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viernes, 6 de julio de 2012

Un regalo



Un regalo

La idea de que somos un pueblo aparte no es nueva, en absoluto. Todos los viajeros se han extendido en apuntarlo, con mayor o menor acierto. En la actualidad, creo que está de sobra dar ese sinfín de notas diarias. Seguro que los jugadores de fútbol, que recorren cada domingo esos campos de Dios por la piel del toro, tienen más constancia que la nuestra, encerrados entre límites geográficos.



 A fin de cuentas, estamos en casa. Quien sale habitualmente sabe de la vehemencia de los vecinos que nos califican, como antaño, con epítetos nada halagüeños.

No hace mucho, un colega que trabaja lejos de su casa, me decía que, en esos tediosos viajes de vuelta, sabía que había cruzado la frontera, de momento imaginaria, cuando saltaba la radio del coche y encontraba una emisora local. La diferencia entre las españolas y las vascas son tan abismales como las que tropieza en Europa, entre Alemania o Italia, o las que hallaría en tierras lejanas, entre China y Corea, por ejemplo. Somos, efectivamente, un pueblo aparte.


El recurrente Gallop, uno de los estudiosos de Euskal Herria, hablaba de una conciencia innata en los vascos, explicándola en dos notables rasgos: la independencia y la reserva. La independencia, tanto en el individuo como en el colectivo. Y la reserva, para Gallop, es análoga a su espíritu de independencia de la que es, en cierta medida, su expresión.


Con estas premisas como punto de partida, accedí a las interesantes reflexiones de Bernardo Estornés Lasa sobre nuestras características milenarias. Estornés apuntaba que no puede decirse que el vasco sea xenófobo, en el sentido ordinario de la palabra, pues no aborrece a los extranjeros. Su actitud es, más bien, inhibitoria. Debido a la reserva esa que señalaba Gallop. 



Si damos a xenofobia su significado literal de “miedo a los extranjeros”, decía Estornés, la emplearemos con mayor exactitud. Pues la actitud del vasco hacia el extranjero se funda menos en su antipatía que en su desconfianza y sospecha. Y no es de extrañar, cuando nuestra historia está repleta de jirones de luchas encarnizadas y conflictos encadenados por mantener las señas de identidad. Lo dice el viejo refrán euskaldun: “una tierra extranjera es una tierra de lobos”.

La abstracción de Estornés Lasa le lleva a una conclusión sumamente sugestiva. Los vascos no somos peninsulares, como se apunta al referir a los habitantes del sur de los Pirineos, ni continentales al hacerlo con los del norte. Los vascos somos insulares, al estilo de los islandeses, irlandeses o chipriotas. Al citar el trato de los extranjeros en el País Vasco dice Estornés: “¿No es así como un británico trataría a un extranjero en su patria?”.



La meditación es atractiva y, desde mi modesto punto de vista, certera. No han sido los montes ni los ríos caudalosos los que han frenado durante siglos la penetración cultural y política exterior, sino la forma de ser de los habitantes de este país, su reserva secular. Somos una isla, pero no una isla geográfica, sino individual.


De Iñaki Egaña





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