En 1961, Leonardo Sciascia tuvo la osadia literaria de convertirse en el precursor de ese género que tomó relevancia universal con El Padrino y que, en prosa rasgada, Roberto Saviano ha rematado en la actualidad con pelos y señales y sangre. En su caso, no. El escritor nacido en Racalmuto confirmó que tuvo que realizar un hábil alarde de reducción narrativa para suprimir de la edición original nombres, situaciones y vías de escape que hubieran supuesto un problema grave en el mundo real a sus lícitas intenciones de seguir vivito y coleando. Algo que no existe, y si existiera nadie lo ha visto jamás, era y es capaz de agudizar el sentido de supervivencia frente a una máquina de escribir ó en una charla distendida de taberna. Es así, a pesar de todo. Si de una mayúscula a otra los carabineros enlazan el sentido de un asesinato a sangre fría, todos sus cabos se pueden ir deshilachando a la misma velocidad que el componente humano de las instituciones a las que representan (las que nos representan) tiran del otro lado, como una lucha de fortachones de derecha a derecha.
Afortunadamente para los mansos, siempre aparece un capitán Bellodi dispuesto a no refugiarse en su mesurado norte y recuperar con presurosa energía la convicción de que otro mundo es posible, de que es su, nuestra, responsabilidad luchar por ello. Aunque los ejecutores se inculpen entre ellos y rectifiquen sin consecuencias, aunque los Dones mantengan la calma incómoda desde una relativa impunidad.
En estos días, cinco décadas después de esta lechuza que ve y calla, los juzgados se siguen abriendo para recibir a capos que manejan con exquisito arte el excepcional arte de la prescripción, a matones que se creen capos pero actúan como miseros chivatos, acusando a diestro y más diestro para lavar las culpas por dejar huellas. Así hagan paseíllos altivos y declaraciones ensayadas y somnolientas, así el banquillo en el que posan sus impasibles posaderas disfrute de calefacción regia. En esos instantes creemos en nosotros, en la justicia y la seguridad, en el orden de las cosas, mientras por la puerta la culpabilidad emerge sonriente, sin hacer declaraciones, y nos damos cuenta que las cosas, en estos tiempos, en estos siglos, no han cambiado tanto.


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