Francisco Andreo, el sacerdote que montó la organización religiosa en Barcelona
“He sido esclavo laboral y sexual de un grupo de depravados, encubierto por jerarcas de la Iglesia.
En los tres años, del 2001 al 2003, que estuve en la misión de Nariokotome, en Kenia, me trataron como una bestia de carga. Éramos unas 30 personas y a la esclavitud laboral se añadía la esclavitud sexual.
Nos decían que la vida sexual activa es algo que Dios quiere, y que también quiere que vayamos desnudos porque desnudos nos creó. Ayúdeme, Francisco. Ponga un poco de alivio en mi alma rota.
No permita que otros muchachos sigan pasando por este infierno”.
Este es uno de los pasajes de la carta enviada al papa Francisco por una víctima de una organización de eclesiásticos y laicos urdida en Barcelona en los años noventa del siglo pasado y extendida ahora por varios países. Se trata de la Comunidad Misionera de San Pablo Apóstol y de Maria Madre de la Iglesia (MCSPA, en sus siglas en inglés), según informa El País.
No es la única denuncia ante el Vaticano contra la MCSPA, pero tiene la virtud de estar en manos del papa Francisco. Otras dos anteriores, con confesiones igualmente estremecedoras de un chico y una chica, parecen haberse perdido por el camino. En este nuevo testimonio, Paulino (no quiere que se desvele su nombre) califica a la MCSPA de “perfecta ingeniería del mal”.
Varias de las personas aludidas en el dossier entregado a Francisco han negado las acusaciones: “No hemos visto nunca ese campamento de los horrores que relata Paulino”, afirma el sacerdote y médico Pablo Cirujeda. En igual sentido se ha manifestado el obispo de la diócesis que ha dado licencia eclesiástica en Kenia a esta comunidad misionera, Dominick Kimengich.
“Ya solo confío en el papa. Me duele no haber tenido agallas para denunciar antes. Denunciar es buscarse problemas. Me duele que durante todos estos años en los que no fui capaz de denunciar, han seguido abusando de chicos y chicas. Yo ya no tengo miedo. Eso sí, me han quedado secuelas. Por ejemplo, soy como una piedra. No siento nada. Después de vivir sin norte y a la deriva de Dios, no sientes nada. Ahora, solo busco que lo que me pasó a mí no le siga pasando a otros. Espero que la jerarquía reaccione de una vez. Hay muchos obispos que lo saben. Unos por no complicarse la vida, otros por dinero, el caso es que no hacen nada. Yo mismo se lo conté a un obispo y no me hizo caso.
El Dios que le juzgará a él también me juzgará a mí”, afirma Paulino, que ahora tiene 36 años.
El religioso habla de uno de los fundadores de MCSPA, Francisco Andreo: “Montaba orgías con hombres y mujeres, en las que, a veces, participaba activamente y, otras veces, se dedicaba a mirar cómo una misionera fornicaba con dos negros.
Cuando quería sexo, Andreo llamaba a un chico a su habitación. El día que me mandó llamar, me acerqué esperando lo peor. Me invitó a café y ordenó que nos dejasen solos. Me mandó desnudarme. Me senté en una silla, pero él me hizo echar en su cama. Comenzó a hablarme de sexo y a preguntarme si no se me levantaba. Después, comenzó a tocarme.
Yo tiritaba de miedo. Al verme tan nervioso y que el pene no se inmutaba con sus manejos, me llamó moralista, me insultó, me echó del cuarto. Salí con el alma rota, la escena marcada a fuego en mi memoria”.
Al miedo se unía un inteligente lavado de cerebro: “Estás en un desierto, en el extranjero, sin pasaporte, sin papeles, sin dinero. Dependes de ellos para todo y en todo. Eres su esclavo, y encima, maltratado. En ocasiones, de los insultos se pasaba a los golpes. Vivíamos en estado de pánico.
Primero, te arrancan de tu familia. Después, te hacen creer que eres un mierda que debes obedecer sin rechistar. El lavado de cerebro es tan profundo, que te sientes incapaz de rebelarte. Por supuesto, la vida religiosa simplemente no existe. Un día, esperé a Francisco Andreo fuera de la capilla para decirle que quería irme de la MCSPA. Pero, como siempre, ni me dejó abrir la boca, comenzó a gritarme de nuevo como un poseso y me dio un bofetón tan fuerte que me tiró al suelo, sin que ninguno de los presentes hiciese nada”, cuenta.
“Con el tiempo, te acostumbras a saber lo que piensa el otro sin que lo exprese con palabras. Así, me di cuenta de que un colombiano, Pedro Acosta, estaba sufriendo lo mismo que yo. Un día Pedro y yo vimos el cielo abierto cuando nos dijeron que nos mandaban a Estados Unidos a la ordenación sacerdotal de otro compañero. Llegamos el 18 de mayo de 2003. Al día siguiente, nos escapamos.
Salimos de casa con la excusa de que teníamos que renovar el carné de conducir. Nunca volvimos. Cogimos un autobús a Milwaukee y después el tren a Nueva Cork, muertos de miedo. Llegamos a casa de otros que también se habían salido, con una mochila vacía, sin documentos para poder trabajar y 75 dólares en el bolsillo”, relata Paulino.
Y recuerda las dificultades de empezar una nueva vida, “lejos de la pesadilla, pero sin poder librarte totalmente de ella. Te persigue toda la vida. Primero, porque te amenazan, para que no hables. Y segundo, porque callas por miedo y por no volver a recordar aquel infierno. Pero esa cobardía te mata por dentro, porque sabes que siguen engañando y abusando de jóvenes. Cada vez se extienden más.
Hoy están presentes no sólo en Racine y en Nariokotome, sino también en México, en Cochabamba, en República Dominicana, en Bogotá y en Etiopía”.
Liderada por Francisco Andreo, la MCSPA surgió entre sospechas por el origen de sus principales impulsores, entonces jóvenes sacerdotes o alumnos del seminario para vocaciones tardías Casa de Santiago de Barcelona. El arzobispado local ya investigó entonces a Andreo y a otros sacerdotes, después de ser denunciados ante la Fiscalía acusados de corrupción de menores y estupro. La denuncia también pedía que se procesase por encubridores y coacciones al arzobispo de Barcelona, cardenal Narcís Jubany, que ya estaba jubilado; a su sustituto, el también cardenal Ricard Maria Carles, y a tres de sus obispos auxiliares.
Presiones políticas y el prestigio de Jubany lograron el archivo del caso penal (por prescripción) y del expediente eclesiástico, pero no acallaron el escándalo originado por “la mayor red clerical de corrupción de menores que ha existido en España”.
Desde el arzobispado se aseguró que los responsables habían sido apartados del sacerdocio, pero Francisco Andreo, que ya era sacerdote, no recibió sanción alguna y desapareció de Barcelona para crear y liderar con mano de hierro la MCSPA. Andreo murió en 2013 en Kenia a los 71 años de edad sin que la Iglesia ni la Justicia le hicieran pagar sus delitos.
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