La corona de los simios
De esta pandemia (o pandemónium),
saldremos, ya lo creo. Si no salimos por la puerta grande, lo haremos
por la puerta chica, la de servicio (¡malditas clases sociales!); pero
saldremos, por supuesto, aunque sea con los pies planos, de tanto
esperar, de tanto plantón.
Hasta hace muy poco, las mascarillas que
utilizábamos eran de pepino, yogur, aguacate, miel, limón, chocolate… y
servían para limpiar, hidratar o nutrir la piel (hay gente que sigue
teniendo la cara muy dura); sin embargo, ahora ya no, ahora ha cambiado
el concepto —que diría Alberto Chicote—, ahora cuando hablamos de
mascarillas, entendemos otra cosa: las que son preventivas, las
buconasales, o nasobucales, todo depende del tamaño del apéndice con que
se olfatee, dicho esto con permiso del poeta latino Publio Ovidio
Nasón, autor del Arte de amar y de Las metamorfosis.
Y ahí vamos, en pleno desafío global:
cambiando, acostumbrándonos, adaptándonos, reinventándonos,
transformándonos… ¿Y el amor?, ¿qué hacemos con él? ¡Ay!, El amor en los tiempos del cólera. ¡Ay!, Amar en tiempos revueltos. ¡Ay!, La alegría de la huerta.
La luna, la humedad, el sudor, la
saliva, los efluvios… La oscuridad, los latidos, las hormonas
saltarinas, los gemidos y la lengua, de paladar dulce, viajando mar
adentro (o hacia el Sur)…
¡Yeeeeh, alto, valiente! Mascarilla, guantes y
condón: el triángulo de las felpudas, ¡cara de cartón! Y nada de
piruetas, acrobacias o exhibición. Despacito y con letra clara,
¡mascarón! Sí, a ti: ¡barbijo!, ¡tapabocas!, ¡cubrenapias!,
¡ocultalabios!, ¡semifaz!… Si la cara es el espejo del alma, mucho me
temo que nos han cortado por la mitad la puta entelequia.
Y me entra una
mala baba que me dan ganas de taparme el rostro con un pañuelo rojo, en
plan forajido del Oeste, calarme bien el sombrero, montarme en el
caballo, salir a galope y asaltar el primer banco que encuentre abierto o
la primera diligencia que se me cruce por el camino (el tren no, que ya
lo asaltó Enrique Mercado, un colega).
Esto ya no es vida, mi amor. Puedes ser
tú; puedo ser yo; podemos ser los dos o ninguno, no lo sabemos. La
desconfianza, el recelo, la incertidumbre, la precaución, el riesgo… El
temor al contagio, en definitiva. Un virus, el coronitas, dinámico y juguetón.
Así que ¡han desmantelado las relaciones íntimas! Y con el nuevo
control telemático, ¡acabarán con la escasa privacidad que aún nos
queda!
Sí, esos que solo piensan en amasar una fortuna, a costa de
sacrificar todo lo demás: los mismos que, con sus industrias, envenenan
el aire, el agua, la tierra; los mismos que desarrollan los
monocultivos, queman las selvas y pelan los bosques; los mismos que
montan enormes granjas de explotación intensiva; los mismos que producen
un turismo masificado; los mismos que levantan imperios textiles,
pagando sueldos de miseria; los mismos que mueven monstruosas cantidades
de dinero de un lado a otro del mundo, sin importarles los charcos de
sangre que dejan a su paso; los mismos que fomentan la competitividad y
el odio, en vez de la cooperación y la solidaridad; los mismos malditos
tarados que corrompen todo cuanto tocan, porque ellos son la maldita
enfermedad, el maldito Sistema.
¿Este es el precio —¡siempre, en
términos crematísticos!— que nos toca pagar para alimentar bolsillos tan
codiciosos: destrozar la vida del planeta? Porque sin calle, no hay
realidad; sin aire, no hay libertad; sin lugar de reunión, no hay
amistad; sin teatro, no hay cultura, y sin abrazos, no hay amor.
Sucede todo tan rápido —¡demasiado
rápido!—, que la vida se nos va en un estornudo. Y aunque estamos
superando esta pandemia, nadie nos garantiza que, en poco tiempo, no
pueda haber otro brote (el virus muta con facilidad).
Los especialistas
ya están advirtiendo: en lo sucesivo, nos exponemos a padecer
infecciones masivas (de este o de otro virus), porque lo que falla es el
modelo productivo (concentración en ciertas regiones, a cambio de
reducir la biodiversidad) y, a lo mejor, el próximo virus, en vez de
atacar las vías respiratorias, ataca el hígado, los riñones, el sistema
nervioso…, vete tú a saber, y, ¡lástima!, tampoco estaremos preparados.
Una tirita, en los labios y una pinza, en la nariz: homenaje al
minimalismo.
Si nos remitimos a la etimología, vemos que la palabra máscara viene del latín persona.
Y, entonces, la palabra mascarilla —pensemos—, ¿en qué nos convierte, a qué nos reduce?
Por Luis Sánchez. Lunes, 11 de mayo de 2020


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