Conflictos mundiales * Blog La cordura emprende la batalla


martes, 25 de septiembre de 2012

El rencor de las mujeres feas.




El rencor de las mujeres feas.

Eran feas. Bajas, patizambas, sin el gran tesoro de una vida interior, sin el refugio de la religión, se les apagó de repente la feminidad y se hicieron amarillas por la envidia. El 18 de julio se encendió en ellas un deseo de venganza y, al lado del olor a cebolla y fogón, del salvaje asesino, quisieron calmar su ira en el destrozo de las que eran hermosas. Y delataron a los hombres que nunca las habian mirado.


"Con la noticia de tanto martirio, Madrid, como todo lo que fue la España "roja" -negación de la patria-, nos ha mostrado una fauna que llevábamos entre nosotros, rozándonos diariamente con ella, y sin que su pestilencia trascendiese por encima de nuestra ignorancia respecto a su maldad.
(...) La mujer no podía permanecer pasiva. Ni ha querido, ni se la ha dejado. Para lo bueno y para lo malo la mujer formó parte de las legiones en lucha. Con el genio del bien y entre las hordas del mal. Una de las mayores torturas del Madrid caliente y borracho del principio fue la militancia del mono abierto, de las melenas lacias, la voz agria y el fusil dispuesto a segar vidas por el malsano capricho de saciar su sadismo. Junto a la infima mujer, que se subió a los camiones para detener a los nacionales en la sierra y confundió la batalla con una dominguera excursión de pan y tortilla, ha existido la pedante intelectual de izquierdas, la estudiantilla fracasada, la empleada envidiosa del jefe. Sexos helados, fatigosas angustias ante el olvido.
Han sido peores. Han servido su escasa superioridad sobre las otras-las hoscas y rudas que ofrecían todo en una quimérica imaginación del comunismo libertario-para que el suplicio de nuestras gentes fuera mayor. En el gesto desgarrado, primitivo y salvaje de la militancia sucia y desgreñada habia algo de atavismo mental y educativo. Quizá nunca habian subido a casas con alfombras ni se habian montado en una "siete plazas". La atmosfera cinematográfica ni la habian rozado. Se dormían en los cines y no leían ni los periodicos. Sus fiestas eran comilonas terminadas en peleas de vecindad y comadreo. Odiaban a lo que ellas llamaban señoritas: pero en su interior comprendían que nunca serían ni llegar a ser señoritas. Las aburría la vida de las señoritas. Ellas tomaban té cuando les dolía el vientre, y preferían bocadillos de sardinas y pimientos a chocolate con bizcochos.
No así las pedantillas del querer y no poder. Entontecidas por el cine, por las novelitas histéricas, tuvieron unos años que esperaban la llegada del principe encantado, que se apearía de un negro y silencioso coche. Quizá tuvieron un fracaso. Un sueño y un amargo despertar. Con los días que pasaban con pasos silenciosos, un día el espejo les enseño que nada podían esperar de sus encantos. se dieron cuenta de que sus piernas eran gordas, deformes. Que la dentadura prognata alejaría los amables dialogos. Ni las fajas, ni los colores tornasolados en el pelo. Eran feas. Bajas, patizambas, sin el gran tesoro de una vida interior, sin el refugio de la religión, se les apagó de repente la feminidad y se hicieron amarillas por la envidia. El 18 de julio se encendió en ellas un deseo de venganza y, al lado del olor a cebolla y fogón, del salvaje asesino, quisieron calmar su ira en el destrozo de las que eran hermosas. Y delataron a los hombres que nunca las habian mirado. Sobre cientos de cadaveres, sobre espigas tronchadas en lozana juventud, el rencor de las mujeres feas clavó su sucio gallardete defendido por la despiadada matanza de la horda. Y Dios las castigo a no encontrar consuelo a su rencor".
"El rencor de las mujeres feas"
José Vicente Puente
Publicado en Arriba, el 16 de mayo de 1939


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