Al dejar de ser un partido de masas por la represión franquista, el
Partido Socialista se fue transformado en aquello que tanto había
criticado su fundador.
Después de muchas tribulaciones, un 2 de
mayo de 1879 se reunieron en la taberna Casa Labra de Madrid un grupo
de veinte personas influenciadas por Carlos Marx y sus discípulos
Guesde, Lafargue y Jaurès para fundar el Partido Socialista Obrero
Español, el segundo más antiguo de Europa tras el Socialdemócrata
alemán. Por aquellos años, España tenía un incipiente núcleo industrial
en Barcelona y otros más pequeños en Madrid, Vizcaya, Asturias, Alcoy y
Béjar.
No había más tierra para sembrar en una sociedad mayoritariamente
agraria dominada por una oligarquía incompetente y cruel, unas fuerzas
de seguridad domésticas y un clero beligerante. Pablo Iglesias siempre
tuvo la sensación de que la organización que habían fundado era en
extremo frágil y durante muchos años defendió no involucrarla en
conflictos que por su envergadura pudieran ponerla en riesgo. Se trataba
de captar trabajadores para la causa infiltrándose en fábricas y
campos, organizando actos en las Casas del Pueblo y Círculos socialistas
y difundiendo El Socialista en cualquier rincón del país. Nada
de desafíos, nada de conquistar los cielos a la primera de cambio, nada
de asaltos a los palacios de invierno que tenían muchos más defensores
que hipotéticos atacantes. Cada cosa a su tiempo.
Durante aquellas primeras décadas de
existencia del Partido Socialista Obrero Español –Pablo Iglesias no fue
diputado hasta 1910, treinta años después de su fundación-, los
socialistas españoles se dedicaron a denunciar la corrupción derivada
del turno pacífico en el poder entre el Partido Conservador de Cánovas
del Castillo y el Liberal de Sagasta, corrupción que se articulaba en un
instrumento muy parecido a lo que hoy conocemos como puertas
giratorias: Los ministros salían de los consejos de administración y
volvían a ellos tras el cese, regresando de nuevo al gobierno si eran
requeridos para ello o apetecían.
En muchas ocasiones Pablo Iglesias,
García Quejido o Jaime Vera afirmaron que el sistema bipartidista, con
voto amañado, de la Restauración era como un club exclusivo al que sólo
se podía acceder mediante un número considerable de avales y un eterno
ejercicio de genuflexión: El resto de la sociedad vivía al margen y
sufría las inclemencias de gobiernos torpes, incapaces y sumisos que
bastante tenían con acrecer su patrimonio y soportar las veleidades de
Su Majestad Don Alfonso XIII. Acusado de excesivo purismo por negarse a
mantener relación alguna con los partidos burgueses, incluso con los
republicanos de Salmerón o Pi y Margall, a principios de siglo Pablo
Iglesias decidió, apoyándose en las teorías de Jaurès, modificar la
estrategia del partido propiciando alianzas son los partidos
republicanos progresistas en torno a un programa común de mínimos que en
ningún momento suponía renunciar a la conquista del poder por los
trabajadores, eso sí, vía parlamentaria.
Esa nueva táctica culminaría en
abril de 1931 con el programa puesto en marcha por el Gobierno
presidido por Manuel Azaña, un programa burgués que incluía la
construcción de miles de escuelas, la separación total de la Iglesia y
el Estado, el divorcio, el voto de la mujer, la reforma agraria, la
construcción de una gran red de embalses, el impuesto sobre la renta,
mejoras sustanciales para los trabajadores, el sometimiento del ejército
al poder civil, el reconocimiento de las nacionalidades históricas y la
abolición de la justicia de clase. Aquel intento magno fracasó porque
tanto el dinero como la capacidad de adoctrinar y la fuerza estaban en
manos de quienes odiaban la libertad, no obstante fue un socialista, Don
Juan Negrín López, quien consiguió parar al fascismo español y europeo
durante casi tres años: Resistir era vencer.
