"Con la noticia
de tanto martirio, Madrid, como todo lo que fue la España "roja" -negación de la
patria-, nos ha mostrado una fauna que llevábamos entre nosotros, rozándonos
diariamente con ella, y sin que su pestilencia trascendiese por encima de
nuestra ignorancia respecto a su maldad.
(...) La mujer no podía
permanecer pasiva. Ni ha querido, ni se la ha dejado. Para lo bueno y para lo
malo la mujer formó parte de las legiones en lucha. Con el genio del bien y
entre las hordas del mal. Una de las mayores torturas del Madrid caliente y
borracho del principio fue la militancia del mono abierto, de las melenas
lacias, la voz agria y el fusil dispuesto a segar vidas por el malsano capricho
de saciar su sadismo. Junto a la infima mujer, que se subió a los camiones para
detener a los nacionales en la sierra y confundió la batalla con una dominguera
excursión de pan y tortilla, ha existido la pedante intelectual de izquierdas,
la estudiantilla fracasada, la empleada envidiosa del jefe. Sexos helados,
fatigosas angustias ante el olvido.
Han sido peores.
Han servido su escasa superioridad sobre las otras-las hoscas y rudas que
ofrecían todo en una quimérica imaginación del comunismo libertario-para que el
suplicio de nuestras gentes fuera mayor. En el gesto desgarrado, primitivo y
salvaje de la militancia sucia y desgreñada habia algo de atavismo mental y
educativo. Quizá nunca habian subido a casas con alfombras ni se habian montado
en una "siete plazas". La atmosfera cinematográfica ni la habian rozado. Se
dormían en los cines y no leían ni los periodicos. Sus fiestas eran comilonas
terminadas en peleas de vecindad y comadreo. Odiaban a lo que ellas llamaban
señoritas: pero en su interior comprendían que nunca serían ni llegar a ser
señoritas. Las aburría la vida de las señoritas. Ellas tomaban té cuando les
dolía el vientre, y preferían bocadillos de sardinas y pimientos a chocolate con
bizcochos.
No así las
pedantillas del querer y no poder. Entontecidas por el cine, por las novelitas
histéricas, tuvieron unos años que esperaban la llegada del principe encantado,
que se apearía de un negro y silencioso coche. Quizá tuvieron un fracaso. Un
sueño y un amargo despertar. Con los días que pasaban con pasos silenciosos, un
día el espejo les enseño que nada podían esperar de sus encantos. se dieron
cuenta de que sus piernas eran gordas, deformes. Que la dentadura prognata
alejaría los amables dialogos. Ni las fajas, ni los colores tornasolados en el
pelo. Eran feas. Bajas, patizambas, sin el gran tesoro de una vida interior, sin
el refugio de la religión, se les apagó de repente la feminidad y se hicieron
amarillas por la envidia. El 18 de julio se encendió en ellas un deseo de
venganza y, al lado del olor a cebolla y fogón, del salvaje asesino, quisieron
calmar su ira en el destrozo de las que eran hermosas. Y delataron a los hombres
que nunca las habian mirado. Sobre cientos de cadaveres, sobre espigas
tronchadas en lozana juventud, el rencor de las mujeres feas clavó su sucio
gallardete defendido por la despiadada matanza de la horda. Y Dios las castigo a
no encontrar consuelo a su rencor".
"El rencor de
las mujeres feas"
José Vicente
Puente
Publicado en
Arriba, el 16 de mayo de 1939

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