se avisa a todos los
camaradas de esta Lugartenencia, Vieja Guardia, Sección Femenina, Frente
de Juventudes y público en general (...) para que asista a la
conferencia del camarada Miguel Ángel Revilla Roiz».
Tres décadas largas
después, en 2008, el PRC decidía no presentarse a las elecciones
generales y Revilla apoyaba sin ambages al PSOE; asistió incluso a un
mitin de Felipe González en Santander. Nuevo tributo en favor del
zapaterismo.
En ese devenir «progre», sin embargo, Revilla no ha logrado
desembarazarse del tufillo rancio de su verborrea. Cuando confesó en
septiembre de 2008 lo de «mojé por primera vez a los 18 años... y
pagando» rescató con una sola frase lo más mugriento y carpetovetónico
de una España ya enterrada.
Hubo protestas de diversos colectivos, pero
pronto amainaron porque Revilla ha gozado en estos últimos años del
cobijo del paraguas mediático gubernamental. Ahí prodiga su campechanía,
presume de la sencillez de su piso de ochenta metros cuadrados en
Astillero y ahora alardea además de que, franquista o no, siempre se ha
pagado sus trajes. O sea, sus muchas chaquetas.


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