Contrariamente a lo que se publica en
medios regimentales y vocean tertulianos, tras la guerra el Partido
Socialista, igual que Izquierda Republicana, se reorganizó en la
clandestinidad, en los campos de concentración y en las cárceles, una y
otra vez, pero la represión franquista aniquiló a varias de sus
ejecutivas y a miles de sus militantes hasta que el terror lo redujo a
la mínima expresión. Conviene no olvidar todo esto, conviene saber que a
lo largo de su historia el Partido Socialista antepuso los intereses de
progreso político, educativo, económico y social a su programa máximo,
pero que nunca traicionó ni a sus ideales ni a quienes habían sido el
objeto de su existencia, los explotados, perseguidos y excluidos. Los
tiempos cambiaron y cuando el Partido Socialista se recompuso para las
primeras elecciones democráticas –perdonen por la simplificación, esto
es un artículo- no tenía militantes, apenas unos centenares de jóvenes
universitarios y unos cuantos miles de viejos que llevaban cuarenta años
esperando que volviera a salir el sol.
A pesar de que cientos de
arribistas y logreros consiguieron penetrar en lo más alto del partido,
durante los años ochenta los socialistas pusieron en marcha reformas
democrátias de profundo calado que mejoraron sustancialmente la vida de
los españoles: Universalización de la Sanidad y las Pensiones, red
general de autovías, plan de restauración integral de teatros,
construcción de decenas de universidades públicas, de un sistema de
asistencia social y otro de planificación familiar, consiguiendo además
que por primera vez en nuestra historia contemporánea los españoles
dejasen de emigrar y que el país estuviese en condiciones de acoger a
cientos de miles de personas que habían emigrado en los años sesenta y
setenta.
Sin embargo, al dejar de ser un partido
de masas por la represión franquista, el Partido Socialista se fue
transformado en aquello que tanto había criticado su fundador, en una
especie de círculo de poder cerrado en el que se entraba y se ascendía
por amistad e “idoneidad”.
Aunque se logró hacer una magnífica reforma
militar, jamás quisieron tocar los derechos medievales del clero ni los
de las grandes fortunas ni los de los herederos de la dictadura, de tal
modo que a día de hoy nos encontramos con que la semilla del diablo –con
una coyuntura mundial muy favorable- se ha desarrollado hasta
convertirse en un poder fáctico de enorme envergadura que está imbricado
en todas y cada una de las instituciones, en todos y cada uno de los
centros de poder. La convivencia amable con los plutócratas y los
representantes del pasado –sin presión alguna de las menguadas bases- ha
propiciado que el Partido que fundó Pablo Iglesias se haya transformado
en partido del régimen dispuesto a hacer lo que sea menester por
mantener el “status quo”, olvidándose, ahora sí, de sus principios
fundacionales esenciales.
Es verdad que hoy no existe la clase obrera,
que el mundo del trabajo ha sido dividido, seccionado, partido y
vapuleado hasta tal extremo que es difícil encontrar a un trabajador
capaz de jugarse el sueldo de un día para que a otro no lo despidan del
suyo, que los sindicatos no tienen militantes y por tanto tampoco
fuerza, que las empresas han encontrado un chollo gigantesco con las
sucesivas reformas laborales y con la “contratación” de autónomos, que
la precariedad y el paro han diezmado terriblemente en los que sufren
eso que antes se llamaba conciencia de clase, pero por eso mismo el
Partido Socialista debería haber regresado a sus orígenes en vez de
jugar a tacticismos pueriles.
La actual alianza PSOE-C’s no tiene por
objetivo formar un gobierno fuerte y de progreso en un momento crítico
de nuestra historia sino otro más cercano y palpable: Dejar fuera de
juego a Podemos sometiéndolo a tensiones que difícilmente puede soportar
un partido de tan reciente creación y tan rápido desarrollo. La
debilitación de Podemos es el principal objetivo de esa alianza, pues al
poner sobre el tapete las naturales contradicciones y fragilidades de
una organización recién parida piensan que podrían recuperar el espacio
de poder ahora amenazado.
Hay quienes piensan que esa estrategia urdida
por los principales dinosaurios del PSOE y los poderes fácticos será la
última lucha de la organización, aquella en la que se juega su
supervivencia como alternativa de poder, pero independientemente de que
así sea o de que perezca en el intento, demuestra muy claramente qué
intereses defiende y con quién está hoy ese partido. Mientras tanto los
herederos del franquismo, los autores del brutal empobrecimiento de
España, de su desarticulación y del saqueo monumental esperan tranquilos
a recoger sus frutos, bien antes del 2 de mayo con la Santa Alianza,
bien para el 26 de junio.
Pedro Luis Angosto | nuevatribuna.es | 10/03/2016

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